La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 29 de marzo de 2015

Jesús y los suyos se aproximan a Jerusalén

Domingo de Ramos 2015 – Ciclo B

Jesús y los suyos se aproximan a Jerusalén

“Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén…” (Mc 11,1). Esta sencilla frase al inicio del evangelio que se ha proclamado para conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén (Mc 11,1-10) señala el sentido profundo de lo que hoy realizamos y celebramos.

La conversión es camino, es peregrinación

            Jesús y los suyos –sus discípulos- se aproximan a Jerusalén; es decir, van llegando a Jerusalén luego de haberse puesto en camino. Llegar a un lugar, llegar a una meta, implica ponerse en camino, implica caminar.

            También nosotros hemos hecho un camino para llegar a estos días santos. Desde aquél Miércoles de Ceniza en que escuchamos la exhortación: “Conviértete y cree en el Evangelio” (cf. Mc 1,15), nos pusimos en camino con Jesús.

            Sí, la conversión hacia el Señor es un camino, y un camino que exige dar pasos todos los días. A veces son pasos pequeños: como por ejemplo pequeños propósitos con los cuales buscamos educarnos a nosotros mismos para asemejarnos a Jesús. Otras veces son grandes pasos de conversión: una confesión sanadora; un perdón que regalamos y nos libera; o una decisión que marca nuestra vida y la orienta hacia Cristo.

            Es cierto que en nuestro camino de conversión a veces retrocedemos e incluso caemos y perdemos de vista las huellas de Jesús. Sin embargo, el amor de Jesús “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar” siempre de nuevo.[1] A cada uno de nosotros se dirige la consoladora invitación: “¡Ánimo, levántate! Él te llama” (Mc 11,49).

            Caminamos con Jesús no solamente durante estos días santos. Toda nuestra vida cristiana es un caminar con y detrás de Jesús, un caminar con sus discípulos, un caminar con la “Iglesia en salida”.[2]           

“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mc 11,9)

            Y caminar con Jesús y sus discípulos no sólo es un camino de conversión, sino también de esperanza y de profunda alegría; porque el caminar por la senda de la conversión aviva en nuestros corazones la esperanza y hace nacer la alegría. Así lo expresan los que siguen a Jesús en su entrada a Jerusalén aclamando con alegría y esperanza: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mc 11,9).

            Los que se han puesto en camino detrás de Jesús son los que como Él se “anonadaron”, se despojaron de sí mismos (cf. Flp 2,7), se despojaron de todo aquello que no les permitía caminar como Él y con Él y sus discípulos.

           
Cuando  nos despojamos de todo aquello que no nos permite caminar; cuando nos despojamos de nuestras propias seguridades y recelos; de nuestro poder y prestigio; de nuestro egoísmo e indiferencia, y de nuestros pecados; entonces surge también en nosotros desde el corazón el grito: ¡Hosanna! Entonces nos unimos a los creyentes de todos los tiempos y lugares que imploran a Jesús: ¡Hosanna!

             En su origen, la expresión “Hosanna”, era una expresión de súplica, algo así como « ¡ayúdanos!», « ¡danos la salvación!».[3] Y como “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”[4], la petición de ayuda, de salvación, se transforma en grito de esperanza y alegría, en certeza de que el Señor nos ayudará en nuestro caminar. Al caminar con  Él nos despojamos de nuestros temores y tristezas, y recibimos de Él su misericordia, su compañía y su alegría. ¡Hosanna!

            Y cuando recibimos esa misericordia somos transformados en sus discípulos y con ello recibimos “una lengua de discípulo, para saber reconfortar al fatigado con una palabra de aliento” (Is 50,4). Ser discípulo es caminar con Jesús y con los demás confortándonos unos a otros.

La meta de la conversión es el amor

            ¿Pero cuál es la meta de este camino de Jesús y sus discípulos? ¿Cuál es la meta de nuestro peregrinar cristiano? “La última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz, (…) es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1).”[5] Todo nuestro caminar cristiano, nuestro ser discípulos y peregrinos, está orientado hacia esa entrega. Ésta es nuestra meta: entregarnos con Él y como Él por amor.

