La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

sábado, 5 de julio de 2014

Alegría y vida nueva con Jesús

MISA JUVENIL – PASTORAL DE JUVENTUD PIRIBEBUY
Am 9, 11-15; Sal 84, 9.11-14; Mt 9, 14-17

Queridos amigos y amigas:

¡Qué alegría verlos aquí en el Santuario de Ñandejara Guasu! ¡Qué alegría reunirnos como Pastoral Juvenil, como jóvenes amigos de Cristo! Juntos, hoy celebramos esta misa juvenil, la primera que nos animamos a realizar aquí en Piribebuy. Ojalá sea un espacio que cada uno pueda sentir como propio, un espacio de encuentro juvenil, un espacio de encuentro con Jesús.

Sí, es el mismo Jesús el que a cada uno de nosotros nos llama constantemente y nos invita a vivir en amistad con Él, a descubrirlo a Él presente y actuante en nuestras vidas. A descubrir su estilo de vida, a descubrir que viviendo con Él y como Él podemos llegar a ser plenos y felices.

Alegría con Jesús

Y en el Evangelio de hoy (Mt 9, 14-17) Jesús nos llama justamente a la alegría y a la novedad de vida. Meditemos juntos este texto.

“¿Por qué tus discípulos no ayunan?... Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” Mt 9, 14-15.

¿Por qué los discípulos de Jesús no ayunan? El ayuno, tan característico de nuestra Cuaresma, ya en tiempos de Jesús era una señal de penitencia, pero de una penitencia en preparación para algo que ha de venir. El ayuno, el privarse de alimentos, debía ayudar a preparar el cuerpo y el corazón –la totalidad de la persona humana- para el encuentro con Dios. Y este ayunar, este privarse voluntariamente de algo, tenía sin duda una dimensión de esfuerzo, de sacrificio.

Entonces, ¿por qué no ayunan los discípulos de Jesús? Porque aquello que esperaban, para lo cual se preparaban, ha llegado ya, ha acontecido ya. Jesús está en medio de ellos, no hay ya razón para ayunar sino para alegrarse. Así lo expresa el mismo Jesús: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9,15a). Cuando Jesús está con nosotros no hay motivos para la tristeza, para el dolor. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[1]

Cada uno de nosotros está llamado a ser ese amigo o amiga del “Esposo”, de Jesús.[2] Cada uno de nosotros está llamado a compartir toda su vida con Él. Compartir alegrías, proyectos, dudas, esperanzas, tristezas. Todo, todo tiene cabida en la amistad con Jesús y nada de lo nuestro puede quedar fuera de su corazón.

Y el saber, y experimentar, que hay Alguien que me cobija en su corazón me da una profunda paz y alegría… Nada hay de lo nuestro, de lo humano, que no tenga lugar en el corazón de Jesús.

Vida nueva con Jesús

Y cuando Jesús nos llama a vivir con Él, lo hace también para que aprendamos a vivir cómo Él. La amistad con Jesús nos regala una profunda alegría que nadie podrá quitarnos, pero también, la amistad con Jesús nos propone una vida nueva que no podemos vivirla a medias.

“Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.” Mt 9, 16.

Sí, la alegría de la amistad con Jesús va ganando de a poco las distintas dimensiones de nuestra vida. Esa vida que ponemos en el corazón de Jesús, Él la quiere ir transformando de a poco en vida nueva, en vida plena.

Y esa vida nueva con Jesús es como una tela nueva, como un vestido nuevo, como una remera nueva que se nos regala… Como el mismo Jesús dice en el Evangelio, a ninguno de nosotros se nos ocurriría recortar un pedazo de una remera nueva para parchar o remendar una remera vieja. ¿Alguno lo haría?

Sí, Jesús nos propone revestirnos con una vida nueva, con su vida, por eso nos ofrece su vida en cada misa, en cada sacramento que celebramos con fe. Y esa vida nueva cada uno de nosotros la ha recibido ya en el Bautismo y la ha fortalecido en la Confirmación. Sin embargo, siempre corremos el riesgo de querer abandonar esa vida nueva, esa remera nueva, y volver a nuestra vida vieja, a nuestras remeras arrugadas y desgastadas, y a veces queremos parchar nuestra vida vieja con algo de la nueva.

Queridos amigos, vivir con Jesús y como Jesús es exigente pero hermoso. Todos sentimos en el corazón el anhelo de felicidad y plenitud. Todos queremos hacer algo hermoso y que valga la pena con nuestras vidas. ¡Ninguno de nosotros quiere una vida parchada o remendada! ¡No nos conformemos con la mediocridad!

