La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 11 de marzo de 2017

«Éste es mi Hijo muy querido: escúchenlo»

Domingo 2° de Cuaresma – Ciclo A

«Éste es mi Hijo muy querido: escúchenlo»

Queridos hermanos y hermanas:

            En este Domingo 2° de Cuaresma  el evangelio (Mt 17, 1-9) nos dice que: «Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17, 1-2). Se trata del episodio conocido como “la Transfiguración”. ¿Cuál es el sentido profundo de este relato? ¿Cuál es el mensaje de este texto evangélico para nuestro camino cuaresmal?

La Transfiguración
           
La Transfiguración.
Rafael Sanzio, 1517-1520.
Wikimedia Commons.
La Transfiguración es una revelación de la persona de Jesús, de su realidad profunda. De hecho, los testigos oculares de ese acontecimiento, es decir, los tres Apóstoles, quedaron cubiertos por una nube, también ella luminosa —que en la Biblia anuncia siempre la presencia de Dios— y oyeron una voz que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). Con este acontecimiento los discípulos se preparan para el misterio pascual de Jesús: para superar la terrible prueba de la pasión y también para comprender bien el hecho luminoso de la resurrección.”[1]

            También es importante señalar que “en la Transfiguración no es Jesús quien tiene la revelación de Dios, sino que es precisamente en él en quien Dios se revela y quien revela su rostro a los Apóstoles. Así pues, quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre.”[2]

            Pero todavía hay algo más. Los Apóstoles no solo contemplan el rostro transfigurado de Jesús, sino que además escuchan una voz, la voz del Padre que desde la nube luminosa dice: «Escúchenlo». “La voluntad de Dios se revela plenamente en la persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharlo, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas.”[3]

            Así el acontecimiento de la Transfiguración se nos presenta como un acontecimiento de revelación. En primer lugar se trata de una revelación de la persona de Jesús: ante los ojos del discípulo, el rostro de Jesús resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven luminosas. Y en su misma revelación, Jesús revela el rostro santo y misericordioso del Padre. La revelación implica también la escucha: «Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo» (Mt 17,5).

«Escúchenlo»

            La Cuaresma  es un tiempo privilegiado para nutrirnos de la Palabra de Dios. En efecto, el Domingo 1° de Cuaresma escuchábamos en el evangelio (Mt 4, 1-11) que «El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4); y hoy, escuchamos lo que el Padre dice en lo alto del monte: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo» (Mt 17,5).

            Pero, ¿qué significa escuchar a Jesús? ¿Por qué es importante escucharlo? ¿Cómo aprendemos a escucharlo, y así, a entrar en diálogo con Él?

            Ya al inicio del Año de la Misericordia nos decía el Papa Francisco que “para ser capaces de misericordia, (…), debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.”[4]

            Escuchar a Jesús significa tomar conciencia de que la Palabra de Dios es una palabra que se nos dirige personalmente a cada uno de nosotros. En la Sagrada Escritura, y en especial durante la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios en la Eucaristía,  Dios habla a su pueblo, a toda la Iglesia, pero también a cada uno de sus hijos e hijas: “es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la Alianza.”[5]

            Se nos dirige una palabra, se nos dirige la Palabra. Y esa palabra quiere tocar nuestro corazón, el núcleo de nuestra personalidad. Por eso escuchar es hacer un espacio en nuestro interior para que esa Palabra entre, se arraigue y obre en nosotros y con nosotros.

            Por eso el silencio interior va asociado a la escucha atenta de la Palabra. Para escuchar de verdad no basta con dejar de hablar. Se trata de serenar nuestro mundo interior: nuestros pensamientos y sentimientos; nuestra imaginación y nuestra memoria; nuestras preocupaciones y urgencias. Sólo entonces, cuando hacemos la experiencia del silencio interior, estamos en condiciones de escuchar de verdad, estamos en condiciones de dejar que la Palabra de Dios entre en nuestro interior, se arraigue y obre en nosotros.