           
“Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su Cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo”[6], en medio de nuestro día a día.

Que María, nuestra Madre y Educadora, nos enseñe a caminar con Jesús y como Jesús, y que en estos días santos nos dejemos conducir por Él hacia la Jerusalén definitiva –hacia el Santuario definitivo- participando existencialmente de su muerte y resurrección. Amén.   
 
             




[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 3.
[2] Cf. PAPA FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 20-24.
[3] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 17.
[4] PAPA FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 1.
[5] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 12.
[6] Ibídem, 21s.

jueves, 19 de marzo de 2015

San José, sacramental del Padre

San José, sacramental del Padre

“Seré un padre para él, y él será para mí un hijo” (2 S 7,14)


El texto que la Liturgia de la Palabra propone como primera lectura de hoy (2 S 7, 4-5a. 12-14a. 16) refiere a una profecía que en un primer momento se aplica a David y a un descendiente directo suyo, Salomón. Sin embargo, desde los primeros siglos los cristianos han aplicado esta profecía, y otras, a Jesús mismo, aquél en quien se cumplen todas las promesas y profecías del Antiguo Testamento.

            Y si nos fijamos atentamente en el texto bíblico tomaremos conciencia de lo que nos dice también a nosotros hoy. Dios será Padre para el Mesías –descendiente de David-. Y lo será realmente. Pero esta promesa de paternidad, Dios la llevará a cabo a través de san José.

            ¡Cuánta importancia otorga Dios a sus criaturas, a la creación! ¡Cuánta importancia a las causas segundas! La causa primera de toda la realidad es Dios mismo, pero Él hace participar sus atributos, sus capacidades y su misión a sus criaturas, que devienen así en causas segundas.

            Dios transfiere a san José parte de su paternidad, lo hace participar de su paternidad, y en este caso concreto paternidad para su Hijo. ¡Cuánta responsabilidad! ¡Cuánta confianza!

            Sí, “Dios nos hace sentir su belleza, su bondad, su misericordia a través de las criaturas.”[1] Y lo mismo ha hecho con su propio Hijo, con Jesús. Le ha hecho sentir su paternidad, su belleza, su bondad y su misericordia a través de san José.

            El Hijo de Dios, aquél cuya misión es mostrar el rostro del Padre, en su infancia y adolescencia aprende a decir “papá”, “abbá” (cf. Mc 14,36) mirando a José, viviendo con él, experimentando de él toda la riqueza de la paternidad. Aprende sensiblemente –no sólo intelectualmente- lo que es ser hijo para un padre en su relación con José.

            Al contemplar la figura de san José debemos volver a tomar conciencia del rol de un padre para sus hijos, para su familia. Se trata de la presencia firme y al mismo tiempo serena, es aquél que asegura el sustento tanto material como espiritual; aquél que es fundamento de la personalidad de sus hijos; aquél que es autoridad certera y misericordiosa.

“Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2, 48)

            El evangelio de hoy (Lc 2, 41-51a), aunque con palabras muy parcas, nos muestra a José como verdadero padre de Jesús en la tierra: es aquél que con su ejemplo instruye a su hijo en la fe de Israel, en la fe de su pueblo. Si Jesús entiende que debe “ocuparse de los asuntos de su Padre” (cf. Lc 2,49) es porque en primer lugar ha visto durante años a sus padres –María y José- ocuparse de los asuntos del Padre: “los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua” (Lc 2,41).

            José es aquél que con prontitud sale a buscar a su hijo. Sí, cada vez que un hijo se pierde un padre lo busca (cf. Lc 2, 43-45), lo espera anhelante y lo recibe con alegría (cf. Lc 15, 20b. 22-24).


            Y José es capaz de traspasar el amor filial de su hijo al Padre. Recibe ese amor con sinceridad en su corazón y lo conduce hacia Dios, hacia el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra (cf. Ef 3,14-15). Realmente san José es un sacramental del Padre Dios.

