La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 25 de septiembre de 2011

Niño: cruz y corona

Ser niño[1] es ser cruz y corona,

es ofrecer cruz y corona…

Ser niño es ser cruz para María…
Ella acompaña a su niño en el via crucis.
Ella sufre con la cruz de su niño.
Ella sufre dolores de parto hasta dar a luz al Niño.

Ser niño es ser corona para María…
Ser alegría para Ella,
ser aliado, ser instrumento,
coronarla con la vida.

La Alianza es cruz y corona,
y por eso la vida en Alianza –la filialidad-
se trata de ofrecer cruz y corona,
se trata de ofrecer con confianza toda la vida, todo el corazón…

Ser niño es ser cruz y corona.



[1] Niño en el sentido de la infancia espiritual a la cual Jesús nos invita. Así en el Evangelio según San Mateo (Mt 18,3) nos dice: “Si no os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”. El P. J. Kentenich al presentarnos la infancia espiritual (cf. Libro Niños ante Dios) nos dice que la misma se funda no primero en un “hacer”, sino en un “ser” filial; en el asumir una nueva forma de ser, la de ser niños. La salvación no se trata de “hacer cosas” sino más bien de recibir un nuevo “ser”: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). 
Este asumir una nueva manera de ser se refiere a una manera de ser relacional, es decir, este nuevo ser se verifica en la relación con Dios. Se trata de ser “hijos adoptivos” del Padre de los Cielos. Así este nuevo ser es el fundamento del actuar del hombre que se experimenta y sabe hijo de Dios. En la infancia espiritual no se trata primeramente de presentar exigencias éticas al hombre, no se trata primero de actuar como “debería” actuar un hijo de Dios, sino que, se trata primeramente de experimentarse hijo de Dios, profundamente amado por el Padre, y, como consecuencia de ese amor, de ese nuevo ser, surgirá un nuevo actuar. Por lo tanto, aquí el ser conducirá al actuar; un actuar fundado en un ser de amor.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cultura de Alianza: un proceso de vida


En la entrada de hoy quisiera compartir con ustedes una experiencia de vida. Una experiencia muy reciente que surgió a partir de lo que hoy está vivo en la sociedad chilena: el movimiento estudiantil. Quisiera mirar este fenómeno social desde la perspectiva de la vida que suscitó en los estudiantes de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Varios de los que allí estudiamos somos religiosos, pertenecientes a las más diversas congregaciones y comunidades religiosas –Padres de Schoenstatt, Jesuitas, Salesianos, Sodalicios de Vida Cristiana, etc.-, muchos somos extranjeros, y también algunos son estudiantes laicos… Toda esta diversa realidad hace a la recepción vital del movimiento estudiantil y sus demandas al interior de la Facultad de Teología.

Siendo sincero hay dos cosas que a mí me han impresionado fuertemente: por una lado la vida que este tema suscitó entre nosotros como estudiantes de Teología, y como hombres y mujeres de fe; y por otro lado, el tomar conciencia de que lo que nos aunó a todos fue la misión, el anhelo de dar una respuesta a la realidad social en que vivimos.

Como les contaba, los estudiantes de Teología procedemos de diversos orígenes, sea de distintos países, sea de distintas comunidades religiosas y espiritualidades. Y nunca antes –al menos en el tiempo en que yo llevo estudiando en esta Facultad- habíamos logrado encontrarnos tan fuertemente.

El movimiento estudiantil y su demanda por una educación de calidad y para todos, una educación que no genere desigualdad social, sino que ayude a sanar el tejido social; nos llegaron de fuera de la Facultad, fue, por decirlo de alguna manera, vida que surgía no desde nuestro interior, sino extra muros, más allá de las puertas de la Facultad y de la Iglesia. Esta vida que surgía y su fuerza, nos obligaron a paralizar nuestras actividades académicas, y darnos el tiempo para dejarnos tocar, para dejarnos afectar por lo que la sociedad chilena está viviendo[1].

He aquí un “primer paso” de este proceso de vida: dejarse tocar por la realidad que otros viven, dejarse afectar y acoger esa realidad.

El dejarnos interpelar por la realidad nos llevó a encontrarnos entre nosotros como estudiantes de Teología y compañeros de estudio. De a poco, los rostros que nos eran familiares desde la distancia fueron teniendo nombres. Esos nombres se transformaron en personas a las cuales empezamos a conocer un poco más. Empezamos a saber no sólo lo que pensábamos los unos y los otros, sino de dónde proveníamos, cuáles eran nuestras inquietudes y nuestras reacciones frente al tema. En síntesis el abrirnos a la realidad que nos interpelaba nos llevó a un “segundo paso” de este proceso de vida: encontrarnos mutuamente, conocernos, escucharnos, intercambiar ideas, respetarnos; entrar en una relación más personal. Ya no éramos personas que estaban simplemente unas al lado de las otras, sino que estábamos unos con otros, y para los otros; se empezó a gestar una “comunidad estudiantil”; y desde esa comunidad nos dispusimos a dar una respuesta a la realidad social.

“Hemos experimentado en carne propia los frutos del diálogo y del encuentro, aun cuando entre nosotros no había y no hay un parecer uniforme sobre muchos de los problemas que aquejan a la educación en particular y al país en general. Sin embargo, a pesar de ello, hemos decidido paralizar nuestras actividades académicas, a fin de identificarnos con los que paran, miran, se compadecen y actúan (cf. Lc 10,34-36) en relación a los que más padecen la injusticia”[2]. Es éste el “tercer momento” de este proceso de vida: la unidad en la misión.

