La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Adviento, tiempo de filialidad


“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado, y es su nombre: (…) Príncipe de Paz.”
Is 9,5

Las palabras del profeta Isaías marcan el tono de este tiempo de Adviento cada vez más cercano a la Navidad. “Un niño nos ha nacido” dice el profeta; “un niño nos nacerá, un niño esperamos” podemos decir nosotros. De eso se trata el Adviento, esperamos el nacimiento de un niño, del Niño. Esperamos su nacimiento en el pesebre, pero sobre todo esperamos su nacimiento en nuestras vidas, en nuestros corazones… Y de alguna manera esperamos también volver a nacer con Él, volver a ser niños, volver a empezar. Por eso el Adviento es también tiempo de filialidad, tiempo de ser niños.

Filialidad
La cercanía de la Navidad vuelve a poner ante nuestros ojos uno de los misterios más grandes y hermosos de la fe cristiana: la Encarnación. En Jesús, Dios se hizo hombre, se hizo niño, se hizo hijo.

Junto con el mensaje de la paternidad de Dios, Jesús predicó y vivió el mensaje de la filialidad del hombre. El episodio evangélico en el cual los discípulos dicen: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1) es el paradigma del doble mensaje de la paternidad y filialidad. A la petición de los discípulos Jesús responde sencillamente con una oración que se inicia con la invocación “Padre nuestro” (cf. Lc 11,1-4). No se trata sólo de una nueva manera de nombrar a Dios. Se trata sobre todo de una actitud de vida, de un sentimiento vital. Desde ese momento seguir a Jesús, seguir a Cristo, al Hijo del Dios vivo (Mt 16,16), no se trata en primer lugar de cumplir una serie de normas éticas  ni de adquirir nuevos conocimientos. Se trata más bien de adentrarse en la filialidad de Jesús, se trata de incorporarse a su vida y sobre todo de entrar en esa relación íntima, tierna y personal que el Hijo tiene con su Padre. Es esta realidad la que quiere expresar la Iglesia cuando confiesa que por el Bautismo somos hechos hijos en el Hijo.

Desde el día del Bautismo valen para nosotros las palabras del Salmo: “Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado” (Salmo 2,7). Sin embargo a lo largo de nuestra vida muchas veces olvidamos que somos hijos, olvidamos que somos amados y que podemos amar… Olvidamos que tenemos un corazón de niño… Entonces volvemos a suplicar: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un espíritu firme” (Salmo 50,12).

Corazón de niño, corazón abierto
El corazón nuevo (cf. Ez 36,26), el corazón puro que Dios nos quiere regalar es el corazón filial, el corazón de niño… Pero, ¿qué significa tener un corazón de niño? Por un lado se trata de hacer nuestro el sentimiento vital de Jesús, saber con el corazón –y no sólo intelectualmente- que Dios nos ama profunda e incondicionalmente; pero, por otro lado, se trata de aprender a amar incondicionalmente, aprender a abrir nuestro corazón sin poner condiciones previas.

Muchas veces cuando escuchamos el mensaje de la filialidad, cuando recibimos la invitación a ser niños, tendemos a imaginar que somos abrazados por Dios y que nuestros anhelos son completamente saciados… En parte esto es cierto… Pero sólo en parte. Si sólo esperamos ser abrazados y saciados estaremos viviendo en un estado de infantilismo espiritual y no de infancia espiritual.

A la larga descubrimos que tenemos un corazón de niño, un corazón como el de Jesús, no tanto cuando somos abrazados sino cuando somos capaces de abrazar a otros, cuando somos capaces de acoger a otros, en especial a aquellos que piensan distinto a nosotros… Un corazón de niño es un corazón abierto, un corazón que ama sin poner condiciones.

