La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 3 de abril de 2023

Domingo de Ramos 2023 - Acompañar a Jesús

 

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A - 2023

Mt 21, 1 – 11

 Mt 26, 3 - 5. 14 — 27, 66

Acompañar a Jesús

Queridos hermanos y hermanas:

Como cada año, hemos conmemorado la entrada del Señor en Jerusalén. Lo hemos hecho con el rito de la bendición de las palmas y de los ramos; y sobre todo, con la procesión del Domingo de Ramos.

 La entrada del Señor en Jerusalén

            Gracias a esta expresión de nuestra fe y de nuestra religiosidad popular, nos hacemos contemporáneos a los acontecimientos vividos por Jesús, sus discípulos y seguidores, y los habitantes de Jerusalén. Por un momento, también nosotros, como Pueblo de Dios, nos pusimos en camino detrás de nuestro Maestro y Señor, y lo hemos aclamado diciendo: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21, 9).

            El texto evangélico que se proclama luego de la bendición de los ramos y antes de la procesión (cf. Mt 21, 1 – 11), no nos da detalles de quiénes acompañaban a Jesús en su peregrinación y en su entrada a la Ciudad Santa. Simplemente nos dice que «cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos» (Mt 21, 1) para traer un asna atada, junto con su cría, sobre la cual Él haría su entrada mesiánica a Jerusalén.

            Por lo tanto, podemos inferir que sus discípulos acompañaban a Jesús. “Jesús se había puesto en camino junto con los Doce, pero poco a poco se fue uniendo a ellos un grupo creciente de peregrinos; Mateo y Marcos nos dicen que, ya al salir de Jericó, había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (Mt 20, 29; cf. Mc 10, 46).”[1]

La entrega de sí mismo

            Sí, de alguna manera lo hemos revivido hoy. Hemos sido nosotros esa “gran muchedumbre” que acompaña a Jesús y a sus discípulos. De manera especial, hoy, gracias a las imágenes sagradas de la Dolorosa y de san Juan, también hemos experimentado cómo María, la Madre y Compañera de Jesús; junto con el discípulo amado, acompañan este caminar del Señor a Jerusalén; acompañan su subida a Jerusalén, cuya meta última es “la entrega de sí mismo en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos; es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios (9, 24). Esta ascensión hasta la presencia de Dios pasa por la cruz, es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios.”[2]

            Precisamente, luego de la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén, la liturgia nos presente la proclamación de la Pasión del Señor. La escucha atenta de este texto, proclamado de forma solemne y en al ámbito litúrgico de este día, también nos hace contemporáneos a los acontecimientos de la Pasión del Señor. De alguna manera también hemos acompañado a Jesús en su camino al calvario, en su camino a la cruz.        

Acompañar a Jesús

            Sin embargo, debemos preguntarnos ¿qué significa acompañar a Jesús? ¿Qué significa acompañarlo durante estos días santos?

            Los evangelios nos dicen que sus discípulos y una multitud de peregrinos lo acompañaron en su subida a Jerusalén y en su ingreso a la misma. Pero también nos refieren que los mismos habitantes de Jerusalén estaban conmovidos ante tal acontecimiento y se preguntaban: «¿Quién es este?» (Mt 21, 10).

Imágenes sagradas
Ntra. Señora de los Dolores; el Señor de las Palmas 
y san Juan.
Iglesia Santa María de la Trinidad
Itauguá/Ypacaraí, Paraguay.

Es cierto que los que lo acompañaban respondieron: «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea» (Mt 21, 11). ¿Pero cuánto conocían a Jesús? ¿Cuánto conocían sus enseñanzas y su estilo de vida? ¿Cuánto de ese estilo de vida asumieron? Junto con la multitud entusiasmada, se habrán unido curiosos y otros que se sintieron atraídos por Jesús o por el ambiente festivo que se había generado con su entrada mesiánica a Jerusalén. ¿Cuántos lo acompañaron al calvario?

Sabemos que ni siquiera sus propios discípulos lo acompañaron, a pesar de que Pedro y los demás dijeron: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré» (Mt 26, 35). En efecto, en el momento de su arresto «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26, 56).

Además, nuevamente, tantos curiosos se acercaron al calvario… Pero no para acompañar a Jesús, ni siquiera para ser testigos de su entrega, sino más bien para burlarse y denigrarlo.