Si estamos tentados a vivir sólo a medias, pidámosle a Jesús que Él nos ayude a descubrirlo, que Él nos ayude a experimentar la profunda alegría de su amistad, para que con Él descubramos el camino hacia una vida nueva, una vida que no se vive a medias, sino con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. La mediocridad nos entristece y nos gasta, la generosidad nos alegra y renueva. ¡Revistámonos con la generosidad de Cristo! Y así experimentaremos que Él está con nosotros en el camino de la vida. Que así sea. Amén.  




[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, 1.
[2] El novio o esposo es Jesús; sus compañeros, o «pajes de honor», no pueden ayunar porque los tiempos mesiánicos (simbolizados en el banquete de bodas) han comenzado. Cf. BIBLIA DE JERUSALÉN nota al versículo Mt 9, 15.

martes, 17 de junio de 2014

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Santísima Trinidad

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Luego del Tiempo Pascual la liturgia nos invita a contemplar, vivir y celebrar el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio central de nuestra fe cristiana pues se trata de la “imagen cristiana de Dios y también [de] la consiguiente imagen cristiana del hombre y de su camino”.[1]

Contemplar el misterio trinitario

La imagen cristiana de Dios se nos revela en el Evangelio de Jesús. Si recorremos las páginas del Evangelio, si escuchamos las palabras de Jesús y observamos su vida, reconoceremos admirados el anuncio de la paternidad de Dios. Reconoceremos la novedad de un Dios que es Padre bueno y misericordioso (cf. Lc 15,11-32) y que nos conoce y ama personalmente (cf. Mt 6, 25-34).

Es el mismo Jesús quien nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre nuestro en la oración (Mt 6,9-13) y quien en el momento más difícil de su vida, cuando se enfrenta a la cruz, no duda en dirigirse a Dios con la familiaridad de un hijo, de un niño, llamándolo Abbá, Padre (cf. Mc 14,36). Sí, Jesús es el Hijo que siempre está en el Padre (cf. Jn 14,11).



Finalmente es Jesús el que manifiesta la presencia del Espíritu Santo en el mundo, el que lo dona a sus discípulos: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22b-23a); “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

           Así, la fe cristiana se nos muestra como fe trinitaria, pues el encuentro con Jesucristo nos transforma en hijos amados del Padre y nos llena de la presencia interior del Espíritu Santo. Comprendemos entonces que la Santísima Trinidad no es una singular idea humana que trata de explicar la realidad de Dios, sino que su revelación es un don para que nuestra vida sea más humana, más plena. Pero sobre todo al contemplar el misterio trinitario caemos en la cuenta de que su riqueza para nosotros no radica en comprenderlo sino en vivirlo.

Vivir el misterio trinitario

            Nos preguntamos entonces: ¿cómo hacer para vivir el misterio trinitario, el misterio divino? Y la respuesta es paradojal. Para vivir en plenitud el misterio divino, debemos vivir en plenitud el misterio humano.

            Se trata de vivir a fondo nuestra condición humana, lo genuinamente humano. Y al contemplar nuestra condición humana reconocemos en ella una necesidad y una capacidad: la necesidad de ser amados y la capacidad de amar.

Si somos sinceros y nos animamos a escuchar en nuestro interior reconoceremos que “todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica”[2]; todos anhelamos amar y ser amados. Se hace patente entonces que el amor es el instinto fundamental de nuestra alma. El amor es nuestra vocación más genuina.

Y si el amor es nuestra vocación más genuina, entonces las relaciones humanas sanas son la expresión más acabada de esa vocación. En las relaciones humanas, en los vínculos personales, se realizan nuestros anhelos más profundos y a través de esa humanidad en relación aprendemos a experimentar y comprender el misterio de la Santísima Trinidad, pues, la experiencia humana de amor es “expresión, camino y protección” de la experiencia de Dios, del Dios Trinitario[3].

Celebrar el misterio trinitario

            Entonces vivir el amor humano es vivir el misterio trinitario. Y vivir el misterio trinitario en nuestra vida cotidiana nos lleva a celebrarlo. Ya por el Bautismo y por la vida cristiana -misión, amor fraterno y celebración litúrgica- nos adentramos en el misterio trinitario: somos hijos en el Hijo; hijos del Padre por el don del Espíritu Santo que nos abre a los demás.