Parte de la experiencia auténtica del escuchar es la obediencia a esa Palabra que se nos ha dirigido. Es interesante ver cómo en el Génesis,  luego de que el Señor le dirige su palabra a Abrám, se nos dice con sencillez y contundencia: «Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado» (Gn 12,4a). Así la escucha atenta y orante de la Palabra de Dios nos lleva a acogerla en nuestro interior para asumirla, ponerla en práctica y vivirla en nuestra vida cotidiana.

La fe como escucha

            Comprendemos entonces la importancia del escuchar para nuestra vida cristiana, para nuestra vida como discípulos de Jesús. La auténtica escucha es una dimensión irrenunciable de la vida de fe; es más, la escucha es el inicio de la fe, así lo dice san Pablo en la Carta a los Romanos: «la fe nace del mensaje que se escucha» (Rm 10,17). Lo característico del discípulo es escuchar a su Maestro. No podemos llamarnos discípulos si no escuchamos a nuestro Maestro, si no dejamos que sus palabras nos configuren y sostengan interiormente.

            Así la escucha propia del discípulo lo va capacitando para entrar en un conocimiento personal de su Maestro porque “el conocimiento asociado a la palabra es siempre personal: reconoce la voz, la acoge en libertad y la sigue en obediencia.”[6] Por ello “la escucha de la fe tiene las mismas características  que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10, 3-5);  una escucha que requiere seguimiento, como en el caso de los primeros discípulos, que «oyeron sus palabras y siguieron a Jesús» (Jn 1,37).”[7]

            En este tiempo de Cuaresma queremos aprender a escuchar a Jesús. Queremos subir con Él al monte elevado de la oración, el silencio y la escucha. Por eso, les propongo que en esta segunda semana de Cuaresma, tomemos la decisión de leer con atención y en oración el Evangelio cada día. Subamos con Jesús al monte de la lectura orante del Evangelio. Encaminémonos hacia ese monte buscando momentos de silencio interior y de intimidad con Jesús. Y allí, en la intimidad con Él, saboreemos la Palabra de Dios, ese palabra que Dios nos dirige personalmente, esa palabra que espera una respuesta de nuestra parte.

            A María, Mujer del silencio y la escucha, le pedimos que nos enseñe a ser como Ella que “recibía hambrienta y fervorosa cuanto brotaba del corazón y de los labios de Jesús”[8]; y así, lleguemos a ser verdaderos discípulos de Jesús en el caminar del día a día. Amén.



[1] BENEDICTO XVI, Homilía del 20 de marzo de 2011 [en línea]. [fecha de consulta: 10 de marzo de 2017]. Disponible en: < http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20110320_san-corbiniano.html>
[2] Ibídem
[3] Ibídem
[4] PAPA FRANCISCO, Bula Misericordiae Vultus 13.
[5] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Dies Domini 41.
[6] PAPA FRANCISCO, Carta Encíclica Lumen Fidei 29.
[7] PAPA FRANCISCO, Ídem 30.
[8] Cf. P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre 202.

jueves, 2 de marzo de 2017

«Vuelvan a mí de todo corazón»

Miércoles de Ceniza 2017

«Vuelvan a mí de todo corazón»

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma inicia con un apremiante llamado de Dios: «Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12). ¿Cómo respondemos a este llamado? ¿Por qué la Iglesia nos propone el ayuno, la limosna y la oración como caminos para responder a este llamado de Dios?

Este tiempo de Cuaresma se trata de “salir” de nuestro ritmo cotidiano, sobre todo, salir de la inercia de la rutina cotidiana.

Salir de la rutina

            Vivimos la vida tan inmersos en nuestras ocupaciones que la rutina puede anestesiar nuestra mente y nuestro corazón. Y esa inercia –ese vivir indiferente y cómodamente en nuestra rutina- puede alejarnos de Dios, de los demás e incluso de nuestro propio corazón, de nuestra propia interioridad y núcleo personal.

            ¡Cuántas veces nuestra rutina nos lleva a una dispersión interior en la cual perdemos nuestro arraigo en Dios! Estamos tan solicitados y distraídos que ya no sabemos encontrarnos con los demás, con Dios y con nosotros mismos. Muchas veces la dispersión interior produce desorden en nuestro ritmo de vida y con ello inconstancia en nuestra vida espiritual y en nuestras relaciones personales.