Vida y misión ha sido lo que nos unió, lo que nos permitió reconocernos los unos a los otros y formar una comunidad orientada hacia una meta: dar testimonio de Jesucristo en la sociedad. Creo que es ésta también la experiencia de la Iglesia. La Iglesia no es otra cosa que una basta y multiforme comunidad de hombres y mujeres que encuentra su unidad en Jesucristo y su misión. La Iglesia es Iglesia cuando en los “signos de los tiempos”[3] reconoce una voz del Espíritu y se abre a dejarse tocar por esa voz, se abre a dejarse impulsar por ese viento (cf. Jn 3,8); y así, poniendo su mirada y su corazón en los otros, vuelve a encontrar a Jesucristo y a encontrarse ella misma.

Se trata, me parece a mí, de una experiencia muy concreta de lo que es la cultura de Alianza. Se trata de vivir en Alianza con Cristo y María, pero una Alianza que siempre implica vivir en Alianza con otros; es la dimensión eclesial o social de la Alianza de Amor. La relación personal con el Dios vivo en Jesucristo, por su propia dinámica, nos lleva a una relación personal con aquellos que nos rodean. Nos lleva a salir de relaciones anónimas para entrar en relaciones personales –con todo el desafío que ello implica-, nos lleva a entrar en relaciones de alianza; y así, en el día a día, vamos gestando una nueva cultura, una nueva manera de vivir, una nueva manera de comprender nuestra sociedad y de hacer las cosas: la cultura de Alianza, la vida en Alianza.


[1] La primera asamblea de estudiantes de Teología se llevó a cabo el día martes 16 de agosto. En ella, la comunidad estudiantil decidió ir a paro hasta el día lunes 22 de agosto. Hasta la fecha (2 de septiembre) seguimos en paro a la espera del diálogo entre dirigentes estudiantiles y el gobierno.
[2] Declaración de Estudiantes de Teología UC, “¿Y quién es mi prójimo?” Lc 10,30. Disponible en: http://encarnaccion.blogspot.com/2011/08/y-quien-es-mi-projimo-lc-1030.html
[3] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, Nº 4: “Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas”. Disponible en: http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html

jueves, 1 de septiembre de 2011

Crisis en la educación. Una mirada desde la teología.


La actual crisis educacional en Chile –y sobre todo el movimiento social que ha surgido en torno a este tema- pareciera poner en cuestión a la “racionalidad económica” como racionalidad directiva de la sociedad… De allí entonces surge la pregunta: ¿Cuál es la racionalidad adecuada para pensar la sociedad humana?

La Teología y la racionalidad
Al cuestionarse por la relación entre fe y razón, la Teología se pregunta por la razón humana. Se pregunta por su fundamento, su alcance y sus límites. En ese sentido, la pregunta por la razón desde la Teología no es una pregunta superflua o retórica. De acuerdo a la respuesta que se dé a esta pregunta la Teología podrá proponer su objeto: la fe. Y la fe, no puede renunciar a la razón, pues “la fe sin la razón no será humana”[1] .
Por eso la Teología tiene una palabra para decir y proponer sobre la razón humana y si tiene una palabra sobre la razón humana desde la fe, tiene también una palabra para ofrecer sobre el hombre y la sociedad.
Entonces, si la razón teológica aspira a la comprensión de Dios, del hombre y de la realidad –con sus límites-, la razón teológica puede cuestionar a la razón económica –íntimamente unida a la razón moderna positivista-, sobre todo si esta pretende erigirse como la única razón directiva de la sociedad.

La reducción de la razón y sus consecuencias
Ya en Ratisbona Benedicto XVI nos señalaba la “autolimitación moderna de la razón (…) radicalizada ulteriormente (…) por el pensamiento de las ciencias naturales”[2]. Así, esta razón moderna, basada en la síntesis entre cartesianismo y empirismo, ratifica su éxito por medio de la técnica[3]. De alguna manera de este “éxito” participa también la racionalidad económica. Ella se preocupa fundamentalmente de medir la realidad humana, de hacerla mensurable presentando la realidad como unidades a ser cuantificadas y organizadas a través de modelos matemáticos. ¿Pero puede la sola racionalidad económica dar cuenta de toda la realidad? ¿Se explica toda la realidad humana por medio de modelos matemáticos?
Se trata de poner en cuestión la reducción de la razón; pues al reducirse la razón –al reducirse la comprensión del hombre y de su realidad- se reduce al hombre mismo. Allí donde la razón sólo se ocupa de mensurara y cuantificar la realidad ya no queda espacio para los interrogantes propiamente humanos: la pregunta por el sentido de la vida, por la ética y por la fe. Es la reducción de lo humano lo que está en cuestión, la reducción de la educación, la reducción de la vida social que se manifiesta como “mercantilización de la vida social”[4].