San José y nosotros

            En este día en que contemplamos la figura de san José vale la pena entonces que cada uno de nosotros vuelva a tomar conciencia de que Dios nos ha regalado algo de su paternidad, bondad y misericordia para irradiar. Cada uno de nosotros puede conducir hacia el Padre. Vale la pena que tomemos conciencia especialmente hoy de la gran misión, responsabilidad y confianza que Dios ha puesto en cada padre y madre de familia, en cada persona que de alguna manera ejerce paternidad para otros.

            En este día podemos también implorar de san José la gracia de su paternidad, y así, asumir su misión como aliados de María, cada uno de nosotros es como san José: cuidemos que las personas que custodiamos se acerquen a María, para que en cada uno Ella dé a luz a Cristo, el hombre nuevo. Amén.  



[1] H. ALESSANDRI, El Padre Kentenich. Principales etapas de su vida desde el punto de vista de su paternidad (1976), 13.

jueves, 12 de marzo de 2015

Fortalecer nuestro corazón

Fortalecer nuestro corazón 
Jueves III de Cuaresma[1]

“Ojalá hoy escuchen la voz del Señor: «No endurezcan su corazón».”
Salmo 94,8

       Claramente hoy en la liturgia de la Palabra resuena con insistencia este pedido: “escuchen la voz del Señor, no endurezcan su corazón”.

            El evangelio que hemos escuchado (Lc 11,14-23) nos muestra las consecuencias de un corazón endurecido: desconfianza, sobre-exigencia, ceguera e incapacidad de reconocer que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. El corazón duro ya no es capaz de escuchar la voz del Señor, ya no es capaz de percibir la presencia y acción de Jesús en el día a día.

            Se endurece nuestro corazón cuando dejamos –por negligencia, por descuido- que se vuelva cómodo y avaro; cuando nos entregamos a la búsqueda enfermiza y sin sentido de placeres superficiales; cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos hacemos indiferentes a la vida de los demás.[2] Allí “ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.”[3]

Fortalecer nuestro corazón

            ¿Qué hacer para que nuestro corazón no se endurezca? ¿Qué hacer para que el Señor quite de nosotros el corazón de piedra y nos dé un corazón de carne? (cf. Ez 36,26).

            Estamos invitados a vivir este tiempo de Cuaresma “como un camino de formación del corazón”.[4]

            Sí, debemos volver a despertar nuestro corazón –nuestra interioridad-, sacarlo de la comodidad y la indiferencia. La Cuaresma es un tiempo especialmente apropiado para dejarnos tocar por la Palabra de Dios y por las necesidades de quienes nos rodean. Y en ese sentido es un tiempo para fortalecer nuestro corazón.

            Pues necesitamos un corazón fuerte para amar de verdad, para resistir a la tentación de la auto-suficiencia y de la indiferencia (cf. Lc 11,21-22). Porque “tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas.”[5]

            Que el Señor nos enseñe a escuchar su voz y María eduque nuestro corazón para fortalecerlo. Amén.



[1] Jueves, 12 de marzo de 2015. Jueves III de Cuaresma, Ciclo B.
[2] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 2.
[3] Ídem
[4] PAPA FRANCISCO, Fortalezcan sus corazones (St 5,8), Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma 2015. Disponible en línea en: 
[5] Ídem

domingo, 22 de febrero de 2015

¿Cómo vivir el tiempo de Cuaresma?

¿Cómo vivir el tiempo de Cuaresma?
Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

Queridos hermanos y hermanas:

Iniciamos nuevamente el tiempo de Cuaresma. En su sabiduría, la Liturgia de la Iglesia nos propone un tiempo fuerte de preparación al misterio central de la fe y de la vida cristiana: la Pascua de Cristo Jesús.

Como bien señala la oración colecta de la misa de este día, vivimos este tiempo cuaresmal y sus expresiones año tras año[1]; la Cuaresma,   forma parte de nuestro año litúrgico. Pero aun así, vale la pena que al inicio de este tiempo nos preguntemos ¿cómo vivir el tiempo de Cuaresma? Pienso que esta no es una simple pregunta retórica, sino una pregunta que debiera cuestionarnos sinceramente.