¿Qué significa acompañar a Jesús? ¿Cómo queremos acompañarlo en estos días santos? ¿Qué implica para nosotros acompañar al Señor?

Claramente, acompañar a Jesús en estos días santos es algo más que un caminar meramente exterior y físico. Sin duda que la participación en las celebraciones de la Semana Santa nos ayudarán a acercarnos a Él, a estar con Él. Pero debemos participar de ellas no sólo con una presencia exterior o por costumbre y tradición, sino con una presencia llena de alma, una presencia de corazón. Se trata de un camino interior, un camino del corazón.

El mismo Señor nos da una clave en la proclamación de la Pasión: «Quédense aquí, velando conmigo» (Mt 26, 38). Sí, acompañar a Jesús en estos días santos significa velar con Él, permanecer con Él despiertos en la oración. Sólo la constante oración, la oración que brota del corazón, es capaz de mantenernos despiertos y atentos; y así íntimamente unidos a Jesús.

Sólo si nuestro corazón está despierto podremos acompañar a Jesús en estos días santos; sólo si nuestro corazón está despierto verdaderamente nos dejaremos tocar por el Señor en los misterios de nuestra fe que celebraremos y viviremos en estos días santos; sólo si nuestro corazón está despierto nuestro mundo interior volverá a estar abierto a la presencia y a la acción de Dios en nuestras vidas.

Pidamos esa gracia al iniciar hoy la Semana Santa; que María Santísima, la Dolorosa que permanece con Jesús al pie de la cruz, y que Juan, el discípulo amado, nos inspiren a permanecer despiertos en estos días santos, velando junto a Jesús en su camino pascual, anhelando vivir intensamente con Él su Misterio Pascual. Amén.  



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, S.A., Madrid 2011), 12.

[2] Ibídem

martes, 28 de febrero de 2023

«Para ser tentado»

 

Domingo 1° de Cuaresma – Ciclo A- 2023

Mt 4, 1 – 11

«Para ser tentado»

 

Queridos hermanos y hermanas:

            Luego de la escena del Bautismo de Jesús (cf. Mt 3, 13 – 17), se nos presenta en el Evangelio según san Mateo la escena de las “tentaciones” (Mt 4, 1 – 11). Llamativamente, luego del bautismo, en el cual el Espíritu de Dios vino sobre Jesús, el mismo Espíritu lo conduce al desierto para ser tentado.

«Para ser tentado»

            ¿No nos causa cierta sorpresa que el mismo Espíritu conduzca a Jesús al desierto para ser tentado? ¿No es esto extraño? Acaso, ¿no rezamos en el Padrenuestro “no nos dejes caer en la tentación?”?

            ¿Cómo comprender este pasaje evangélico? ¿Cómo comprender en profundidad este momento tan singular de la vida de Jesús?

            Para ello deberíamos preguntarnos, ¿por qué es necesario que Jesús sea tentado?

            Luego del Bautismo, y de un tiempo de recogimiento interior en el desierto - «después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches»-, Jesús debe enfrentarse a una profunda y verdadera lucha. Se trata de “una lucha interior por la misión, una lucha contra sus desviaciones, que se presentan con la apariencia de ser su verdadero cumplimiento.”[1]

            Comprendemos ahora no solamente por qué Jesús debe enfrentarse a las tentaciones. Comprendemos además qué son las tentaciones en su sentido más profundo: desviaciones de la misión encomendada, desviaciones del camino señalado para la misión y vocación. Desviaciones que se presentan bajo la apariencia de su cumplimiento. Pero de un cumplimiento cómodo y alejado del querer de Dios.

            En realidad, las tentaciones en tanto desviación de la auténtica misión de Jesús y el modo auténtico de realizarla, se presentarán a lo largo de toda su vida, incluso en el momento de la crucifixión: «¡Sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!» (Mt 27, 40).

«Al desierto»

            Así como Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu, también nosotros estamos llamados a ir al desierto; encaminarnos al desierto. Probablemente no se trate de un desierto como lugar físico o como realidad ecológico; sino del desierto como lugar espiritual y realidad interior.

           

Atrio de la Iglesia Santa María de la Trinidad
Santuario de Tup
ãrenda - Schoenstatt
Miércoles de Ceniza 2023

Sin duda en la Cuaresma se nos invita e incluso se nos urge a realizar la experiencia interior del desierto. Vamos al desierto cuando nos animamos a buscar la soledad, la desconexión y el silencio.