Por eso el niñito Jesús que esperamos en nuestros pesebres es el niñito de manitas y bracitos abiertos; el Niñito dispuesto a acoger a pastores y reyes; dispuesto a acogernos a cada uno de nosotros para que también nosotros estemos dispuestos a abrir nuestros corazones y nuestras vidas a muchos.  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Adviento, tiempo del corazón


"Estás enteramente con tu ser
en el santuario de mi corazón..."  (Hacia el Padre 143)

Con estas palabras nos invita a rezar José Kentenich luego de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía. "Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón", son las palabras llenas de asombro y gratitud del cristiano que ha recibido a Jesús en su corazón, ya sea en la comunión sacramental o en la comunión espiritual. Se trata del encuentro personal con Aquél que diariamente nos busca, nos llama, nos ama.

El corazón
¿Qué queremos decir con la palabra corazón? Normalmente designamos con esta palabra la sede de nuestros sentimientos y emociones. A lo más graficamos con esta palabra "el lugar" misterioso desde donde brota nuestro amor por los demás... Sin embargo el corazón es eso y mucho más...

El lenguaje bíblico puede ayudarnos a comprender lo que decimos cuando decimos corazón... Son conocidas las palabras del libro del Deuteronomio: "Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas"(Dt 6,5). El amor que Dios pide, el amor que Dios espera; el amor que es respuesta a su amor, brota desde el corazón, desde lo más propio de cada hombre y mujer. Se trata del núcleo personal, aquello más propio, más auténtico, más verdadero y más vivo en cada uno.

"El corazón habla al corazón" dice el beato John Henry Newman; y no puede ser de otra manera. Cuando hablamos, cuando dialogamos, cuando verdaderamente logramos comunicarnos, lo hacemos desde el corazón hacia otro corazón. Desde nuestro núcleo personal, desde nuestra autenticidad; sin máscaras.

Muchas veces nuestro propio corazón es un desconocido para nosotros mismos. Sin embargo se nos revela a través de los sentimientos, de reacciones espontáneas, de alegrías y dolores, de anhelos y amores... Nuestro corazón también nos habla, y si somos capaces de escucharlo lograremos habitar en él -lograremos adentrarnos en el misterio que llevamos dentro- , lograremos habitar en nuestro propio interior, y si allí habitamos -con nuestras alegrías y dolores- experimentaremos que Jesús está allí, que Él habita nuestro mundo interior.

El pesebre

"En el pobre y pequeño
establo de Belén,
das a luz para todos nosotros
al Señor del mundo" (Hacia el Padre 343)

El tiempo de Adviento es el tiempo de preparar el pesebre, ese "pobre y pequeño establo de Belén" donde Jesús volverá a nacer, volverá a hacerse presente, cercano y disponible para nosotros.

En el fondo el pobre y pequeño establo de Belén es signo de nuestro propio corazón... Sí, ese corazón con sus paredes de alegría y tristeza, con su techo de anhelos y sus grietas de dolor es el lugar donde Jesús quiere volver a nacer, quiere volver a estar, quiere volver a habitar.

¡Qué paradoja! Muchas veces nos sucede como a San Agustín. Como él le decimos a Dios: "...Tú estabas dentro de mí y yo fuera. (...) Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo" (Confesiones X, 27, 38). Lo buscamos fuera de nosotros mismos, sobre todo cuando no somos capaces de aceptar y asumir las sombras y dolores que hay en nuestro propio corazón... Buscamos a Dios, buscamos la felicidad fuera y no la encontramos... Porque la felicidad, la plenitud, no está en no sufrir, en no tener limitaciones, sino más bien en aceptar y asumir con confianza nuestras limitaciones y dolores, porque ellos hacen parte de nuestra vida, de nuestro corazón, de nuestro pesebre... Y precisamente allí quiere Jesús, el Dios-con-nosotros volver a nacer.