Todos los cristianos –y dentro del Pueblo de Dios, también los consagrados- estamos expuestos a la “tentación” de la “rutina religiosa y espiritual”. Esa rutina que aparece cuando pensamos: “esto ya lo viví, esto ya lo hice”; esa rutina que hace gris la vida cotidiana y transforma las prácticas religiosas en meros actos hechos por costumbre; esa rutina que hace del tiempo de Cuaresma una mera sucesión de días, tiempo cronológico, tiempo que pasa, pero no tiempo de gracia en el cual se manifiesta el paso del Señor.

Cuaresma e interioridad

            Entonces, ¿cómo vivimos la Cuaresma? Para no caer en esa rutina espiritual que todo lo hace gris, debemos vivir la Cuaresma desde nuestra interioridad. Porque sólo en el corazón humano puede el tiempo cobrar sentido y transformarse en tiempo de gracia.

           
            Sólo desde nuestra interioridad seremos capaces de experimentar aquello que vivió Jesús al inicio de su ministerio: “En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto…” (Mc 1, 12). El Espíritu impulsa a Jesús, lo mueve, lo lleva, lo anima. Y lo anima a adentrarse en el “desierto”, en aquel lugar donde la soledad y el silencio abren al encuentro con Dios y con uno mismo.

            Vale la pena que cada uno de nosotros se pregunte: ¿A qué me impulsa el Espíritu en este inicio de la Cuaresma?

            El Espíritu Santo –que es el alma de nuestra alma- constantemente nos impulsa, pero necesitamos hacernos el espacio y el tiempo para escuchar y percibir aquello que el Espíritu quiere impulsar en nuestro interior y desde nuestro interior.

            Por eso la Iglesia insistentemente nos invita a la oración –especialmente en este tiempo de Cuaresma-, para tomar conciencia de la presencia de Dios en nuestro interior, en nuestra alma y en nuestra vida, para percibir su paso en nuestro día a día y su presencia en nuestros hermanos.

            La oración, que es diálogo íntimo y personal con Dios, nos abre a la escucha de Dios y por eso mismo abre nuestra interioridad; es decir, nuestra capacidad de conocernos a nosotros mismos y percibir las mociones de nuestra alma y los anhelos de nuestro corazón.

“Permaneció cuarenta días y fue tentado…” (Mc 1, 13)

            El desierto, el lugar a veces inhóspito de la soledad y el silencio nos confronta también con nuestras tentaciones, aquellas más sutiles y también las más básicas y bajas. Y justamente las tentaciones tienen que ver con el auto-conocimiento y con el confrontarse con uno mismo.

            A veces, muy rápido moralizamos las tentaciones que experimentamos… Pero miradas con serenidad y en presencia del Señor Jesús, las tentaciones son una fuente de conocimiento de nuestro propio yo, pues revelan nuestras heridas e insatisfacciones; revelan nuestra condición humana siempre necesitada de los otros y nuestra pequeñez. A su vez estas experiencias pueden conducirnos, impulsarnos, hacia la humildad y la filialidad.

            El Espíritu Santo quiere impulsarnos al desierto, animarnos a despojarnos de todo lo que nos distrae en el día a día y así confrontarnos con nuestra propia realidad para despertar en nosotros humildad y filialidad.

            En el fondo, el camino del tiempo cuaresmal se trata de eso: por el camino de la interioridad, la sinceridad y la humildad, llegar a la filialidad, a ser plenamente hijos e hijas de Dios.

            Que en este tiempo de Cuaresma nos animemos a adentrarnos con sinceridad en nuestro corazón para poner en presencia de Cristo y de María nuestra pequeñez, y dejar que con su misericordia ellos despierten en nosotros la filialidad. Amén.



[1] “Concédenos, Dios todopoderoso, que las prácticas anuales de esta celebración cuaresmal nos ayuden a progresar en el conocimiento del misterio de Cristo y que nos dirijamos, por su medio, a una conducta cada vez más digna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.”

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El comienzo de nuestra redención - Noche Buena 2014

El comienzo de nuestra redención
Noche Buena 2014

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta Misa Vespertina de la Vigilia de la Natividad del Señor iniciamos el tiempo de Navidad. Y con esta solemnidad de la Natividad del Señor celebramos “el comienzo de nuestra redención”.[1] Cada año, al celebrar la Navidad, celebramos el inicio de nuestra redención, el inicio de nuestra salvación.