            ¡Nada más alejado de nuestra realidad y de nuestra sociedad! ¡Nada más alejado de la cultura de la constante conexión, exposición y distracción! ¡Nada más alejado de la cultura del consumo! Y sin embargo, nada más necesario para el corazón humano que el silencio y los momentos sanos de soledad; los mementos de estar con uno mismo.

            En la soledad y el silencio aprendemos a estar con nosotros mismos. Aprendemos a percibirnos y conocernos a nosotros mismos. Aprendemos a soportarnos a nosotros mismos, a vivir con nosotros; con nuestra realidad.

            En el silencio propio de la soledad aparecen todos nuestros ruidos interiores: aparecen nuestras propias tentaciones. Aparecen nuestras fragilidades; nuestros límites; nuestras obsesiones, miedos y desconfianzas; aparecen también nuestros deseos egoístas, nuestras malas intenciones y nuestras pretensiones vanas.

            Y muchas veces huimos de ellas. Huimos del silencio y de la soledad, porque no queremos confrontarnos con nosotros mismos y con nuestras propias tentaciones.

            Al huir de nuestras tentaciones –al no querer confrontarnos con ellas, al no querer luchar con ellas-, perdemos la oportunidad de conocernos más profundamente a nosotros mismos; perdemos la oportunidad de aceptarnos a nosotros mismos, y, sobre todo, de educarnos a nosotros mismos. Cada tentación, vivida en unión a Jesús, es una oportunidad de autoconocimiento y de autoeducación. 

«El demonio lo dejó»

            El hecho de que Jesús se haya dejado guiar al desierto para confrontarse con las tentaciones es un gran consuelo y un signo de esperanza para todos nosotros.

            En efecto, esta lucha interior de Jesús a favor de su auténtica misión mesiánica, es una lucha a favor de todos y cada uno de nosotros. Cuando Jesús lucha contra el tentador realiza “un descenso a los peligros que amenazan al hombre, porque sólo así se puede levantar al hombre que ha caído. Jesús tiene que entrar en el drama de la existencia humana –esto forma parte del núcleo de su misión-, recorrerla hasta el fondo, para encontrar así a «la oveja descarriada», cargarla sobre sus hombros y devolverla al redil.”[2]

            Sí; Jesús se ha confrontado con las tentaciones, en su mismo núcleo, y así se ha confrontado con el tentador, y al hacerlo ha “descendido a los infiernos” como rezamos en el Credo, y ha salido victorioso; por eso «el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo» (Mt 4, 11).

            Esta victoria de Jesús nos muestra por un lado, que la manera de confrontarnos con la tentación es con sinceridad y como hijos de Dios; nunca solos, nunca aislados o tratando de vencer con nuestras propias fuerzas. Y por otro lado, nos muestra que al final de la lucha, la victoria es de Cristo, es Dios. En esperanza, en Cristo, hemos ya vencido la tentación. Jesús ha vencido, Él nos ha redimido. No lo olvidemos y no desesperemos.

            Al iniciar el tiempo cuaresmal, miremos a María, Madre de los redimidos, y confiando en la victoria de Cristo adentrémonos en el desierto cuaresmal para confrontarnos con nuestras propias tentaciones, y dejar que Cristo Jesús venza en ellas. Que así sea.

 

P. Óscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt



[1]J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Chile 20073), 50.

[2] Ibídem

jueves, 29 de diciembre de 2022

«Vayamos a Belén» – La Natividad del Señor – 2022

 

La Natividad del Señor – Ciclo A – 2022

Misa de la Aurora

Lc 2, 15 – 20

«Vayamos a Belén»

Queridos hermanos y hermanas:

            El evangelio que se proclama en esta Misa de la Aurora (Lc 2, 15 – 20) es continuación del texto proclamado en la celebración de la Noche Buena (Lc 2, 1 – 14). Por lo tanto, ambos textos se pertenecen mutuamente al igual que ambas celebraciones litúrgicas.

            La Liturgia de alguna manera nos hace contemporáneos a los acontecimientos en Belén y sus alrededores.

            En la Misa de la Noche de Navidad fuimos rodeados por la luz de la gloria del Señor al escuchar el anuncio del Ángel: «les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10 – 11).