Ampliar la razón humana
Si la razón ha de ser verdaderamente humana y por ello realmente “razón social” –razón que dirige la vida social- ha de ampliarse. No se trata de negar los avances de la razón moderna –científica y técnica-, sino de corregir su pretensión de absolutizarse como parámetro de validación de la realidad. Lo mismo se ha de decir de la razón económica, no se trata de negar su campo de acción, pero sí de corregir su pretensión de absoluta auto-regulación. “La dimensión ética no es algo exterior a los problemas económicos, sino una dimensión interior y fundamental. La economía no funciona sólo son una auto-regulación mercantil, sino que tiene necesidad de una razón ética para funcionar para el hombre”[5], pues, “el sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y preciosamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente”[6].
Se trata entonces de “ampliar nuestro concepto de razón y su uso”[7] para que sea verdaderamente humana y por ello social. Junto a la razón científica y técnica, junto a la razón económica, habría que ubicar a la “razón relacional y orgánica”.
Razón relacional. Se trata de una razón –una manera de comprender la realidad- relacionada con el Dios de Jesucristo, y por eso abierta a la dimensión trascendente del hombre, abierta a la pregunta ética y de sentido. Se trata aquí de la confianza fundamental en que el si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27), entonces el logos humano –la razón humana- es capaz de reflejar al Logos divino, Jesucristo. Cuando hablamos de razón hablamos siempre de persona. Por eso la razón puede ser relacional en el sentido de abierta a lo social, a lo comunitario y a las relaciones interpersonales. No se puede comprender la realidad en solitario, sino vinculados personalmente unos con otros.
Razón orgánica. La razón humana, y por ello la razón social, está llamada a ser orgánica en el sentido de que no es sólo ratio, conocimiento y saber científico, sino también amor, amor entendido como el constante salir del propio yo hacia el encuentro del y la formación del nosotros. Si la razón es también amor, entonces es humana, entonces da cuenta de la totalidad de lo humano. “Cristo es el Logos encarnado y es “el amor hasta el extremo””[8].
Ampliar la razón humana y social es ampliar la concepción del hombre y de lo humano, ampliar sus instituciones sociales y darle su verdadero horizonte y dignidad.

Una propuesta a nivel personal
Toda la reflexión precedente quiere mover a las personas y sobre todo generar la pregunta por cómo estamos viviendo nuestra vida en sociedad, cómo comprendemos nosotros nuestra realidad.
A nivel personal se trata de generar espacios de encuentro entre las personas, se trata de generar  confianzas y así dar espacio a la gratuidad. Como lo señala Benedicto XVI: “La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”[9]. Se trata de tomar conciencia de que a nivel humano lo más importante se da en los encuentros gratuitos… La amistad, la fraternidad, el amor paterno-filial y el de pareja, cuando son verdaderos, nunca se dan como una relación mercantil, sino como encuentro gratuito. Si la razón humana es razón relacional, cuanto más el hombre mismo es ser relacional.
La relacionalidad que lleva al encuentro tiene sin duda su fundamento en el ser relacional del hombre, pero también tiene su fundamento en la limitación propiamente humana, en la finitud del hombre. Somos seres relacionales porque no podemos abastecernos a nosotros mismos de todo aquello que necesitamos, y mucho menos de aquello que más necesitamos: del amor, del encuentro con un . La vida misma nos es dada… Desde el primer momento somos donados a la existencia. Y desde la fe podemos decir que somos donados para donar.
La finitud humana así entendida es oportunidad de encuentro gratuito a nivel personal, pero cabe también la pregunta por esos encuentros humanos a nivel social. ¿Qué espacio queda para lo gratuito en las relaciones sociales? ¿Qué espacio queda para las relaciones verdaderamente humanas –y no sólo mercantiles- a nivel social?

De lo personal a lo social
Desde la perspectiva personal vale la pena hacerse la pregunta por lo social. Ya al inicio de este artículo decíamos que la racionalidad económica está puesta en cuestión como racionalidad social. ¿Cómo se articula entonces una razón relacional y orgánica en la vida en sociedad?
La primera concreción pasa por reconocer el carácter finito y relacional del hombre, y por lo tanto su necesidad de relaciones plenamente humanas. Es por ello que estas relaciones plenamente humanas deben darse primeramente en las relaciones personales, pero desde allí deben llegar a conformar la vida en sociedad.
La vida social pide nuevamente que lo propiamente humano sea puesto en el centro de la sociedad. El grito social pide dejar atrás el paradigma mercantil en las relaciones humanas y volver a recuperar las relaciones humanas, las relaciones con rostro. No son los objetos lo que dan rostro a una sociedad, sino los rostros humanos.
En este sentido se trata de cuestionar nuestras estructuras sociales y su sentido. ¿Cuánto ayudan nuestras instituciones a humanizar al hombre? ¿Cuánto ayudan nuestras instituciones a personalizar al hombre, a crear comunidad? La sociedad y sus instituciones debieran responder a ese anhelo de humanidad, a ese anhelo de una sociedad más humana, más relacional y orgánica. Se trata de caminar hacia una sociedad donde todos tengamos un lugar, donde estemos los unos al lado de los otros, con los otros y para los otros… No podemos seguir enfrentados como sociedad.
Una sociedad más humana, más relacional, es aquella que sabe preocuparse por otros, y en especial por los más débiles; se trata de generar condiciones de vida más humanas –educación, salud, vivienda, trabajo-. Se trata de entrar de nuevo en diálogo, confiando que en todo diálogo verdadero –y por ello humano y social- se encuentra en medio Cristo, el Logos que es amor, que es relación.