El comienzo de nuestra redención

            La redención de la humanidad se inicia con la encarnación del Hijo de Dios y con su nacimiento en Belén de Judá. ¡Qué inicio más sencillo, pequeño, íntimo y frágil! La salvación de toda la humanidad comienza con el sí de una sencilla muchacha de Nazaret (cf. Lc 1,38) y con el nacimiento de un niño en un pesebre (cf. Lc 2,7).

             Nazaret y Belén ponen ante nuestros ojos el hecho de que el inicio de lo más grande radica en lo más pequeño. No en vano durante su predicación Jesús dirá: “El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, ésta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas” (Mt 13, 31-32).

            Sí, el Reino de los Cielos se inicia en lo pequeño, en lo íntimo y frágil, pero crece hasta manifestarse, fortalecerse y ser capaz de cobijar, de regalarse.

No sólo la salvación de toda la humanidad comienza en la intimidad de Nazaret y en la fragilidad de Belén; también, la salvación de cada uno de nosotros comienza en la pequeñez, en la intimidad y en la fragilidad de nuestros corazones cuando se abren al encuentro con Jesús. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”[2]

            Sí, son los comienzos pequeños y frágiles los que inician la salvación en nuestras vidas, los que inician el nacimiento de Jesús en nuestros corazones. Cada nuevo comienzo, cada volver a empezar, cada volver a creer en el amor de Dios, cada volver a perdonar, cada volver a dar una oportunidad al otro, cada volver a abrazar, cada volver a decidirse por el bien, es el comienzo de nuestra redención. Comienzo siempre íntimo, pequeño y frágil. Comienzo que necesita ser cultivado y sostenido con la fe, con el amor y con la esperanza cada día.

No temas José; no temas María

Cada nuevo comienzo es hermoso, pero también frágil y nos produce algo de temor, de incertidumbre. Es por ello que el ángel del Señor debe infundirle valor a José diciéndole: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.” (Mt 1, 20). También en la anunciación del Señor a María, el ángel Gabriel debe insistir: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido.” (Lc 1,30).

En esta noche santa al contemplar al Niño en el pesebre comprendemos que todo nuevo inicio, que todo nuevo comienzo es siempre frágil. Frágil como el Niño que hoy se nos regala, pero también hermoso.

Sobre todo, el volver a empezar en la vida es siempre frágil; el dejar atrás el pecado, el egoísmo y la indiferencia siempre son decisiones fuertes y frágiles a la vez. Fuertes, porque implican un cambio de vida, de actitud. Frágiles, porque siempre se puede volver atrás. ¿Cómo volver a empezar entonces?

Si contemplamos el Evangelio y observamos a José y a María, comprenderemos que la única manera de volver a empezar, la única manera de encarar un nuevo comienzo es confiando. El temor siempre nos paraliza. La confianza nos dinamiza y despierta la creatividad y el amor.

José y María han confiado en el Señor, en el Dios de Israel,  el Dios de las promesas. José y María han confiado el uno en el otro, y por eso pudieron asumir este nuevo inicio, este nuevo comienzo en la historia de la salvación. Por eso pudieron recibir a este pequeño Niño que crecería para ser fuente de salvación para toda la humanidad.

Por eso, cada uno de nosotros en esta noche santa y ante cada desafío, ante cada nuevo inicio, debemos escuchar en nuestro interior la voz de Dios que nos dice: “No temas, porque este nuevo comienzo, este nuevo paso, este volver a empezar, proviene del Espíritu Santo”. Y cuando nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios experimentamos entonces que “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros».” (Mt 1, 22-23).  

En cada nuevo comienzo, está Jesús, está el Niño, está el Dios-con-nosotros. Animémonos a creer en esta buena noticia y dejemos que Aquél que inició en nosotros la obra de nuestra redención, Él mismo la lleva a término. Que así sea. Amén.  