            Y en esta Misa de la Aurora, la Liturgia nos permite unirnos a los pastores, con ellos ponernos en camino al decir: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha anunciado» (Lc 2, 15).

«Vayamos a Belén»

            «Vayamos a Belén» dicen los pastores. Y es como si desde el evangelio estas palabras saliesen dirigidas hacia nosotros y nos involucrasen en su peregrinación: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha anunciado» (Lc 2, 15).

            Para los pastores de entonces, «vayamos a Belén» significaba propiamente llegar al espacio físico en el cual aconteció el nacimiento anunciado por los ángeles. Para nosotros, pastores de hoy, significa sobre todo una peregrinación espiritual. No se trata de llegar a un punto geográfico; sino, tal vez, a un punto temporal o a un punto existencial. ¿A qué me refiero?

            «Vayamos a Belén», para nosotros, significa mirar nuestra vida cotidiana; recorrer lo vivido a lo largo de este año y descubrir allí a las personas, los momentos y circunstancias que han sido Belén para nosotros.

            Es decir, volver a esos momentos donde en lo sencillo, auténtico y cotidiano hemos experimentado que «se manifestó la bondad de Dios» en nuestra vida (Tit 3, 4). Esos momentos donde «por su misericordia, él nos salvó» (Tit 3, 5).

            Sí, todos tenemos “momentos de Belén” donde Dios se nos ha manifestado, donde Dios nos ha regalado a Jesús, donde Dios no ha donado “la nueva luz de su Verbo hecho carne”[1]. «Vayamos a Belén», volvamos a esos momentos y personas.

«Encontraron al recién nacido»

           

Con las Madres de la Sagrada Familia de Urgell
En el pesebre de la Iglesia Santa María de la Trinidad
Navidad del 2022

    Cuando los pastores del evangelio llegaron a Belén «encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre» (Lc 2, 16). Tal vez se habrán asombrado ante esa escena tan sencilla. Allí, en un pesebre estaba el Salvador, el Mesías y Señor anunciado por los ángeles (cf. Lc 2, 1- 14). Sí, “en el pobre y pequeño establo de Belén”, María dio a luz para todos nosotros al Señor del mundo (cf. Hacia el Padre, 343).

            Jesús, el recién nacido, no está solo. María y José lo rodean. Está apoyado en un pesebre, es decir, en el lugar donde habitualmente come el ganado doméstico. Familia y sencillez; comunidad y austeridad. Los dos signos que marcan la presencia y la manifestación de «la bondad de Dios» en Belén.

            Esos son los signos que tenemos que buscar  en nuestra vida para encontrar a Jesús. Esos son los valores que tenemos que asumir y vivir para dejarnos encontrar, sanar y salvar por Jesús.

Lo contrario a ello son el aislamiento y el consumismo. No dejemos que estas actitudes nos impidan ir al encuentro de Jesús en el Belén de nuestras vidas.

«Conservaba y meditaba»

            El texto nos dice que una vez que los pastores llegaron a Belén «contaron lo que habían oído decir sobre este niño» (Lc 2, 17). Mientras ellos hablaban «María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19).

            Como María, también nosotros estamos llamados a conservar esos momentos de Belén en nuestros corazones, y a partir de ellos meditar lo que Dios nos ha dicho y nos dice.

            Si volvemos a mirar nuestra vida para descubrir allí los momentos de Belén que hemos vivido, no es para quedarnos en la nostalgia del pasado. No, se trata de hacer memoria, memoria de la fe y del amor. Ya que “la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios.”[2]

            Y a partir de esa memoria actualizada del encuentro con Dios en Belén estamos llamados a meditar; es decir, a dialogar con el Dios de la vida, el Dios de nuestra vida, y estar atentos a lo que Dios nos dice en ese Belén, a lo que nos invita a realizar. Si Dios habla, Él espera una respuesta de nuestra parte. Esa respuesta puede ser una oración, una decisión a tomar, un perdón a conceder, o simplemente la gratitud sincera por lo vivido, por encontrar allí «la bondad de Dios» en el Belén de hoy.

            «Vayamos a Belén», redescubramos esos momentos de sencillez, autenticidad y comunidad en los que Dios nos regaló a Jesús en un pesebre. Hagamos memoria de ello, y a partir allí dialoguemos con el Dios vivo y volvamos a la vida cotidiana «alabando y glorificando a Dios por todo lo que hemos visto y oído» (cf. Lc 2, 20).