            Por eso, si queremos responder al llamado de Dios: «Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12), tenemos que aprovechar este tiempo de Cuaresma para salir de nuestra inercia, para salir de la rutina de la dispersión espiritual.

            El ayuno, la oración más intensa y la limosna generosa y desinteresada rompen nuestra rutina, rompen nuestra inercia; rompen nuestra dispersión interior.

Ayuno, oración y limosna

            El ayuno –que consiste en medirse a la hora de ingerir alimentos y en renunciar a hacerlo en las cantidades habituales- nos ayuda a tomar conciencia de la bondad de Dios para con nosotros; nos ayuda a preguntarnos si cuando comemos lo hacemos para alimentarnos o solo para dar gusto a nuestra voracidad. El ayuno también nos solidariza con los que pasan hambre y nos recuerda que «el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

            Así el ayuno concreto nos ayuda a salir de la dispersión y a volver a orientar nuestro corazón hacia Dios y los demás. Lo mismo ocurre con la oración y la limosna.

           
 ¿Cuánto tiempo le dedicamos verdaderamente al diálogo con el Señor? Nos pasamos el día enviando mensajes por redes sociales a nuestros amigos y conocidos, pero, ¿cuántos mensajes le enviamos al Señor por medio de la oración? ¿Cuántos mensajes recibimos de Él por medio de la lectura orante de los evangelios? La intensa oración cuaresmal puede ser la oportunidad para salir de nuestra rutina de dispersión interior para que así «fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús» (Heb 12,2).

            La limosna, cuando la realizamos de corazón, nos saca también de nuestra cómoda rutina de indiferencia. La limosna, vivida con madurez humana y espiritual; vivida como experiencia de encuentro con los demás, puede ayudarnos a descubrir que el otro “es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios”.[1]

            En el fondo, la limosna, vivida como experiencia de encuentro con los demás y con Dios, nos recuerda la inalienable dignidad de cada persona humana, de cada hombre y mujer. Por eso “la Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo.”[2]

Volver a Dios de todo corazón

            Comprendemos ahora cómo el ayuno, la oración y la limosna nos ayudan a salir de la rutina de la dispersión y a orientar nuestro corazón hacia Dios.

            Se trata de volver a Dios de todo corazón, desde adentro, desde nuestro interior. Por eso Jesús en el evangelio (Mt 6, 1-6. 16-18) nos dice: «Tengan cuidado de no practicar su justica delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo» (Mt 6,1).

            La decisión de salir de nuestra rutina de dispersión e indiferencia para poner nuestros ojos y nuestros corazones fijos en Jesús y en nuestros hermanos, es una decisión que tomamos en el corazón y que la vivimos día a día, en las pequeñas y en las grandes cosas.

            A veces un pequeño gesto o acto de misericordia para con una persona –escucharla con atención, aconsejarla con sabiduría o ayudarla de forma concreta en sus necesidades-; es el inicio de un verdadero “éxodo”, un camino de liberación de nuestro egoísmo hacia la liertad del amor. Gestos pequeños o grandes que el «Padre que ve en lo secreto» recompensará (cf. Mt 6,4).

            ¿Y cómo nos recompensará el Padre del cielo? En primer lugar con el regalo de un corazón nuevo, un corazón renovado. Se hará realidad en nosotros la súplica del salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu» (Sal 50,12). Y en segundo lugar, iremos experimentando, de a poco, un gozo sereno, la alegría de la salvación que se inicia en lo pequeño de la vida cotidiana: «Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga» (Sal 50,14).

            Al iniciar la Cuaresma le pedimos a la Santísima Virgen María que interceda para que “el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos.”[3] Amén.   





[1] PAPA FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2017: La Palabra es un don. El otro es un don.
[2] Ibídem
[3] Ibídem

viernes, 24 de febrero de 2017

«No se inquieten»

Domingo 8° durante el año – Ciclo A

«No se inquieten»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio de este domingo (Mt 6, 24-34) sigue desarrollando el tema de la «justicia superior» que Jesús propone a sus discípulos (cf. Mt 5,20), la “justicia del corazón”. Y lo hace desde la perspectiva del servicio a Dios y de la confianza plena en Él.