[1]MISAL ROMANO, Misa Vespertina de la Vigilia de la Natividad del Señor, Oración sobre las ofrendas.
[2] BENEDICTO XVI, Deus Caritas est 1.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La Cruz de Cristo y la Inmaculada Concepción

La Cruz de Cristo y la Inmaculada Concepción,
noble árbol y fruto sin igual

Queridos hermanos y hermanas:

            El peregrinar desde la Parroquia-Santuario de Ñandejara Guasu de Piribebuy, hasta el Santuario de la Virgen de los Milagros de Caacupé, nos permite meditar en este día de fiesta en torno a la relación entre Ñandejara Guasu y la Virgen de los Milagros de Caacupé, entre la Cruz de Cristo y la Inmaculada Concepción de María.

            ¿Qué misterio de fe encierran éstas imágenes sagradas? ¿Qué mensajes desean transmitirnos?

            Según sus historias –que llegan hasta nosotros por medio de la tradición oral y se enlazan con leyendas- ambas imágenes estarían en nuestro departamento de Cordillera desde los siglos XVII o XVIII.[1] Dicha presencia suele ser atribuida a la actividad evangelizadora de los franciscanos. Pero más allá de los hechos históricos y de los relatos legendarios, vale la pena que nos preguntemos por qué la Divina Providencia quiso unir las imágenes de Ñandejara Guasu y de Tupãsy Caacupe en esta verde serranía regada por manantiales y arroyos que es Cordillera. ¿Cuál es la relación entre ambas? ¿Cuál es la relación entre los misterios de fe que ilustran?

La Cruz de Cristo y la Inmaculada Concepción de María

            La fe de la Iglesia siempre ha visto en estrecha unión la cruz de Cristo y la Inmaculada Concepción de María. De hecho, si hemos prestado atención a la oración colecta de este día habremos escuchado que el sacerdote, al dirigirse a Dios en oración le dice:

“Dios nuestro, por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preservada de todo pecado, preparaste a tu Hijo una digna morada; en atención a los méritos de la muerte redentora de Cristo.”[2]

            Sí, la liturgia de nuestra fe expresa lo que la inteligencia de la fe ha captado: María ha sido preservada de todo pecado, de todo egoísmo, de toda separación de Dios y de los hombres, por la entrega de Cristo en la cruz. Previendo la entrega de amor de Jesús en la cruz, el Padre preservó del pecado a aquélla que sería la Madre del Hijo. Comprendemos entonces las hermosas y contundentes palabras del Cantar de los cantares: “el Amor es fuerte como la Muerte” (Ct 8,6); más aún, el amor es más fuerte que la muerte, la entrega del amor es más fuerte que el egoísmo del pecado.

            Al contemplar las imágenes de Ñandejara Guasu y de Tupãsy Caacupe me vienen a la mente las palabras del Himno a la Cruz del Viernes Santo:

“Esta es la cruz de nuestra fe, el más noble de los árboles: ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos.

El Creador tuvo compasión de Adán, nuestro padre pecador, que al comer del fruto prohibido se precipitó hacia la muerte; y para reparar los daños de ése árbol, Dios eligió el árbol de la Cruz.”[3]

            Sí, al contemplar a Cristo en la cruz y a su Madre Inmaculada, contemplamos el árbol de la cruz y el fruto de la redención: la libertad del pecado. Aquél árbol de la vida que perdimos (cf. Gn 2,9. 3,11.22), Jesús nos lo regala en el árbol de la cruz. Aquél fruto que nos estaba prohibido (cf. Gn 3,11), se transforma en el fruto sin igual de la redención: María Inmaculada.

            Sí, ahora comprendemos por qué quiso Dios unir en este jardín cordillerano a Ñandejara Guasu y a Tupãsy Caacupe. Sí, árbol y fruto nos recuerdan aquél jardín en Edén (cf. Gn 2,8) que Dios plantó para colocar allí al hombre, aquél jardín en el cual a la hora de la suave brisa Dios se paseaba buscando la compañía del hombre y de la mujer (cf. Gn 3, 8-9).