            En este día santo de la Navidad, en que hacemos memoria del nacimiento del Salvador, le pedimos a María, Madre de Belén:

            “Con alegría sumerge nuevamente

            al Señor en mi alma, y, al igual que tú,

            me asemeje a Él en todo;

            hazme portador de Cristo a nuestro tiempo

            para que se encienda

            en el más luminoso resplandor del sol.”[3] Amén.

           

            ¡Feliz y bendecida Navidad!

P. Óscar Iván Saldivar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda - Schoenstatt  

[1] Cf. MISAL ROMANO, Oración Colecta, Misa de la Aurora.

[2] PAPA FRANCISCO, Memoria de Dios, Homilía durante la Misa para la jornada de los Catequistas, Roma, 29 de septiembre de 2013. [en línea]. [fecha de consulta: 29 de diciembre de 2022]. Disponible en: <http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130929_giornata-catechisti.html>

[3] P. JOSÉ KENTENICH, Hacia el Padre, 189.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

«No temas recibir a María»

 

Domingo 4° de Adviento – Ciclo A - 2022

Mt 1, 18 – 24

«No temas recibir a María»

Queridos hermanos y hermanas:

            Celebramos hoy el Domingo 4° del tiempo de Adviento. ¡Cada vez estamos más cercanos a la Noche Buena y a la Navidad!

            Domingo a domingo hemos peregrinado durante el Adviento hacia el Señor que viene a nuestro encuentro. Y lo hemos hecho acompañados sobre todo por la figura y las palabras de Juan el Bautista.

            Él es quien desde el desierto proclama: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 3, 2). Él es quien lleno de anhelos envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11, 3).

            De Juan el Bautista dice el Señor: «Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él» (Lc 7, 28).

María estaba comprometida con José

            Y precisamente, a medida que avanza el tiempo de Adviento, y nos acercamos a la celebración del nacimiento del Salvador, también la Liturgia de la Palabra mueve nuestra mirada, desde la persona de Juan el Bautista, hacia la persona de María y de José. De alguna manera ellos son esos pequeños que pertenecen al Reino de Dios, y que por la fe se hacen grandes a los ojos de Dios y de la humanidad (cf. Lc 7, 28).

           

María, José y el Niño Jesús.
Tallas en madera, Asunción 1934.
Foto original del P. Hugo Fernández, 
Arquidiócesis de Asunción, Paraguay. 

«El más pequeño en el Reino de Dios es grande»; así podemos parafrasear a Jesús. Así podemos comprender el rol de María y de José en el nacimiento del Salvador, en el nacimiento del Hijo de Dios.

            El texto evangélico proclamado hoy (Mt 1, 18 – 24) precisamente pone ante nuestros ojos y nuestro corazón una constante en el Reino de Dios: sus orígenes son siempre sencillos, pequeños e incluso inesperados.

            ¡Cuántas veces esperamos que Dios se manifieste de forma grandilocuente y espectacular! Es como si dijéramos en nuestro interior: “si existes, Dios, tienes que mostrarte. Debes despejar las nubes que te ocultan y darnos la claridad que nos corresponde.”[1] Muchas veces buscamos el espectáculo religioso. Sin embargo, una y otra vez la Sagrada Escritura nos muestra que el estilo de Dios es otro,  que lo pequeño es finalmente criterio de discernimiento y de autenticidad de que lo que se manifiesta en un determinado momento y circunstancia, pertenece al Reino de Dios.

            Qué más sencillo que el origen de Jesucristo en el ámbito doméstico de de una pareja de jóvenes judíos: «María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18).

            Sin duda que la concepción virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo es una intervención extraordinaria de Dios en la historia de la humanidad; pero no olvidemos que esta intervención extraordinaria de Dios aconteció en el ámbito doméstico, en el ámbito familiar. Lo extraordinario de Dios acontece en lo ordinario de la vida humana.

            Y fue una intervención tan sencilla, tan pequeña –tan silenciosa podríamos decir- que el mismo José, quien está vinculado a esta intervención y sus consecuencias, no conoce dicha intervención y hasta duda de la situación  que se creó a partir de ella: «José, (…), resolvió abandonarla en secreto» (cf. Mt 1, 19).