            Por eso todo el que cree en el Hijo único de Dios tiene Vida eterna (cf. Jn 3,16), porque este creer significa entrar en una relación filial con Dios y fraternal con los demás. Por eso el creer que nos lleva a entrar en este vínculo de amor nos salva. ¡Cada vez que entramos en relación con los demás somos salvados! Y cada vez que nos aislamos de los demás nos condenamos nosotros mismos a la soledad, el egoísmo y la tristeza (cf. Jn 3,18), pues, “la vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos».”[4]

            Y si vivimos en el amor, la vida tiene sentido y se transforma en alegría y celebración que nos lleva a decir con los labios y el corazón:

            “El universo entero
            con gozo glorifique al Padre,
            le tribute honra y alabanza
            por Cristo con María
            en el Espíritu Santo,
            ahora y por los siglos de los siglos. Amén.”[5]



[1]BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus Caritas est sobre el amor cristiano, 1.
[2][2] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Caritas in veritate sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, 1.
[3] KENTENICH J., El Secreto de la vitalidad de Schoenstatt. Segunda parte. Espiritualidad de Alianza (Nueva Patris, Santiago, Chile, 22011), 134-135.
[4] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 27.
[5] KENTENICH J., Hacia el Padre, 185. 

jueves, 5 de junio de 2014

Ascensión del Señor - Permanente e íntima cercanía de Jesús

Ascensión del Señor

Permanente e íntima cercanía de Jesús


Queridos hermanos y hermanas:

Finalizando el tiempo pascual la Iglesia nos invita a contemplar la “ascensión” del Señor, del Resucitado, al Cielo.

¿Qué significa la Ascensión del Señor? ¿Qué celebramos?

Domingo a domingo rezamos en el Credo: “Creo en Jesucristo… …que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.” Y hoy en esta Eucaristía celebramos esta “ascensión”, este “subir a los cielos” de Jesús Resucitado. Pero, ¿comprendemos lo que celebramos? ¿Dejamos que nuestro corazón sea tocado por este misterio de la vida de Jesús?

Queridos amigos, como dice Pablo en la Carta a los Efesios, se trata de valorar la esperanza a la que hemos sido llamados (cf. Ef 1,18).

Y para valorar esta esperanza –esto que esperamos- vale la pena que nos preguntemos: ¿a dónde asciende Jesús Resucitado? Alguno podrá decirme: “la respuesta es obvia: ¡al cielo!”… ¿Realmente es obvia la respuesta? ¿Qué decimos cuando decimos Cielo? ¿Se trata de un lugar alejado en lo más alto del espacio celeste? ¿Se trata de un “lugar”, de un “espacio”? ¿Qué quiere expresar nuestra Fe cuando dice: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios?

Queridos amigos, el Cielo no se trata de un lugar –un espacio más dentro de nuestro mundo humano- sino de la plena comunión con Dios, con el Padre. El Resucitado, aquél que pasó su vida haciendo el bien a los demás y se entregó por cada uno de nosotros, entra en la plena comunión con el Padre. Ya lo había anunciado en el Evangelio según san Juan: “Yo voy al Padre” (Jn 14,12), es más “Yo estoy en el Padre” (Jn 14,11). 

¿Qué significa la Ascensión del Señor para nosotros?

Precisamente, porque Jesús está en el Padre, Él puede estar cercano a cada uno de nosotros, en todo tiempo y lugar. Al entrar en la comunión plena con Dios participa de su omnipresencia.

Así, la Ascensión del Señor significa para nosotros no la lejanía de Jesús, sino su permanente e íntima cercanía.[1] Por eso Él nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El P. José Kentenich ha expresado esta íntima cercanía de Jesús a nosotros en la Eucaristía dirigiéndole una hermosa oración en la comunión: “Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre” (Hacia el Padre 143).

La Ascensión nos señala también la meta de nuestro peregrinar: el Cielo, el corazón de Dios Padre. Todos estamos llamados a llegar allí donde Jesús ha llegado.[2] Así, nuestra vida no es un errar vagabundo, sino un peregrinar hacia el Padre, hacia su corazón, donde todo lo nuestro, todo lo humano, tiene un lugar.

Sí, hoy nos alegramos y le damos gracias a Dios, porque en la Ascensión de su Hijo nuestra humanidad es elevada junto a Él.[3] Y eso nos señala que todas las dimensiones de nuestra vida –personal, familiar, laboral y comunitaria- y todas las dimensiones de nuestra personalidad –intelecto, voluntad, sentimientos, afectos, cuerpo y sexualidad- tienen un lugar junto a Dios. Sí, Jesús Resucitado lleva consigo nuestra humanidad a la plena comunión con Dios, con el Padre. Nada hay de nuestra humanidad que no podamos compartir con Dios nuestro Padre.

Queridos amigos, el Cielo es el corazón del Padre, el hogar definitivo. Jesús habita ya allí y por eso puede habitar en nuestros corazones. Y su constante cercanía anima nuestro peregrinar hacia el Padre.