[1] Ratzinger, J., «Situación actual de la fe y la teología», en Humanitas, Número Especial (2005), 30-43.
[2] Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones [en línea]. [fecha de consulta: 23 de agosto de 2010]. Disponible en: <http://humanitas.cl/html/destacados/ratisbona/Ratisbona.html>
[3] Cf. Ibídem
[4] Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, Recuperemos la confianza y el diálogo, 4 [en línea]. [fecha de consulta: 23 de agosto de 2010]. Disponible en: <http://www.iglesia.cl/>
[5] Benedicto XVI, Respuestas de Benedicto XVI  a los periodistas en el vuelo a Madrid [en línea]. [fecha de consulta: 23 de agosto de 2010]. Disponible en: <http://www.zenit.org/article-40094?l=spanish >
[6] Caritas in Veritate 36.
[7] Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones [en línea]. [fecha de consulta: 23 de agosto de 2010]. Disponible en: <http://humanitas.cl/html/destacados/ratisbona/Ratisbona.html>
[8] Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del CELAM, 1 [en línea]. [fecha de consulta: 23 de agosto de 2010]. Disponible en: <http://www.celam.org/conferencias/Documento_Conclusivo_Aparecida.pdf >
[9] Caritas in Veritate 6.

viernes, 26 de agosto de 2011

Meditación Pascual 2011

Sion Trinitatis, Santiago de Chile, 24 de abril 2011
“El Bautismo, (…), no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.”
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
Queridos amigos:
Al terminar el Triduo Pascual y al iniciarse este tiempo de Pascua que se inaugura con la Resurrección de Jesucristo, nuestro hermano y Señor, quisiera compartir con ustedes una breve reflexión en torno a la que hemos vivido en estos días santos y su significado profundo para nuestra existencia.
Cuaresma: tiempo de conversión y de bautismo
            El Triduo Pascual que hemos celebrado en estos días estuvo precedido por el tiempo de la Cuaresma, un tiempo “en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, (…), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida”.[1] Tradicionalmente hemos comprendido el tiempo de la Cuaresma como un tiempo de penitencia, pero muchas veces nos ha faltado profundizar en el sentido de la penitencia… Se trata de una penitencia encaminada hacia la conversión del corazón, hacia la conversión de lo más propio e íntimo de cada hombre y mujer.
            En la Iglesia de Santiago de Chile, el tiempo de Cuaresma ha sido sin duda un tiempo de cruz, un tiempo de dolor y vergüenza por el “espantoso pecado” de los abusos sexuales por parte de “personas consagradas a Jesucristo, de quienes se espera un testimonio coherente de amor y servicio”.[2] Muchos somos los que estamos dolidos con estos hechos y que en la oración, en la reflexión y en el diálogo hemos intentado interpretar estos hechos a la luz de la fe.
            Personalmente creo que se trata realmente de una vivencia cuaresmal, una vivencia que nos llama a una profunda conversión eclesial y personal. Los abusos de autoridad y de confianza –que han desembocado en abusos sexuales- por parte de algunos consagrados, me han llevado a reflexionar en torno al sacerdocio ministerial y su ejercicio en la Iglesia.
Creo que estas dolorosas situaciones pueden también interpretarse a la luz de la categoría bíblica de la “idolatría”. Cuando absolutizamos personas, valores e ideas, sin referencia alguna a Jesucristo, terminamos por reemplazar al Dios vivo con estas realidades. Aquello que estaba llamado a ser un camino de encuentro con Dios se convierte en obstáculo y termina por convertirse en un ídolo, en aquella “obra de manos humanas” que en el corazón del hombre toma el lugar de Dios (cf. Sb 13,10).
            Cuando se absolutiza en sí mismo el sacerdocio, el valor de la autoridad o el prestigio de la Iglesia, estas realidades terminan por convertirse en “ídolos”, terminan por reclamar para sí la totalidad del corazón humano, algo que sólo pertenece a Dios mismo. Por eso el doloroso camino de conversión que implica el reconocimiento de los pecados eclesiales -y de nuestros propios límites-, nos tiene que llevar a ubicar de nuevo las cosas en su lugar. El sacerdocio, la autoridad como servicio y la Iglesia nunca son un fin en sí mismos, sino que son un medio, un camino de encuentro con el Dios vivo. Por eso frente al absolutismo que convierte estas realidades en ídolos, debemos contraponer la relacionalidad que siempre integra estas realidades en el horizonte humano y divino. El sacerdocio y la Iglesia deben siempre estar en viva relación con su fundamento que es Jesucristo y al servicio de los hombres, de las personas concretas que Dios pone en nuestro camino.