Nadie puede servir a dos señores

            En el primer versículo del texto evangélico Jesús nos dice: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24).

            Las palabras de Jesús son claras. «Nadie puede servir a dos señores. No se puede servir a Dios y al Dinero.» Si queremos participar plenamente del Reino de los cielos –en este tiempo y en el tiempo futuro-; si queremos vivir esa «justicia superior» que procede de un corazón totalmente entregado a Dios, entonces tenemos que decidirnos.

            Y precisamente Jesús nos llama a decidirnos cuando nos advierte: «Nadie puede servir a dos señores». Y nadie puede hacerlo porque nadie puede entregar totalmente su corazón a dos señores al mismo tiempo. Tenemos que decidirnos.

            Con esto Jesús nos señala una profunda verdad humana y existencial: solamente a una persona, a un sueño, a un ideal, o a una realidad podemos entregar el corazón. Porque el corazón humano está hecho para entregarse de forma indivisa.

            Cuando tratamos de repartir pedazos de nuestro corazón aquí y allá, entonces tropezamos con la mediocridad y la frustración. Lo experimentamos en el día a día: en nuestras relaciones personales, en nuestras decisiones laborales y en nuestras más profundas opciones de vida.

            También en la vida espiritual necesitamos decidirnos. Si queremos seguir a Cristo tiene que ser con todo el corazón, no a medias. Como dice el Hacia el Padre: “El Señor, que dio todo por nosotros, no se contenta con recibir la mitad de nuestra vida: quiere enteros alma y corazón, y no le basta el resplandor pálido de una mediocre entrega” (Hacia el Padre 411).

No se inquieten por su vida

           
El Sermón en la montaña. Carl Bloch, 1890.
Wikimedia Commons.
Si nos hemos decidido por servir plenamente a Dios, por entregarle a Él nuestro corazón de forma indivisa, entonces no debemos inquietarnos por nuestra vida (cf. Mt 6,25).

            En el texto evangélico que hemos escuchado hoy el término “inquietar” aparece cinco veces: «no se inquieten por su vida»; «¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?»; «¿por qué se inquietan por el vestido?»; «no se inquieten»; «No se inquieten por el día de mañana».

            Jesús no desconoce el hecho de que necesitamos comida y vestido, y que esto muchas veces puede preocuparnos; pero nos enseña que la búsqueda de estos bienes debe ir enmarcada en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33). Jesús no quiere que caigamos en “la solicitud excesiva por las cosas terrenas, el esfuerzo febril y el celo angustioso, el afán egoísta en los que Dios no desempeña ningún papel ni es tenido en consideración”.[1]

            Quien vive su vida orientado exclusivamente a la obtención de bienes materiales y a la satisfacción egoísta de sus propias necesidades, no puede ser verdadero discípulo de Jesús. Quien no comparte sus planes y proyectos con Dios, ni busca con fe su querer en el día a día, o ya no espera su intervención providente en la vida cotidiana, es un hombre de poco fe (cf. Mt 6,30), o un hombre que no ha experimentado en su vida que Dios es «el Padre que está en el cielo» y que cada uno de nosotros es verdaderamente valioso a sus ojos (cf. Mt 6,26).

             El hombre de fe –discípulo de Jesús e hijo del Padre providente- escucha en su corazón la reconfortante palabra de Dios: «¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvida, yo no te olvidaré!» (Is 49,15). Y cuando las preocupaciones le pesan en el alma, desahoga su corazón en Dios porque Él es su refugio (cf. Salmo 61,9).

Santidad de la vida diaria

            Jesús nos invita a buscar primero «el Reino de Dios y su justicia», diciéndonos que todo lo necesario se nos dará por añadidura. ¿Cómo podemos responder concretamente a este llamado del Señor?