Por eso el Adviento es tiempo del corazón, tiempo para reconocer y asumir con serenidad toda nuestra vida -nuestros dolores y alegrías, nuestros temores y anhelos-, para que así preparemos en nuestro corazón un pesebre. Así podremos decirle al Señor, al Niño que anhelamos y que viene: "Así como te preparaste una morada en tu Madre y Compañera al dar Ella su Sí, has enriquecido mi corazón"(Hacia el Padre 141). Así como te preparaste una morada en el corazón de María, prepárate una morada en mi corazón.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Adviento, tiempo de anhelo


Adviento, tiempo de anhelo

Adviento
          
Pareciera ser que todos coinciden en que el origen etimológico de la palabra Adviento viene del latín adventus, que significa venida, llegada[1]. Al mismo tiempo, intuyo que adventus proviene de ad venire, es decir, de la idea “ir hacia” –ad- y de la idea de “venir desde” –venire-. Así se trata tano del movimiento hacia un lugar, como del venir, llegar a un lugar. Dos movimientos: el de salir al encuentro, y el de llegar a ese encuentro.

Generalmente entendemos el Adviento sobre todo como el movimiento que hace el que viene, el que llega, Él es el que adviene. Pero también ad venire nos puede hablar del movimiento que nosotros hacemos –ad- hacia el que viene –venire-. El Adviento cristiano es, en ese sentido, no sólo una espera pasiva, sino más bien, una espera activa. El Adviento es nuestro movimiento hacia Aquél a quien esperamos. Por eso el Adviento es también anhelo.

Anhelo

El anhelo no es otra cosa que esa moción interior, ese movimiento del corazón hacia algo que nos llama –una meta, un sueño, un ideal, un proyecto-, pero el anhelo es sobre todo movimiento hacia alguien, hacia otro, hacia un tú, hacia una persona.

Todos experimentamos ese movimiento interior hacia un tú. Lo experimentamos cuando buscamos la cercanía y amistad de nuestros amigos y amigas, de nuestros hermanos y hermanas, de nuestros padres y seres queridos… Lo experimentamos en la nostalgia que sentimos por una persona, por un lugar o por tiempos eternos que siguen atesorados en nuestro corazón. Lo experimentamos cuando a pesar de todos nuestros esfuerzos consumistas, paradojalmente, nada nos llena, nada nos sacia.

Experimentamos esta moción hacia un tú, hacia el amor, también en el egoísmo –en nuestras debilidades y pecados-… Paradojalmente, el egoísmo, que se manifiesta como unilateral búsqueda del propio yo, no es sino una búsqueda equivocada de un tú… Incluso luego del más vergonzoso –y por eso más doloroso- de los pecados nos damos cuenta de nuestra soledad y nuestro vacío… Entonces comprendemos vivencialmente al salmista que dice: “los dioses y señores de la tierra no me satisfacen” (Salmo 15, Completas del día jueves).

Aprender con el corazón que nuestro anhelo no se sacia con el egoísmo lleva su tiempo –tiempo del corazón-. Y en realidad, el anhelo, cuando es anhelo de un tú, no se sacia, no desaparece. El tú –la persona amada- no hace sino aumentar nuestro anhelo. Y así tiene que ser, pues el anhelo nos hace tomar conciencia de que sólo somos cuando somos con otros. El anhelo nos abre a la búsqueda de otros, al éxtasis de salir de uno mismo y entrar en relación con otros. Allí comprendemos que la verdadera vida siempre es relación y no aislamiento autosuficiente (cf. Spe Salvi 27). Así el anhelo no se acaba, porque nuestra necesidad de ser complementados por otros es constante y constitutiva.

Adviento, tiempo de anhelo

Pero detrás de cada tú humano, en lo profundo anhelamos también el Tú divino, el tú de Dios, el tú de Jesucristo, el Dios-con-nosotros. Y no puede ser de otra manera, pues, Dios nos ha creado para Él, y nuestro corazón verdaderamente está inquieto hasta que descanse en Él (cf. Confesiones I, 1).

Por eso el Adviento es un tiempo de anhelo. Un tiempo para cultivar el anhelo que tenemos de Jesús, esa nostalgia de Él. Es un tiempo para experimentar cuánto nos duele su ausencia, pero también para experimentar cuán presente está en ese no estar. Si anhelamos a alguien es porque no está con nosotros físicamente; pero, al anhelarlo él está presente, está ya presente en nuestro corazón.