            Estos son los inicios de nuestra salvación… En medio de lo cotidiano de la vida de una pareja de prometidos, en medio del ambiente doméstico y sencillo de una aldea judía. “¡Cuántas veces en la historia del mundo ha sido lo pequeño e insignificante el origen de lo grande, de lo más grande!”.[2]

Resolvió abandonarla en secreto

            Pero precisamente lo pequeño y sencillo, que es a la vez inesperado, requiere de discernimiento sincero y de valiente decisión.

            Es lo que vemos en José. En un primer momento, y como hombre justo que no desea exponer públicamente a su prometida, decide abandonarla en secreto, sin llamar la atención ni exponerla.

            Toma esta decisión con los criterios e informaciones de las que disponía en ese momento. Toma una decisión, entre en juego su reflexión y su voluntad. No esquiva el desafío, la dificultad, lo inesperado. Sino que lo confronta haciendo uso de sus capacidades humanas.

            Y haciendo uso de las mismas, precisamente se le abra el camino para recibir el mensaje de Dios; para discernir en lo pequeño, silencioso e inesperado la voluntad de Dios: «El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: no temas recibir a María, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.» (Mt 1, 20).

            Es importante notar que el sueño revelador, ocurre solo luego de que José tomara una decisión; es decir, luego de que se esforzara por reflexionar y tomar una decisión. Por lo tanto, debemos poner de nuestra parte, de nuestras capacidades; y en el desarrollo del discernimiento humano, se irá manifestando el querer divino.

No temas recibir a María

            El texto evangélico nos da todavía una característica más del obrar divino: «No temas recibir a María». La invitación a no temer es una constante en la Sagrada Escritura. Dios siempre nos dice que estará con nosotros, acompañándonos, sosteniéndonos, guiándonos.

Por lo tanto, no hay lugar para el miedo. Sobre todo para aquel miedo que paraliza. El miedo que paraliza no proviene de Dios. En cambio, la serena confianza de su compañía es señal de que estamos en el camino del discernimiento.

            Finalmente, como José y como María, estamos llamados a realizar aquello que hemos descubierto en la fe –gracias a la reflexión y al discernimiento- como voluntad de Dios: «Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó  a María a su casa». (Mt 1, 24).

            Que estos días de Adviento que nos quedan, nos sirvan para descubrir a Dios en lo cotidiano y sencillo de nuestras vidas; y que encontrándolo en lo cotidiano y sencillo, vayamos aprendiendo a discernir su querer para nosotros. Desarrollar esa habilidad para encontrar a Dios en lo cotidiano: en las circunstancias de la vida, en los demás y en el propio corazón; es la mejor preparación para celebrar el misterio del nacimiento del Salvador en medio de nosotros, el misterio y el gran regalo del “Dios con nosotros”.

Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Editorial Planeta Chilena S.A., Chile 20073), 55.

[2] P. JOSÉ KENTENICH, Acta de fundación de Schoenstatt, 18 de octubre de 1914.

jueves, 27 de octubre de 2022

Llamados a dar testimonio de Jesucristo - Tupãrenda 2022

 

 Domingo 29° del tiempo durante el año – Ciclo C – 2022

Lc 18, 1 – 8

Novena a la Madre, Reina y Victoriosa Tres veces Admirable de Schoenstatt

Santuario de Tupãrenda

Octavo día: Llamados a dar testimonio de Jesucristo con coherencia de vida

 

Queridos hermanos y hermanas:

            En el marco de la preparación a la Fiesta del 18 de Octubre en Tupãrenda, fiesta de la Alianza de Amor con María y fiesta del Santuario, nos reunimos a celebrar Eucaristía en el domingo, día de Cristo Resucitado.

            Es Cristo quien nos convoca a celebrar Eucaristía, es Cristo quien nos convoca a escuchar su Palabra y así nos desafía a vivir según su Evangelio, como auténticos discípulos suyos, como auténticos bautizados.

            De eso se trata el Año del Laicado que estamos viviendo como Iglesia en el Paraguay. Por un lado estamos llamados a “redescubrir el ser y la misión de los laicos” desde el sacramento del Bautismo; y por otro lado, estamos llamados a vivir en coherencia con la gracia bautismal que hemos recibido, en coherencia con nuestra fe, en coherencia con el Evangelio de Jesús.