            El P. José Kentenich nos propone el camino de la “santidad de la vida diaria” para responder concretamente a este llamado de Jesús. ¿En qué consiste esta “santidad de la vida diaria”?

            “La santidad de la vida diría es la armonía agradable a Dios entre la vinculación hondamente afectiva a él, al trabajo y al prójimo en todas las circunstancias de la vida.”[2]

            Así como Jesús, el P. Kentenich nos enseña a vivir una intensa vida con Dios, vida de santidad, en medio de nuestros quehaceres y afanes, pero de tal forma que la vinculación a Dios, al trabajo y a nuestros hermanos se desarrolle en una armonía agradable a Dios. Ahí está el secreto de la santidad cotidiana. No en huir de nuestros compromisos y preocupaciones; sino en ponerlos siempre en contacto con Dios; integrarlos a nuestra vida espiritual. Y que nuestro amor a Dios, nuestra vida con Dios, vaya dando su justo lugar a cada relación, a cada tarea y a cada preocupación. «No se inquieten».

            Se nos invita no al afán y la inquietud, sino al trabajo sereno y a la armonía de corazón que nace de una honda vinculación a Dios en todas las circunstancias de la vida. Buscando a Dios en todo lo que hacemos, recibiremos lo necesario para nuestra subsistencia y una paz de corazón que nada ni nadie nos podrá arrebatar.

            A María, Madre de la serenidad, le pedimos que nos enseñe a buscar en todo «el Reino de Dios y su justicia», para que así seamos verdaderos discípulos de Jesús en la vida cotidiana. Amén.



[1] W. TRILLING, El Nuevo Testamento y su mensaje. El Evangelio según san Mateo. Tomo I (Herder, Barcelona 1980), 159s.
[2] J. NIEHAUS (ED), Santidad, ¡Ahora! Santidad de la vida diaria. Textos del P. José Kentenich (Editorial Patris, Santiago de Chile 2005), 31.

domingo, 19 de febrero de 2017

Hijos del Padre que está en el cielo

7° Domingo durante el año – Ciclo A

Hijos del Padre que está en el cielo

Queridos hermanos y hermanas:

            El domingo pasado hemos meditado en torno a la «justicia superior» a la que Jesús llama a sus discípulos (cf. Mt 5,20), la “justicia del corazón”. Esa meditación la hicimos a partir del capítulo V del Evangelio según san Mateo.

            Los estudiosos de la Biblia nos dicen que los capítulos V, VI y VII del Evangelio según san Mateo contienen las enseñanzas de Jesús sobre el nuevo espíritu del Reino de Dios, el nuevo estilo de vida que Él vino a proponer.[1]

            Y el texto evangélico que la Liturgia de la Palabra nos presenta hoy (Mt 5, 38-48) se enmarca en ese contexto. Se trata del estilo de vida propio del Reino de los Cielos, del estilo de vida de los «hijos del Padre que está en el cielo» (Mt 5,48).

Ojo por ojo

            Jesús inicia su enseñanza diciendo: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal» (Mt 5, 38-39a).

«Ojo por ojo…». Se trata de la llamada “ley del talión”  que se recoge en textos del Antiguo Testamento (Ex 21, 21-25). Esta ley intentaba poner un límite a los excesos de la venganza. Según este principio, a cada daño recibido correspondía una respuesta proporcional a ese daño. Para el mundo antiguo esto suponía un avance, pues limitaba la venganza en la búsqueda de la justicia.

Sin embargo, Jesús propone algo nuevo: renunciar a la dinámica del «ojo por ojo»; más aún, «no hagan frente al que les hace mal». Se trata de la renuncia total al rencor y la venganza. La renuncia a responder al mal recibido con mal, por más “proporcional” que sea la respuesta.

Jesús no solo propone la renuncia a la venganza, la renuncia a realizar el mal; sino, que propone la magnanimidad en la práctica del bien:

«Al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacer un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5, 39-41).

En la misma línea –la de la magnanimidad y la generosidad-, Jesús amplía la interpretación del mandamiento del amor al prójimo: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5, 43-45).