            Así el tiempo de Cuaresma se nos revela como un tiempo de penitencia, de renunciar a los pequeños o grandes ídolos que tenemos en nuestra propia vida y que desfiguran el rostro humano, y por ello mismo, desfiguran el rostro del Dios vivo revelado en Jesucristo. Se trata de decirle con sinceridad al Señor: “Quítame lo que tengo y lo que soy, te lo entrego todo; úsalo para salvación de los hombres, aunque deba sufrir por ello (Hacia el Padre, 148).
El camino de la sincera renuncia a aquello que intenta ocupar en mi corazón el lugar de Dios es el camino de la conversión. Es éste el profundo sentido de la Cuaresma. De alguna manera se trata de morir a aquello que nos aparta de Dios, morir a aquello que nos aparta de la sinceridad, de la humildad, de la sencillez, de la autenticidad, del amor y de la verdad. Cuando así vivimos la Cuaresma experimentamos entonces que el tiempo cuaresmal se transforma en un tiempo bautismal, pues “fuimos, (…), con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).
Bautismo y tiempo pascual
            Así como con Cristo fuimos sepultados en el Bautismo, así como con Él hemos muerto a todo aquello que nos separa de Dios, con Él también hemos resucitado (cf. Col 2, 12). Por eso el Bautismo no es sólo propio del tiempo cuaresmal sino más bien es propio del tiempo pascual, pues la vida nueva en Cristo Señor “ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo »”[3].
            Ya ahora vivimos nosotros de esa vida nueva y en esa vida nueva, es la vida del Resucitado que vino al mundo “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b). Por eso, luego del tiempo cuaresmal, una vez iniciado el camino de la conversión, debemos vivir no ya de nuestros egoísmos –nuestras ansias de poder y de dominación de los otros- ni de nuestros supuestos méritos y seguridades –que muchas veces son nuestros pequeños ídolos-, sino del don de la vida nueva en Jesucristo Resucitado, ese don que siempre nos supera, que siempre “supera el mérito, y cuya norma es sobreabundar”.[4] Se trata de renovar nuestra conciencia bautismal. Se trata de rescatar nuestro Bautismo del “baúl de los recuerdos” y hacerlo consciente. Lo que me mantiene vivo es la vida de Cristo Jesús, lo que mantiene viva y activa mi esperanza en el día a día es al resurrección de Cristo Jesús, ésta es la gran esperanza cristiana, ésta es la gran esperanza que nos sostiene en nuestro caminar diario, en medio de las tinieblas de nuestras inseguridades, angustias y temores. Nosotros caminamos detrás de la luz de Cristo Resucitado tal y como lo hicimos en la celebración de la Vigilia Pascual.
Bautismo y Alianza de Amor con María
Experimentamos así que el pecado no tiene la última palabra, que el dolor reconocido y asumido puede ser redimido por la cruz y la resurrección de Jesucristo. En último término tomamos conciencia de lo que significa ser cristiano, vivir de la vida de Cristo Resucitado; tomamos conciencia de que “cristiano no es el adepto a un partido confesional, sino el que, mediante su ser cristiano, se hace realmente hombre”[5], se hace realmente humano.
            Queridos amigos, en este caminar cristiano, en este camino por llegar a ser hombres, por llegar a ser plenamente humanos, no estamos solos, María la Madre de Jesús y Madre nuestra, camina con nosotros. Ella nos toma de la mano y nos conduce por el camino cristiano, Ella nos enseña a caminar en esta vida nueva que significa nuestro Bautismo; porque cuando nos entregamos a Ella, cuando confiamos en Ella, María lleva a término la obra buena que Dios inició con nosotros en el día de nuestro Bautismo. María no sólo nos acerca a Cristo y nos hace más cristianos, sino que, por la Alianza de Amor, María nos hace más Cristo.
            Así con la esperanza puesta en la Resurrección del Señor –con la esperanza puesta en el Bautismo de Cristo y en la Alianza de Amor con María- los saludo a cada uno en esta Pascua de Resurrección y deseo de corazón que cada uno experimente en su vida que “Cristo, (…), al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano”[6], Él brilla para nosotros en el camino de la vida, Él brilla en medio de nuestras tinieblas y en último término, cuando nos entregamos totalmente a Jesús, Él transforma nuestras tinieblas en luz. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Con cariño, Oscar Iván, PMSCP