Santos por el amor, por el encuentro con los demás

            Y si Jesucristo y María habitan en medio de nosotros, ya no es necesario temer ni escondernos. También para nosotros son las palabras que el ángel dirigió a María: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido” (Lc 1,30). Sí, Dios nos ha favorecido al regalarnos a Cristo y a su Madre. Con razón podemos hacer nuestras las palabras y los sentimientos de júbilo de San Pablo: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.” (Ef 1, 3-4).

            Sí, es el amor misericordioso de Dios el que nos hace dignos de servirle en su presencia;[4] es el amor misericordioso de Dios el que nos quiere ir haciendo santos e irreprochables en su presencia. Cuando vivimos en su presencia, cuando respondemos a su llamada y salimos a su encuentro, entonces nuestra vida se va haciendo plena y por ello santa. La plenitud de vida, la felicidad, no se alcanza en el aislamiento egoísta del pecado sino en el encuentro con Cristo y con los demás hombres en presencia de Dios Padre.

Es lo que el relato del Génesis y el texto del Evangelio según San Lucas nos muestran. Cuando nos aislamos, cuando nos encerramos en nosotros mismos y queremos ser autosuficientes, “como dioses” (cf. Gn 3,5), descubrimos que estamos desnudos (cf. Gn 3,7.10). Experimentamos que nuestros pecados desnudan nuestras heridas y fragilidades; desnudan ante nuestros ojos nuestra realidad, y como Adán tenemos miedo y nos escondemos de Dios y de los demás. El pecado siempre genera temor, tristeza, vacío interior y aislamiento.[5]

Sin embargo, Dios no cesa de buscarnos, de llamarnos y de preguntarnos: “¿dónde estás?” (Gn 3,9). Dios no cesa de decirnos: “¡Alégrate! El Señor está contigo” (cf. Lc 1,28). En Jesucristo, Ñandejara Guasu, Dios nos dice una y otra vez: “¡Alégrate! Yo estoy contigo, hoy y siempre”. Y en María, Tupãsy Caacupe, aprendemos a confiar en ese amor y a responder: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Cristo es el amor misericordioso del Padre que se nos ofrece, y María es la respuesta confiada que acoge ese amor.

Y así cuando renunciamos a “ser como dioses”, cuando renunciamos a aislarnos en nosotros mismos y en nuestros intereses; y nos convertimos día a día en “servidores del Señor” (cf. Lc 1,38), confiando en su amor y saliendo al encuentro de los demás en su presencia, entonces experimentamos que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”; entonces experimentamos que somos “liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.”[6]

La plenitud de vida y la santidad no están en el aislamiento egoísta sino en el encuentro con los demás en presencia de Dios. María ha sido hecha Inmaculada, es decir plena, por el amor misericordioso de Dios y en unión con Cristo; y, también nosotros seremos hechos plenos por la misericordia de Dios y en el encuentro con Cristo y con nuestros hermanos.

Por eso, desde nuestros santuarios de Piribebuy y de Caacupé, desde este jardín que evoca el jardín en Edén, queremos entregar a nuestro pueblo, como signo de la salvación, como signo de la vida plena, la Cruz de Cristo y la imagen de María Inmaculada, el árbol de la vida y el fruto de la salvación. “¡Que nadie separe lo uno de lo otro, pues en su plan de amor el Padre los concibió como unidad!”.[7] Que así sea. Amén.

P. Oscar Iván Saldivar F.
Vicario de la Parroquia-Santuario de Ñandejara Guasu de Piribebuy,
en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María,
Fiesta de la Virgen de los Milagros de Caacupé 2014.



   




[1] Cf. Santuarios del Paraguay, Publicación N° 1, COMISIÓN NACIONAL DE LITURGIA Y PASTORAL BÍBLICA (CEP), Área de Pastoral de Santuarios, Págs. 6 y 12.
[2] MISAL ROMANO, La Inmaculada Concepción de la Virgen María, Solemnidad, Oración Colecta.
[3] MISAL ROMANO, Himno a la Cruz, Liturgia del Viernes Santo de la Pasión del Señor.
[4] Cf. MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística II.
[5] Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium 1.
[6] Ibídem
[7] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, estrofa 332.