Adviento, tiempo de anhelo. Tiempo de cultivar ese movimiento interior hacia Jesús; tiempo de experimentar con gozo que no somos sin Él; tiempo de aprender a conducir todos nuestros anhelos hacia la espera de Aquél “que sacia bondadosamente mi anhelo” (Hacia el Padre, 157).


Adviento, tiempo de aprender a esperar anhelando… Tal vez, en este sentido podemos interpretar las palabras de Jesús en el Evangelio: “Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (Mt 24,42). Velemos, sigamos anhelando y esperando, para que así se haga realidad lo que en la Eucaristía pedimos al Padre Dios para nosotros, para la Iglesia: “Que tu Iglesia sea un vivo testimonio de verdad y libertad, de paz y justicia, para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza” (Plegaria Eucarística D4); para que todos los hombres nos animemos con un nuevo y más profundo anhelo de Dios.




[1] ALDAZÁBAL, J., Vocabulario básico de liturgia (Biblioteca Litúrgica 3; Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1994), 19s.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Raíces de la pobreza cristiana

Queridos amigos y amigas:

Quisiera compartir con ustedes una breve reflexión en torno a la pobreza cristiana. Lo hago como estudiante de Teología y como un creyente que reflexiona sobre su fe. Desde ya les advierto que esta reflexión está todavía muy en sus inicios y muy abierta… Abierta a otras opiniones y sobre todo a experiencias.

¿Qué entiendo por pobreza cristiana?

Me parece importante hacer una aclaración inicial con respecto al término pobreza, sobre todo cuando este término va calificado por lo cristiano.

No hay que confundir la pobreza cristiana con la miseria material. Incluso me parece necesario señalar que no siempre la pobreza como categoría sociológica es equiparable a la pobreza cristiana.

Dicho esto, quiero dejar muy en claro que lo anterior no nos dispensa a los cristianos de la renuncia a los bienes materiales superfluos y a veces, incluso, a los necesarios. Tampoco nos dispensa de la búsqueda de cercanía y de amistad con los más pobres, ni de la búsqueda de un corazón más pobre, es decir, humilde y agradecido.

La distinción que quiero hacer entre la pobreza sociológica y la cristiana puede expresarse también de la siguiente manera: muchas veces la pobreza sociológica adviene a las personas como una situación socio-económica no deseada ni buscada, sino más bien forzada –y muchas veces, esta situación es fruto de injusticias sociales que los cristianos estamos llamados a remediar por amor-. Por otro lado la pobreza cristiana es una invitación que se enmarca en el seguimiento de Jesús: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme” (Mt 19,21).

La pobreza cristiana: una invitación

Para comprender esta invitación les propongo que acudamos al Evangelio:

“«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

«También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.»” (Mt 13,44-46).

Si leemos con atención estas parábolas, y sobre todo, si nos dejamos tocas por las imágenes que el Señor usa en ellas, pienso que podemos comprender algo de esta invitación a la pobreza cristiana. Sobre todo porque lograremos comprender que esta invitación, esta renuncia, tiene su raíz en el gran tesoro, en el gran don que se nos hace: el Reino de los Cielos, es decir, la vida con Cristo, en Cristo y desde Cristo.

La parábola habla de “tesoro escondido” y de una “perla de gran valor”. Ambas son imágenes que describen el Reino de los Cielos, y los describen como algo verdaderamente valioso, al punto que aquél que lo encuentra experimenta una “alegría” que le impulsa a “vender” todo lo que tiene – a renunciar- con tal de quedarse con ese tesoro que ha encontrado. Así, el Reino de los Cielos se nos presenta como un tesoro que es fuente de alegría.

La imagen del tesoro nos habla de que la vida cristiana, la vida con Cristo, es algo muy valioso. Es un tesoro escondido por el cual vale la pena abandonar otros “tesoros”, otros bienes… Cuando encuentro el tesoro que me hace realmente rico, entonces puedo animarme a ser pobre, puedo animarme a renunciar a bienes, al prestigio social, a la autosuficiencia y a todo aquello que antes era para mí un tesoro. Entonces cuando me hago pobre me vuelvo rico. San Pablo lo expresa maravillosamente en su carta a los Filipenses: “Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Flp 3,7-8).