[1] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
[2] Mons. Ricardo Ezzati Andrello, Mensaje del Arzobispo de Santiago a los fieles y comunidades de la Arquidiócesis, 2.04.2011.
[3] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
[4] Cf. Benedicto XVI, Caritas in Veritate 34.
[5] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Ediciones Sígueme, Salamanca 21971), pág. 234.
[6] Pregón  Pascual

Meditación Pascual 2009

Sión del Padre, 14 de abril de 2009
Resurrectio Domini, spes nostra!
Queridos hermanos y amigos:
¡Feliz Pascua de Resurrección! “¡La resurrección del Señor es nuestra esperanza!” Luego de una Semana Santa en misiones con el grupo platense Adsum Pater, quisiera tratar de sintetizar mi vivencia de la Cuaresma y de estos días santos como un pequeño saludo pascual para compartir con aquellos a quienes siempre llevo en el corazón.
Adsum Pater
Sin duda este año mi Cuaresma y mi Semana Santa estuvieron marcadas por la misión Adsum Pater. Desde marzo, un grupo de chicos y chicas de La Plata, han venido reuniéndose para preparar un tiempo de misión en Semana Santa. Cada uno quería “vivir una Semana Santa diferente”, cada uno quería dar todo de sí, cada uno quería decir como Jesús: Aquí estoy Padre.
La preparación para los días de misión nos llevó a centrarnos en dos misterios que queríamos vivir, celebrar y compartir durante la Semana Santa con el pueblo de Caseros: por un lado el misterio de la Pascua de Cristo; y por otro lado, el misterio de la Alianza de Amor. Estas dos corrientes de vida, de espiritualidad, marcaron nuestra Cuaresma. A medida que nos acercábamos a la Semana Santa se nos fue haciendo claro que si queríamos vivir profundamente el misterio de la Pascua de Cristo, debíamos hacerlo de la mano de María, en Alianza de Amor con Ella. Si queríamos regalar Schoenstatt a la Iglesia en Caseros, debíamos volver a lo esencial, a lo fundamental de nuestra vivencia espiritual: la Alianza de Amor con María.
Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (Mc 10,13-15)
Al centrar mis propias meditaciones personales sobre la Alianza de Amor con María para poder acompañar a los misioneros, volví a descubrir algo de la infancia espiritual… El camino de la conversión cuaresmal, puede a veces ser un camino doloroso, sobre todo cuando nos confrontamos con nuestras caídas –viejas y nuevas- que muchas veces nos pesan y nos desalientan. Sin embargo al experimentar esas caídas, esas debilidades, nos experimentamos también pequeños.
En verdad somos niños –Puer-, pues si no nos tomamos de la mano de Jesús y de María nos perdemos, como los niños pequeños… Necesitamos tomarnos de las manos de Mamá, para no perdernos en el camino, para poder levantarnos de nuevo. Así, a la luz de la presencia maternal de María, a la luz de la Alianza de Amor, comprendemos por qué Jesús, nos invita a aceptar el Reino de Dios como niños. Si tratamos de entrar a ese Reino por nuestros propios medios, es probable que nos cansemos de intentar una y otra vez, es probable que nos dejemos caer. Se trata por eso de ser niños, y de alegrarnos por nuestras debilidades, pues ellas nos recuerdan que en verdad somos niños.
Vivir la Alianza de Amor para los demás
Sin embargo, este ser niños de María, este vivir en una íntima y tierna Alianza de Amor con Ella, no significa un intimismo, un encerrarse en uno mismo y sus inquietudes, pues, “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará” (Mc 8,35). Por ello, se trata de vivir esta Alianza de Amor para los demás. Vivirla a fondo, en las alegrías y en las tristezas, en los momentos de cielo y en aquellos que experimentamos nuestras miserias, sabiendo que esta vivencia, si la compartimos, si la regalamos –y no la guardamos sólo para nosotros mismos- será fecunda. Si María nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, es para comprender a otros, para ayudar a otros, para caminar con otros.
De eso se trata justamente la Semana Santa, de eso se trata justamente el Viernes Santo de Jesús; de no guardarse la vida, sino de entregarla, de perderla por los demás y en los demás para paradojalmente así ganarla. La muerte tiene que ver con “perder la vida”… Sin embargo este perder la vida significa para nosotros, cristianos, paradojalmente encontrarla. Es perdiéndola que la encontramos. Pero perdiéndola en Cristo y en los que Él pone a mi lado. Si trato de guardarme mi vida para mí mismo, en una actitud egoísta, en realidad, no gano mi vida, sino que la pierdo… Sin embargo si la doy a Cristo, si la doy a otros, entonces gano mi vida, entonces siento y experimento que estoy vivo. Así, aprender a morir como Jesús en el Viernes Santo, es aprender a salir de nosotros mismos, aprender a amar. De eso se trata; aprender a morir como Jesús, es a la larga, aprender a vivir (cf. Hacia el Padre, 631).

Resurrectio Domini, spes nostra
Esta muerte de Jesús, su entrega en la Cruz y su Resurrección son en verdad nuestra esperanza (cf. Mensaje de Pascua 2009 de Benedicto XVI).  Porque nos señalan que si amamos, si con su ayuda logramos salir de nosotros mismos a su encuentro y al encuentro de los demás, entonces por fin perderemos nuestra vida para encontrarla, para encontrar esa felicidad que tanto anhelamos.
Por su muerte y resurrección Él ya salió y sale constantemente a nuestro encuentro, así en cada persona, en especial en cada amigo, nos vuelve a decir: Resurrexi et adhuc tecum sum, “He resucitado, y aquí estoy contigo”. En cada Eucaristía Él nos vuelve a decir: “Aquí estoy contigo”. Y por el misterio pascual que vivimos en la Eucaristía nosotros le podemos decir: “Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre” (Hacia el Padre, 143).
Si Él está con nosotros, Él nos enseñará a vivir, a perder la vida en Él y en nuestros hermanos -en nuestros amigos- para encontrarla. Él nos enseñará a amar, Él nos enseñará a vivir nuestra Alianza de Amor con María para los demás.
¡Feliz Pascua de Resurrección para cada uno!
Con cariño
Oscar Iván - PMSCP

Meditación Pascual 2008

Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”
Jn 13, 6 – 8

Sión de la Trinidad, Santiago de Chile, 23 de marzo de 2008

Querida Familia y Amigos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!
En la alegría de la Resurrección de Jesús quisiera compartir con ustedes unas breves reflexiones de estos días santos…

Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”
La cita del Evangelio según San Juan, corresponde a la lectura evangélica leída durante la celebración de la Misa de la “Cena del Señor”, la Misa del “lavado de los pies”, con la cual se abre el Triduo Pascual.
Es tal vez, una de los gestos más fuertes el del lavado de los pies. En nuestras iglesias y comunidades si hemos tenido la oportunidad de celebrar esta Misa, hemos visto una y otra vez al sacerdote retirarse la casulla y empezar a lavar los pies de todos los presentes o de un grupo elegido de personas que representan a toda la comunidad.
En lo personal, durante el lavado de pies de este Jueves Santo que pasó, volví a recordar todas las veces en que he participado de esta liturgia y en la que el sacerdote, en nombre de Cristo, lavó mis pies… Volví a recordar y a maravillarme por este gesto, por este regalo. Y allí resonaron en mis oídos las palabras de Jesús a Pedro: “Si no te lavo no tienes parte conmigo” – “Si non lavero te, non habebis partem mecum.”