Hijos del Padre

            Y aquí fundamenta Jesús la magnanimidad y generosidad del cristiano: «así serán hijos del Padre que está en el cielo». Renunciamos a la venganza –por más proporcional y atractiva que sea-, renunciamos al rencor, renunciamos a la mediocridad, renunciamos a la exclusión y la indiferencia ante los demás, porque queremos ser «hijos del Padre que está en el cielo», hijos de ese Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos.

            En el fondo Jesús nos invita a aplicar a los demás el mismo amor y misericordia que recibimos del Padre celestial. Aquel que verdaderamente experimenta el amor de Dios no puede sino comunicar ese amor. Sí, porque el que conoce a Dios, actúa como Dios, ama como Dios, perdona como Dios y es magnánimo como Dios (cf. 1Jn 4,7).

            Así, una vez más, en el Evangelio de Jesús se da cumplimiento a la Escritura; lo que dice el libro del Levítico: «Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lev 19,2), se cumple en la vida y en la palabra de Jesús: «sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5,48).

            Esto nos permite comprender que la santidad, antes que perfección ética, es perfección en el amor, perfección del amor. En la medida en que amamos concretamente a los demás, en esa medida, crecemos en santidad porque nos vamos haciendo semejantes a Dios que es «bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia» (Salmo 102, 8).

            El cumplimiento pleno de la Ley de Dios es el vivir como hijos del Padre que está en  el cielo. Hijos de este Dios bueno y compasivo, y por eso, buenos y compasivos con los demás.

            A María, Madre de misericordia, le pedimos que nos eduque a semejanza de su hijo Jesucristo para llegar a ser perfectos en el amor, para llegar a ser hijos del Padre que está en el cielo. Amén.  





[1] Cf. NUEVA BIBLIA DE JERUSALÉN (DESCLÉE DE BROUWER, Bilbao 1999), nota al pie de página al Capítulo V del Evangelio según san Mateo.

jueves, 9 de febrero de 2017

La justicia del corazón

Domingo 6° durante el año – Ciclo A

La justicia del corazón

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de hoy (Mt 5, 17-37), Jesús nos llama a una justicia «superior a la de los escribas y fariseos». Solo esa justicia superior nos permitirá entrar en el Reino de los Cielos y participar plenamente de él.

Una justicia superior

            Pero, ¿qué significa esta justicia superior? ¿En qué consiste vivirla? En el texto proclamado, Jesús dice a sus discípulos: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no quedarán ni una “i” ni una coma de la Ley sin cumplirse, antes que desaparezcan el cielo y la tierra» (Mt 5, 17-18).

            Se trata de dar cumplimiento a la Ley de Dios, pero un cumplimiento superior al que pregonaban escribas y fariseos. Sabemos que la secta de los fariseos cuidaba el puntilloso cumplimiento de la Ley de Moisés, y para ello, había agregado a la Ley, una serie de prescripciones y observancias que hacían ardua la situación del creyente israelita. Con tanta atención al detalle y al cumplimiento externo, se olvidaba el sentido interno y originario de la Ley de Dios.

            Jesús quiere volver al sentido originario de la Ley de Dios, quiere mostrar su dinámica interna y su sentido original y pleno. Como buen educador, para comunicar su enseñanza y hacerla comprensible, Jesús ejemplifica esta justicia superior concretándola en las relaciones fraternas.

            Dice el Señor: «Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: “No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal”. Pero Yo les digo que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno» (Mt 5, 21-22).

            Jesús inicia su explicación citando el mandamiento de Dios «No matarás», contenido en el libro del Éxodo (Ex 20,13); seguidamente menciona la enseñanza tradicional: «y el que mata debe ser llevado ante el tribunal» (Mt 5,21). Sin duda, que el acto de matar a una persona constituye un pecado y un crimen. Sin embargo, Jesús nos señala dónde se origina ese acto externo, ese pecado y crimen: «Pero Yo les digo, que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno» (Mt 5,22).

Un proceso interior

            En las palabras de Jesús podemos ver, por decirlo así, el proceso interior que se da en el corazón humano: partiendo de la irritación o enojo se llega hasta la maldición.