El contraste entre los bienes terrenos y el Bien con mayúsculas –Dios mismo- se manifiesta dramáticamente en la parábola del joven rico (Mt 19,16-22). “«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.” (Mt 19,21-22). Así, frente a las palabras de Jesús “Uno solo es el bueno” (Mt 19,17), referidas a Dios, se contraponen los “muchos bienes” (Mt 19,22) que poseía el joven rico, o que lo poseían a él y le quitaban libertad. ¿Es para nosotros nuestro mayor bien, nuestro único bien, la vida con Dios, con Cristo y con María?

Una invitación enraizada en la Cristología y en la infancia espiritual

La invitación a la pobreza cristiana, enmarcada en el seguimiento de Jesús, tiene su raíz más profunda en Cristo mismo, en la Cristología. Nuevamente San Pablo nos puede ayudar a comprender esto. A los cristianos de Corinto les dice: “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza.” (2 Co 8,9). ¿Cómo se hizo pobre Jesucristo? En el mismo hecho de su Encarnación, es decir, en el hacerse hombre el Hijo de Dios se ha hecho pobre.

Es conocido el “himno cristológico” de la carta a los Filipenses (Flp 2,5-11) que expresa este hacerse pobre de Cristo:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo:

El cual, siendo de condición divina,
no codició el ser igual a Dios
sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de esclavo.

Asumiendo semejanza humana
y apareciendo en su porte como hombre,
se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte
 y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó
y le otorgó el Nombre,
que está sobre todo nombre.

Para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua confiese
que Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre.”

Es por ello que la Iglesia enseña –y se esfuerza por vivir- que la pobreza y “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Esta opción nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano (cf. Hb 2,11-12). Ella, sin embargo, no es ni exclusiva, ni excluyente.” (Aparecida 392).

Me parece importante señalar que si Jesucristo se hizo pobre por nosotros para hacernos ricos, lo hizo dándose Él mismo. Es decir, el don que nos hace Cristo no es en primer lugar objetos, bienes o conocimiento, sino, que Él mismo es el don que nos entrega y ofrece. Pensemos en la Eucaristía. Allí Él se hace pan y vino para darse a nosotros, se hace pobre, se vacía de sí para que nos alimentemos de Él.

Finalmente, me parece a mí, hay un vínculo –escondido al principio, pero que de a poco se revela más y más- entre infancia espiritual y pobreza cristiana. Jesucristo mismo nos dice: “Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.” (Mc 10,15).

Así, recibir el Reino de Dios tiene como condición hacerse niños. “¿Qué significa «ser niño»? Significa, ante todo, dependencia, necesidad de ayuda, tener que recurrir a los demás. Jesús, en cuanto niño, no sólo proviene de Dios, sino también de otros hombres. Ha vivido en el seno de una mujer, de la que ha recibido su carne y su sangre, los latidos de su corazón, su comportamiento y su palabra. Ha recibido la vida de la vida de otro ser humano. El que provenga de otro aquello que es propio de uno no es un hecho puramente biológico. (…) Según Jesús, por tanto, ser niño no es una etapa puramente transitoria en la vida del hombre, una etapa que procede de su condición biológica y que se cierra por completo en un momento dado; la realidad original del hombre se realiza de tal modo en la infancia que quien ha perdido la esencia de la infancia se ha perdido a sí mismo.”[1]

Así el hacerse niño está íntima relacionado con comprender vitalmente, que lo más propio nuestro en el fondo no es propio, es un don. Y si ser niño significa vivir la vida como un don, se comprende entonces el vínculo entre infancia espiritual y pobreza, pues, “en la condición del pobre se manifiesta con bastante claridad qué quiere decir ser niños: el niño no posee nada por sí mismo. Todo lo que necesita para vivir lo recibe de los otros, y precisamente en esta su impotencia y desnudez es libre.”[2]