“Si non lavero te, non habebis partem mecum.”
La reacción primera de Pedro ante el gesto de su Maestro, lavar los pies sucios por el polvo del camino a sus discípulos, aunque hoy nos parezca una reacción extraña, es en realidad una reacción muy humana creo, y una reacción que también a veces nosotros experimentamos ante ese Dios que quiere lavar nuestros pies.
Lavar los pies a los discípulos es un gesto de servicio, de amor… Pero Pedro ve en ello un gesto de humillación, gesto que no desea que su Maestro realice, por eso dice asombrado: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?”, para luego agregar con resolución: “No me lavarás los pies jamás.”

“No me lavarás los pies jamás.”
Creo que también nosotros a veces reaccionamos así ante Dios, reaccionamos así ante Jesús… Él quiere “lavar nuestros pies”, Él quiere lavar nuestros corazones, nuestras vidas. Y sin embargo nosotros nos avergonzamos ante Él de nuestros pies sucios por el polvo del caminar diario que puede hacerse pesado, nos avergonzamos del polvo de nuestras caídas, nos avergonzamos de nuestros pies heridos. Y así preferiríamos nosotros mismos lavar nuestros pies, nosotros solos sacarnos la polvareda de la vida, quisiéramos a veces presentarnos “ya limpios” ante Jesús nuestro Dios.
Y ¡qué paradojal es este Dios! Justamente Él nos invita a que nos presentemos ante Él tal y cual somos, Él nos invita a que les mostremos nuestros pies, que lo dejemos a Él limpiar el polvo de nuestras vidas y de nuestros corazones, pues si no dejamos que Él lave nuestros pies no podremos tener parte con Él.

De eso se trata la Semana Santa, de eso se trata toda la vida cristiana, de dejar con confianza que Jesús, que es Maestro y Señor, limpie nuestros pies, nuestros corazones y nuestras vidas. Si nos dejamos lavar por Él con confianza podremos tener “parte con Él”, podremos participar de su vida, de su resurrección, de su alegría, de su misión.

Y pienso que Jesús lava nuestros pies, nuestras vidas, no sólo en la noche del Jueves Santo, sino que a lo largo de toda la vida… Ya desde el Bautismo nos ha lavado con el agua bautismal; cada vez que acudimos a la Reconciliación Él vuelve a “lavar nuestros pies” y a besarlos con ternura; en la Eucaristía vuelve a lavar mi corazón y así también a través de tantas personas que a lo largo de nuestra vida nos han regalado algo de Jesús… Por eso queridos amigos les invito a que recordemos en estos días todas las veces en que Jesús “lavó nuestros pies” a lo largo de nuestra vida, agradezcamos por ello y recordemos que Él lava nuestros pies para que también nosotros podamos lavar los pies de nuestros hermanos y hermanas… En la medida en que yo me deje lavar, en que yo me deje amar por Jesús, podré también lavar y amar a otros, y así también en la medida en que yo imite a Jesús y lave los pies de otros y ame a otros estaré lavando los pies de Jesús y amando a Jesús.

Resurrexi, et adhuc tecum sum (Salmo 138, 18b)
Resucité, y aquí estoy contigo. Con estas palabras inició hoy el Papa Benedicto su mensaje pascual Urbi et orbe.
Luego de la entrega de Jesús en la Cruz, entrega que realizó por todos aquellos a quienes día a día lava los pies, el corazón y la vida; resucita con alegría y nos dice a cada uno de nosotros: “Resucité, y aquí estoy contigo”. ¡Qué alegría más grande puede haber que esta! Jesús resucitó; Aquel que me ama, Aquel que lava mi vida y entrega su vida por la mía ha resucitado y está aquí conmigo.
Especial experiencia de esto hemos hecho en la Vigilia Pascual en la cual volvimos a recibir a Jesús en la Eucaristía, a ese Jesús Resucitado que me dice estoy aquí contigo.

Querida familia y amigos, Jesús ha resucitado, Aquel que lava con cariño nuestros pies y nuestra vida toda, Aquel que quiere estar con nosotros, en nosotros… Vivamos con esta conciencia durante el tiempo pascual que hoy se inicia, Él está conmigo, Él quiere estar conmigo. Y si en el día a día nuestros pies, nuestra vida, vuelve a llenarse de polvo, no dudemos en presentarnos ante nuestro Dios, Él nos volverá a lavar, Él nos volverá amar y así tendremos parte con Él, así tendremos parte en su vida y misión, así tendremos parte en su Resurrección.

Que la Mater, Madre de Confianza y Reina del Cielo, nos eduque siempre como discípulos que confían ciegamente en el amor de su Maestro, su hijo Jesús.