            El corazón irritado, encolerizado o enojado, con facilidad propende al insulto, a la descalificación y luego a la maldición. Lo sabemos por propia experiencia. ¡Cuántas veces nos irritamos con las personas con las cuales convivimos! Y cuántas veces ese enojo o malestar nos lleva a evitar la compañía de estas personas. Pasamos el día gastando nuestras energías en vanos pensamientos o sentimientos de aversión. Y si no sabemos elaborar estos pensamientos, si no sabemos reconciliarnos con nuestros hermanos y aceptarlos, esa irritación se transforma en rencor que sutilmente se expresa en crítica denigrante, y con ello, en insulto. El último paso es la maldición; el desearle mal a nuestro prójimo.

            Siguiendo la enseñanza de Jesús, podemos confrontarnos a nosotros mismos y cuestionarnos: “No he matado a mi hermano… Pero con mi actitud de rechazo y rencor, ¿acaso no he matado la comunión con él y con Jesús?”. Y allí nos damos cuenta del sentido de las palabras de Jesús: «Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento».

            Para vivir la justicia superior a la que nos llama Jesús, no basta con evitar actos malos o incorrectos; se trata de ir a la profundidad, se trata de ir a la raíz de nuestro actuar; se trata de nuestro corazón y sus procesos interiores.

            Así como hay un proceso interior de odio que lleva al rechazo e incluso a la muerte del hermano; hay también un proceso interior que nos lleva a la aceptación del otro, a la reconciliación con el hermano y a la comunión con Dios.

La justicia del corazón

           
La justicia superior de la que habla Jesús, el dar cumplimiento a la Ley que enseña Jesús, se trata de la justicia del corazón; se trata de la religiosidad que brota, no de las apariencias y el cumplimiento externo, sino de la decisión íntima que cada hombre y mujer toma en su corazón. De esa decisión interior que lleva a elegir un estilo de vida según la Ley de Dios, según el Evangelio de Jesús.

            A eso se refiere el Libro del Eclesiástico  cuando dice: «Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que agrada al Señor. El puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras extenderás la mano. Ante los hombres están la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que prefiera» (Ecli 15, 15-17).
  
          «Si quieres». El texto de la Sagrada Escritura apunta a la voluntad libre del hombre. A esa facultad interior que radica en nuestro corazón, centro de nuestra personalidad. Es allí donde tomamos nuestras decisiones. Es allí desde donde nace esa justicia superior, ese dar cumplimiento pleno a la Ley de Dios. Por eso dice el evangelio: «Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo les digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28).

            El seguimiento al que Jesús nos llama es tan pleno y hermoso, que no admite mediocridades. Puede que no cometamos actos externos de pecado; pero, a veces, nuestro corazón es infiel a ese llamado de Jesús y guarda en su interior “reservas ocultas que nos cansan y enfrían; malas pasiones que menguan la fuerza de nuestro amor” (cf. Hacia el Padre 368). Verdaderamente se nos anuncia un camino, una sabiduría que es para «personas espiritualmente maduras» ( 1Cor 2,6).

            Y la madurez espiritual y humana implica el reconocimiento de nuestras capacidades y límites. Y porque reconocemos con humildad que muchas veces no sabemos seguir a Jesús en el cumplimiento pleno de la Ley de Dios, confiadamente le decimos con las palabras del salmo de hoy: «Instrúyeme, para que observe tu ley y la cumpla de todo corazón» (Salmo 118,34).

A la larga, es la humildad ante Dios y la sinceridad ante nuestros hermanos, lo que nos ayuda a vivir plenamente el camino de Jesús, la justicia superior a la que nos llama. La sinceridad y la humildad nos ayudan a madurar, y con ello a vivir plenamente nuestra vocación cristiana. Así, la justicia superior es justicia del corazón, justicia del corazón humilde y sincero.

            Que María, Madre y Educadora a quien le entregamos el corazón, implore para nosotros la gracia de la madurez espiritual, y nos ayude a educar nuestro corazón para que llegue a ser humilde y sincero; y que así, podamos vivir la justicia superior a la que nos llama Jesús, la justicia del corazón. Amén.