Finalmente ser niño es ser hijo, se trata del gran don del Bautismo, ser hijos en el Hijo. Y si somos hijos nuestra gran riqueza es el Padre. Entonces, al renunciar voluntariamente a los bienes y seguridades propias, nos hacemos más niños, más hijos –y por ello más hermanos de todos los hombres-, nos hacemos más semejantes a Cristo Jesús. Y por ello, la pobreza cristiana no es en primer lugar un esfuerzo ético ni ascético, sino encuentro con Cristo, pues “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Deus caritas est 1).


Oscar Iván Saldivar F., ISchP



[1] J. RATZINGER, El camino pascual, 81.
[2] J. RATZINGER, El camino…, 83.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Darse con autenticidad

Decía también en su instrucción: «Guardaos de los escribas y fariseos, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Éstos tendrán una sentencia más rigurosa.»

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.» 

Mc 12,38-44


“Ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía…” Mc 12, 44b

Antes de iniciar la reflexión sobre este Evangelio, me parece importante que tomemos conciencia de que el Evangelio es una “escuela de vida”. Lo que Jesús quiere en el Evangelio es “enseñarnos a vivir”.

“Ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía…”. Ha entregado lo que tenía –cuanto soy y cuanto tengo (Hacia el Padre, 16)- , lo que era importante para ella. Ha entregado de lo suyo, y por eso, podríamos decir que ha sido auténtica. Y eso es lo que impacta a Jesús.

Cuando alguien se da auténticamente, de corazón, impacta, deja huella. No se trata tanto de la “cantidad” de lo que doy –sea esto un aporte económico o sea entregar nuestros dones a Dios y a nuestros hermanos-; no se trata tanto de que lo que yo dé o tenga para compartir con otros sea llamativo o ingenioso. Se trata de que sea auténtico, se trata de que mi corazón –y por eso mi riqueza y mi pobreza- vaya en aquello que doy.

En el fondo lo que nos sobra son nuestras “máscaras”, aquellas cosas que se nos pegan a nuestra personalidad, a nuestro yo más verdadero… Y a veces en nuestras relaciones personales –tanto naturales como sobrenaturales- no damos nuestro yo más auténtico, nuestro corazón –nuestra sustancia, el bien más preciado que tenemos- sino más bien damos lo que nos sobra… En vez de mostrarles a Dios y a mis hermanos mi verdadero rostro –mi mirada auténtica-, les muestro una “máscara”, una careta… En vez de entregar mi corazón, doy parte de mi persona, muestro aquellos aspectos en los que me siento más seguro y así me muestro autosuficiente… Y así no soy capaz ni de dar ni de recibir. No soy capaz de amar.

Pero hay un secreto para poder dar,  para poder amar. Si yo quiero dar, si quiero amar con generosidad, en realidad tengo que tomar conciencia de que soy amado.

Una de mis frases favoritas de la Sagrada Escritura expresa esta dinámica: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). Tanto en los vínculos humanos como en la relación con Dios y con María lo primero es el amor. Cuando experimentamos el amor, el amor de Dios, el amor de una persona; este amor suscita la fe, es decir la confianza. Y cuando confío soy capaz de darme tal y cual soy, de darme auténticamente. Por eso la fe es fe en Dios, fe en las personas que nos rodean y fe en nosotros mismos. Y así el amor y la fe/confianza suscitan la esperanza… Y así lo que yo hago, lo que le entrego a Dios y a los demás se torna importante, por más pequeño que sea –dos moneditas-… Para el que ama y es amado todo lo da desde el corazón y por eso es importante, y por eso hace presente el Reino de Dios en medio nuestro.

Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos, pidámosle a Jesús en la Eucaristía, y a María Santísima en su Santuario, que nos enseñen a amar, que nos enseñen a vivir, que nos enseñen a creer… Que nos enseñen a dar nuestro corazón, a darnos auténticamente. Amén.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Autoridad, participación y poder en la Iglesia


Autoridad, participación y poder en la Iglesia

Encuentro de estudiantes de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Una cuestión eclesiológica

            Autoridad, participación y poder en la Iglesia… Confieso que me llama la atención el tema que nos convocan hoy. A 50 años de la apertura del concilio Vaticano II, como estudiantes de Teología hemos elegido reflexionar en torno a una cuestión eclesiológica. Queremos poner al centro de nuestra reflexión y de nuestro debate a la Iglesia. Queremos preguntarnos por la Iglesia… O más en concreto, pareciera, que quisiéramos preguntarnos por “la manera de ser Iglesia”.

            ¿Cómo somos Iglesia hoy? Ésta pareciera ser la pregunta de fondo cuando miramos a las temáticas de la autoridad,  la participación y el poder en la Iglesia. Me parece importante que tomemos conciencia de que queremos abordar una cuestión eclesiológica. La Iglesia no es el centro del mensaje cristiano, y, sin embargo, la concepción que tengamos de ella, delata –en parte- nuestra propia interpretación del mensaje cristiano.

            Una cuestión eclesiológica, ¿cómo tratar esta cuestión? ¿Desde dónde partir? La pregunta por la autoridad, la participación y el poder remite sin duda a la temática del gobierno de la Iglesia; y, actualmente, a esta temática le acompaña la pregunta por la democracia. De repente parece que nos encontramos de lleno en el campo social y político. Entonces, la cuestión eclesiológica ¿debe formularse desde la Sociología y la Ciencia Política o desde la Teología?

Sin duda, que la Sociología y la Ciencia Política nos brindarán herramientas de observación y consideración, pero no pueden tener una palabra exclusiva sobre la Iglesia, como tampoco, la Teología puede cerrarse al aporte de las ciencias sociales y humanas actuales.

Sin embargo, sin dejar de lado estas consideraciones, me parece que la pregunta por la autoridad, la participación y el poder en la Iglesia, es en el fondo, una pregunta teológica. La pregunta central –que no podemos olvidar- es ¿qué es la Iglesia? En mi opinión, aquí radica –en parte- la crisis eclesiológica.  De acuerdo a la respuesta que demos a esta interrogante, abordaremos las temáticas de autoridad, participación y poder.

Y me parece que todavía hay que dar un paso previo. Necesitamos clarificar ¿qué entendemos por autoridad, participación y poder? Al mirar estas temáticas ¿tenemos una perspectiva teológica, que implique el Evangelio, la Tradición viva de la Iglesia, el Magisterio y la vida espiritual, o partimos exclusivamente desde una perspectiva política y estructural?

Una propuesta desde el pensamiento kentenijiano

            No tenga ya tiempo para extenderme sobre las cuestiones previamente mencionadas. Pero insisto, no las podemos olvidar en nuestra reflexión.


            Quisiera ahora proponerles, desde la espiritualidad y el pensamiento de J. Kentenich, un principio, que yo llamaría eclesiológico, desde el cual se pueden desprender propuestas para responder a las preguntas por la autoridad, la participación y el poder en la Iglesia.

            El mencionado principio se formula de la siguiente manera:

            “Vínculos (tan sólo, pero también tantos) cuantos sean necesarios; libertad cuanto sea posible; pero, cultivo del espíritu, siempre, en forma perfecta y asegurada.”[1]

            Por vínculos, en este caso, J. Kentenich entiende vínculos jurídicos o institucionales[2]. Estos vínculos deben ser al interior de la Iglesia, por un lado, sólo los necesarios, y por otro lado, tantos cuantos sean necesarios. Frente a los vínculos institucionales, se ubica, en tensión creadora de vida, la libertad, y ésta, cuanto sea posible. Se intuye así, que la vida en comunidad, la vida eclesial, siempre va a tener este juego, esta tensión entre vínculos y libertad, entre autoridad y libertad, entre autoridad y participación.