¡Feliz Pascua de Resurrección!
Con cariño

Oscar Iván

Meditación Pascual 2007


Sión de la Trinidad, 8 de abril de 2007

Querida familia y amigos:
Quisiera escribir algunas líneas, fruto de mis meditaciones en esta Semana Santa, como un pequeño saludo pascual.
Algo que pensaba en estos días santos era que podía decir que tuve dos compañeros fieles en estos días; por un lado la Mater, que siempre está dispuesta para escuchar y dialogar, y por otro lado el Papa Benedicto, de cuyos textos pude sacar mucha inspiración para mis meditaciones y oración.
Justamente de su mensaje para la Cuaresma 2007 “Mirarán al que traspasaron”, saqué mucho alimento espiritual…

Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37) es una invitación justamente a volver los ojos y sobre todo el corazón hacia Jesús y volver a contemplar, a mirar en serio a ese hombre, a ese Dios crucificado… Pero no solo mirarlo superficialmente – tal vez estamos muy acostumbrados a ver un crucifijo y lo tomamos por obvio – sino a mirarlo enserio y a mirarlo desde la perspectiva del amor, pues Deus caritas est. Me serviré de algunas líneas del mensaje papal…

El amor de Dios: ágape y eros. El amor con el que Dios nos envuelve es sin duda ágape…
El amor con que Jesús nos ama y nos envuelve es sin duda ágape, dice el Papa. Es ese amor que quiere exclusivamente nuestro bien, anhela nuestra plenitud. La primera gran constatación que vale la pena hacer es que Dios mismo me ama, Jesús mismo me ama a mí, con un amor que quiere y anhela mi bien.

Pero el amor de Dios es también eros
Pero Jesús no solamente anhela mi bien, mi plenitud, sino que él también anhela estar conmigo… De eso se trata el amor eros, del anhelo de estar con lo amado, con la persona amada, incluso el deseo profundo de estar con él… ¡Qué impresionante pensar que Dios quiere estar conmigo! Jesús quiere estar conmigo… fue en este punto donde me detuve a “mirar al que traspasaron”, a mirar la Cruz y tratar de ver y escuchar lo que ella me quiere decir a mí, incluso gritar… Jesús quiere estar conmigo, de eso se trata la Cruz, de eso se trata la Eucaristía.
La Eucaristía es el anhelo de Jesús de estar con nosotros, el anhelo de Jesús de estar conmigo.
Si tan sólo pudiésemos grabarnos en el alma y el corazón esta verdad que la Cruz y la Eucaristía nos revelan… El mismo Dios quiere estar conmigo, ¡cómo decirle que no!

En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros
Podría incluso decir que en la Cruz Jesús espera cada día mi sí, en la Cruz y en la Eucaristía Jesús espera paciente, fiel y cariñosamente mi sí… Mi sí a aquello que es lo único importante y fundamental, mi sí a su amor; todo  lo demás vendrá por añadidura.

La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor…
Ya al comprender que Jesús en la Cruz espera mi sí, nace el anhelo de darle ese sí, dárselo desde el corazón… Creo que la misa, la Eucaristía, ese momento de encuentro y diálogo íntimo con Jesús es la oportunidad para decirle cada día sí a su amor. Ese amor que a cada uno se manifiesta de muchas formas, en una persona que me pide que confíe en ella, en un amigo que se preocupa por mí, en mis inseguridades que piden hallar seguridad más allá de mí mismo, en Dios. Esa fue la experiencia de Jesús, encontrar seguridad en Dios, su Padre, darle su sí en la confianza del Amor, lo dice la misma Escritura: “Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia” (Heb 5,8).

Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia
En la Semana Santa recordamos justamente los sufrimientos de Cristo, eso que él sufrió por amor a cada uno de nosotros, por amor a su Padre. Y sufriendo aprendió a ser obediente, obediente por amor, por confianza.
También nosotros muchas veces tendremos que aprender a ser obedientes, o más que aprender a ser obedientes, aprender a amar… Y aprender a amar nos va a hacer sufrir a veces; porque amar es salir de uno mismo, de sus seguridades, de sus “castillos interiores” para mostrarse al amado tal y cual  uno es, para mostrarse a los demás y a Dios tal y cual uno es. Un gran desafío, dejarse sorprender por uno mismo y por Dios. Un gran desafío confiar en el amor de Dios Crucificado y responderle sí… Pero no estamos solos, así como al pie de la Cruz estaba su Madre, María, al pie de nuestras cruces diarias está Ella, Madre, Amiga, Compañera y Reina.

Finalmente queridos amigos Jesús ha resucitado y es para nosotros alegría y esperanza de que diciéndole sí a su amor, aún cuando implique sufrimiento o desafíos también nosotros resucitaremos… Resucitaremos en las alegrías de la vida diaria y en sus esperanzas – cuando menos lo esperemos, porque a Dios le gusta sorprendernos - y algún día resucitaremos a la eternidad. La Resurrección es la prueba de que el amor vence, de que aquello que es lo único fundamental vencerá a la larga, y no puede ser de otra manera Dios es amor, Dios quiere estar con cada uno de nosotros por toda la eternidad. Que la Mater, en cuyo corazón encontramos refugio y fuerza, nos anime a perseverar en la fe y en la confianza del amor divino.

Dios quiere estar conmigo. Jesús mismo quiere estar conmigo… Eso es lo importante, todo lo demás vendrá por añadidura.

Oscar Iván