La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 13 de agosto de 2017

«Fijemos la mirada en Jesús»

Domingo 19° del tiempo durante el año – Ciclo A

Mt 14; 22 – 33

«Fijemos la mirada en Jesús»

Queridos hermanos y hermanas:

            En el evangelio de hoy hemos escuchado el pasaje que narra el momento en el cual los discípulos vieron a Jesús caminar sobre las aguas (cf. Mt 14; 22 – 33). Se nos dice que «los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar» (Mt 14,26). Pareciera ser que los discípulos no solamente estaban sorprendidos por lo ocurrido, sino también asustados. El temor que se apoderó de ellos, se disipó cuando reconocieron la voz de su Maestro que les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman» (Mt 14,27).

            Se trata de un “episodio, en el que los Padres de la Iglesia descubrieron una gran riqueza de significado. El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles.”[1]

            También nosotros podemos extraer valiosas enseñanzas para nuestra vida al ver cómo Jesús “quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios, en Aquel que se reveló al profeta Elías en el monte Horeb en el «susurro de una brisa suave» (1 R 19, 12).”[2]

«Tranquilícense, soy yo; no teman»

            De acuerdo con el texto del evangelio, Jesús «obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.» (Mt 14,22). Este versículo hace referencia al episodio inmediatamente anterior del evangelio, en el cual se nos dice que Jesús alimentó a «unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños» (Mt 14,21) luego de bendecir cinco panes y dos pecados (cf. Mt 14; 13 – 21).

            Por lo tanto, después del “milagro de la multiplicación de los panes”, Jesús despide a la multitud y envía a sus discípulos, de modo que puede subir a una montaña para orar en soledad (cf. Mt 14,23). Luego de tanta actividad, luego de múltiples encuentros con tantas personas, el Señor necesita un momento de recogimiento, intimidad y descanso con Dios.

            Seguramente también para los discípulos todas estas experiencias han sido intensas. A través de estas vivencias ellos estaban conociendo a su Maestro, estaban aprendiendo de sus obras y palabras, y, al mismo tiempo, eran testigos de la presencia del Reino de Dios en medio de ellos.

            Por lo tanto, podemos suponer que cuando los discípulos se encontraban en la barca, que «ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra» (Mt 14,24), estaban cansados y agotados por la jornada; y, por lo mismo, no se encontraban preparados para presenciar el signo que Jesús realizaría ante ellos.

            Así, cansados y desprevenidos, los discípulos no pudieron reconocer a Jesús cuando se acercó a ellos caminando sobre las aguas. En efecto, «al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar» (Mt 14,26). Sin embargo, Jesús serena sus temores al decirles: «Tranquilícense, soy yo; no teman» (Mt 14,27).

«Ven»

            Y cuando los discípulos escuchan la voz de su Maestro, la paz y la confianza vuelven a sus corazones. Una vez más descubrimos que el discípulo tiene la habilidad, no solo de escuchar la voz de su Maestro, sino también de reconocerla en medio de ruidos y distracciones. Y esto es así porque  “la escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10,3-5).”[3]

Cristo y san Pedro en el lago (Detalle).
Capilla de las Hermanas de la Caridad
de san Vicente de Paúl.
Fiume, Croacia. Octubre, 2008.
            Y este reconocer la voz del Buen Pastor no solo nos da paz y confianza, sino también la audacia para seguirlo e imitarlo. Es por ello que Pedro le dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua» (Mt 14,28).

            Al tomar conciencia de que es Jesús el que camina sobre las aguas, Pedro quiere seguirlo e imitarlo. Él ha escuchado la voz de Jesús; ha reconocido su voz y ha puesto en ella su confianza y su obediencia. Por lo tanto, cuando Jesús le dice: «Ven» (Mt 14,29), se dirige a su encuentro.

            Y de eso se trata la fe: de escuchar, reconocer, creer y actuar en obediencia a la palabra recibida. A esa experiencia llama nuestro fundador, el P. José Kentenich, fe práctica en la Divina Providencia.

            Sin embargo, aunque «Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua» en dirección hacia Jesús, el texto del evangelio nos dice que «al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame».» (Mt 14; 29 – 30).

«Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús»

            ¿Qué le sucedió a Pedro? ¿Qué sucedió con su confianza y con su fe? “Pedro camina sobre las aguas no por su propia fuerza, sino por la gracia divina, en la que cree; y cuando lo asalta la duda, cuando no fija su mirada en Jesús, sino que tiene miedo del viento, cuando no se fía plenamente de la palabra del Maestro, quiere decir que se está alejando interiormente de él y entonces corre el riesgo de hundirse en el mar de la vida“.[4]

            Sí, aunque Pedro creyó en la palabra de Jesús, centró su atención no en la voz de su Maestro y en su cercanía, sino en la fuerza del viento adverso, y por eso se vuelve temeroso. Así sus miedos superan a su fe a y a su confianza.

            Lo mismo nos puede suceder a nosotros. Cuando prestamos demasiada atención a las dificultades de la vida y nos volvemos pesimistas; cuando tratamos de resolverlo todo solo con nuestras propias capacidades y fuerzas, entonces empezamos a sentir la fuerza de los vientos adversos y comenzamos a hundirnos en las aguas de las preocupaciones y la desesperanza.

            ¿Qué podemos hacer para evitar que nos suceda esto? Hagamos lo que nos dice la Carta a los Hebreos: «Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús» (Hb 12,2). Sí, en medio de todas nuestras preocupaciones y problemas; en medio de todas nuestras dificultades y temores -aún en medio de nuestras debilidades y pecados-, fijemos nuestra mirada en Jesús.

            Si mantenemos nuestros ojos y nuestros corazones fijos en Él, entonces seremos capaces de dominar los vientos de los desafíos y el mar de la vida. Y así nuestra vida diaria se convertirá en un  camino que nos conducirá al encuentro con Dios y a la plenitud de vida. Como dice el salmista: «Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha» (Salmo 16,11).

            Pidámosle a la Santísima Virgen María, Mater fidei – Madre de la fe, que nos enseñe a fijar nuestra mirada y nuestros corazones en su hijo Jesucristo. Lo hacemos con esta oración:

            “Incúlcame más y más el espíritu de oración;

            alza continuamente mi corazón

            hacia las estrellas del cielo;

            haz que en todo momento

            mire al Sol de Cristo

            y que en Él confíe en cada circunstancia de la vida.”[5] Amén.


[1] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 7 de agosto de 2011.
[2] Ibídem
[3] PAPA FRANCISCO, Lumen Fidei 30.
[4] BENEDICTO XVI, Ángelus, domingo 7 de agosto de 2011.
[5] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 204.

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