Empezamos a tocar así el tema de la autoridad y la participación en la Iglesia. Ya desde una perspectiva antropológica y comunitaria se hace evidente la necesidad de la autoridad y el rol de servicio a la comunidad que ésta está llamada a cumplir. No me parece necesario demostrar aquí, a partir de los Evangelios y de la Tradición viva, la institución del ministerio apostólico en la Iglesia por Jesucristo y su posterior decantación en los tres grados del sacramento del Orden, a cuyos dos primeros grados, actualmente está unida la potestad de gobierno en la Iglesia[3]. Tomo esto por conocido.

Sí quisiera decir una palabra sobre el ejercicio de esta autoridad y el ejercicio de la participación en la Iglesia a partir del “máximo cultivo del espíritu”.

En mi opinión, tenemos que ver en la autoridad ejercida en la Iglesia a través del sacerdocio ministerial un don del mismo Jesucristo. Comparto la opinión del entonces cardenal Ratzinger cuando al referirse a la jerarquía dice: “yo cuestiono la traducción, muy extendida, de que jerarquía signifique «poder sagrado». Estoy convencido de que el vocablo significa «origen sagrado». Quiere decir que la Iglesia no puede nacer de acuerdos propios, sino únicamente del Señor, del sacramento. Visto así, obtenemos enseguida otra visión del sacerdocio. (…) El sacerdocio es la vinculación de la Iglesia al Señor. Es la autosuperación de la Iglesia, que no surge mediante asambleas, acuerdos, erudición o fuerza organizativa, sino que se debe siempre a Cristo.”[4]

Ahora, así entendida la autoridad, como don, es también una tarea, que no está exenta del peligro de degenerar en autoritarismo. Vuelvo al principio eclesiológico que enuncié al inicio, la autoridad debe tener los vínculos necesarios para ejercer su servicio, pero sólo los necesarios, no más.

Y frente a la autoridad se presenta la libertad de las personas y de las comunidades. Una libertad, -y quisiera vincular a esta libertad, es decir, a la iniciativa, la temática de la participación- que tampoco puede degenerar en libertinaje. Pero, ¿cómo sucede esto? ¿Cómo encuentran su equilibrio autoridad y participación?

Ambas encuentran su equilibrio, no en estructuras u organizaciones eficaces, sino en el “máximo cultivo del espíritu”; es decir, en la vida cristiana vivida plenamente, en el encuentro –personal y comunitario- con Jesucristo, en dejarse modelar y conducir por el Espíritu que nos hace clamar ¡Abbá, Padre! (cf. Rm 8,15) y que nos introduce en la fraternidad cristiana. Sin un máximo cultivo del espíritu, sin una renovada vida cristiana, sin estar referidos a Jesucristo, sin atrevernos a anhelar la santidad, todos nuestros esfuerzos por una Iglesia comunión, serán vanos. Porque no podemos “crear” la comunión sólo por nosotros mismos, sino en Cristo.

Si autoridad y participación en la Iglesia están sostenidas por la generosidad de los hombres y mujeres a la vida del Espíritu, entonces podremos sin temor plantearnos la cuestión del poder, porque entonces descubriremos que no es un fin en sí mismo, sino un servicio, el de aquel que realmente se hace el último y el servidor de sus hermanos (cf. Mt 20,25-28).

Oscar Iván Saldivar, Padres de Schoenstatt            


[1] J. KENTENICH, El secreto de la vitalidad de Schoenstatt, 1º parte. Espíritu y forma (Editorial Nueva Patris S.A., Santiago, Chile 32012), 27.
[2] H. KING (Ed.), José Kentenich: una presentación de su pensamiento en textos, Tomo I. En libertad, ser plenamente hombres (Editorial Patris S.A., Santiago, Chile 2003), 131.
[3] Cf. Código de Derecho Canónico, cánones 1008 y 1009 (con la modificación establecida por el Motu proprio Omnium in Mentem de Benedicto XVI).
[4] J. RATZINGER – P. SEEWALD, Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época (Sudamericana, Buenos Aires 12005), 366.