            Redescubrir el gran don del Bautismo cristiano y vivir en coherencia con ese don: esta es nuestra tarea, esto es lo que esperamos de este Año del Laicado; esta gracia imploramos también aquí en Tupãrenda.

Coherencia de vida

            Vivir en coherencia con el gran don del Bautismo, con el gran don de la fe en Cristo. Si queremos vivir en coherencia con ese don, en primer lugar debemos re-descubrir ese don, re-descubrir ese gran regalo que es la fe en Cristo y el Bautismo. O más que re-descubrir ese don, se trata en realidad de descubrirlo como don por vez primera.

            Aunque somos bautizados, no hemos descubierto toda la riqueza que contiene nuestro Bautismo cristiano; aunque somos bautizados, no hemos descubierto toda la riqueza que contiene nuestra fe en Cristo. Porque muchas veces vivimos nuestra fe solamente como compromiso ético y no como don que nos da vida y vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).

            Olvidamos que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva[1]

                Sí, el gran don de la fe es el encuentro con la persona de Jesucristo, vivo y presente en su Iglesia, en su Palabra y en los sacramentos.

Y “sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios [en Cristo], que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad.”[2] Sólo gracias a ese encuentro recibimos la vida en abundancia y estamos en camino hacia una vida auténtica, plena y feliz.

Ése es el gran don de la fe, ése el gran don del cristianismo. Y es con este gran don que estamos llamados a vivir en coherencia. Ser coherentes con el don recibido en el Bautismo.

Misa desde el Santuario de Tupãrenda
Novenario 2022
En profundidad la coherencia cristiana es en primer lugar ser coherentes con la identidad más auténtica que nos regala el Bautismo: hijos e hijas de Dios Padre en Cristo Jesús; morada del Espíritu Santo y miembros del santo Pueblo de Dios. ¡Es hermosa la identidad que nos regala Cristo! Con esa identidad estamos llamados a ser coherentes y así a dar testimonio de Jesús en nuestras vidas.

Una vez que comprendemos la raigambre bautismal de la coherencia, podemos entonces decidirnos a cultivar con decisión la dimensión ética de la coherencia de vida; es decir, actuar concretamente en todas las dimensiones y ambientes de nuestra vida de acuerdo a nuestra identidad más propia y profunda: bautizados en Cristo, aliados de María, con una vocación de vida y con un ideal al cual aspiramos.          

El testimonio de la viuda del Evangelio

            En el fondo, ese es el testimonio que ofrece la viuda del evangelio (cf. Lc 18, 3); ese es el testimonio que ofrecen tantos hombres y mujeres de fe que a pesar de las adversidades e injusticas sufridas, no dejan de «orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1), y así, con su oración dan testimonio de que Jesús está presente en sus corazones, de que Dios sigue obrando en el mundo de forma silenciosa pero eficaz allí donde hay un corazón creyente, un corazón con fe (cf. Lc 18, 8).

            En efecto, el que permanece en oración constante, y al mismo tiempo hace todo lo posible por realizar el bien concreto en su entorno, da testimonio de esperanza, da testimonio de que “cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. (…) El que reza nunca está totalmente sólo”.[3]

            Y así el hombre y la mujer orantes y activos en el servicio a los demás, dan testimonio de Cristo, porque en el fondo son coherentes con su vocación bautismal, con el gran don recibido en el Bautismo. El que es uno con Cristo, el que está movido por el Espíritu y se sabe hijo del Padre y hermano de todos los miembros del Pueblo de Dios, no puede sino irradiar eso que lleva en el corazón con su oración y su acción.

            El que conoce su identidad cristiana y la asume, connaturalmente vive esa identidad en su obrar y así irradia desde su interior a Cristo vivo y presente en él.   

            Al renovar hoy nuestra Alianza de Amor con María, renovemos también nuestra conciencia de bautizados en Cristo, para que desde el corazón y en oración, nos pongamos al servicio de la edificación de la Nación de Dios en Paraguay. Amén.

 

P. Oscar Iván Saldívar, P.Sch.

Rector del Santuario de Tupãrenda – Schoenstatt

16 de octubre de 2022



[1] BENEDICTO XVI, Deus Caritas Est, 1.

[2] FRANCISCO, Evangelii Gaudium, 8.

[3] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, 32.