Peregrinemos hoy, peregrinemos en la oración cada día al corazón del Padre y pongamos toda nuestra vida humana en su corazón. Que así sea. Amén.  


[1] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jesrusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 326s.
[2] “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones… …Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2.3).
[3] Cf. Oración colecta de la Solemnidad de la Ascensión de Señor.

domingo, 20 de abril de 2014

La Alegría de la Resurrección - Meditación Pascual 2014

Vigilia Pascual 2014

La Alegría de la Resurrección

“Alégrese en el cielo el coro de los ángeles… Alégrese la tierra inundada de tanta luz… Alégrese la Iglesia…”.[1] Es la invitación llena de gozo con la cual hemos iniciado esta Vigilia Pascual, y es el saludo con el cual el Resucitado sale al encuentro de las mujeres que fueron a buscarlo al sepulcro: “Alégrense” (Mt 28,9).


Triduo Pascual: acción de Cristo y de su Iglesia

            En este Sagrado Triduo Pascual que hemos celebrado y vivido con intensidad de corazón, hemos comprendido de qué se trata el Misterio Pascual: lo que Jesús hizo y sigue haciendo por cada uno  de nosotros, amarnos hasta el fin (cf. Jn 13,1). Y en estos días santos nos hemos implicado en el actuar de Jesús: con Él nos arrodillamos para lavar con humildad y cuidado los pies de nuestros hermanos; con Él compartimos su Cuerpo y su Sangre; con Él nos postramos en tierra acompañándolo en su muerte, en su entrega de amor. ¡Cuánto nos dolió verlo crucificado! ¡Cuánto nos duele la cruz de nuestro pecado! ¡Cuán frágil lo vimos en el descendimiento de la cruz!

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro (Mt 28,1)

            Y como las mujeres del evangelio, “pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana” hemos venido a visitar el sepulcro (cf. Mt 28,1). Sí, luego de la cruz del pecado y de la oscuridad del aislamiento y la soledad que es la muerte buscamos a Jesús… En estos días creo que muchos pudimos experimentar cuán pesada y dolorosa es la cruz del pecado; cuán pesada y dolorosa es la cruz de la “tristeza individualista”[2]; y así, pudimos tomar conciencia de la soledad y la oscuridad de la muerte a la que nos conduce el pecado.

            Sí, buscamos a Jesús, ¡pero Él no está en el sepulcro! ¡Él no está en la oscuridad de la muerte y en el temor! Él, que ha “resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano”[3], como el Cirio Pascual que hemos consagrado hoy.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9)

            Queridos hermanos, hemos iniciado esta Vigilia Pascual en medio de la oscuridad de la muerte, pero Jesús Resucitado sale a nuestro encuentro como Luz que disipa las tinieblas del pecado y del dolor. Su presencia ilumina nuestra vida y nos trae así la alegría de su resurrección. A cada uno y a todos, en esta noche santa Él nos dice: “¡Alégrense!”.

           
     Sí, su presencia trae una alegría luminosa y serena a nuestra vida. Se trata de la Alegría del Evangelio que “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”, porque “quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”[4]

            ¡Alégrense! Ésa es la luz que recibimos en esta noche santa. La resurrección de Jesús es ya el inicio, la primicia, de nuestra propia resurrección. El poder de amor y alegría que es su resurrección significa que la oscuridad del pecado y el dolor no tienen la última palabra. Su resurrección “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar” siempre de nuevo.[5] No importa lo oscuro de nuestro pecado y nuestra tristeza, Jesús ha resucitado y nos regala su luz y su alegría. “No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase.”[6]

            Queridos hermanos, la luz de la alegría que recibimos hoy debemos compartirla sin  temor para que así se acreciente en nuestros corazones. Cuanto más compartimos la alegría de la resurrección, más luminoso se vuelve nuestro corazón, más luminoso se vuelve nuestro rostro y más luminosa se vuelve nuestra vida toda.

            A María, nuestra Madre, que recibió “el alegre consuelo de la resurrección”, le pedimos que la alegría de la resurrección ilumine todas las dimensiones de nuestra vida y llegue allí donde más necesitamos de misericordia. Unidos a toda la Iglesia le decimos:

            “Madre del Evangelio viviente,
            manantial de alegría para los pequeños,
            ruega por nosotros. Amén. Aleluya.”[7]

¡Alégrense! ¡Feliz Pascua de Resurrección!
P. Oscar Iván Saldivar F., I.Sch.



[1] Pregón Pascual
[2] PAPA FRANSICO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2.
[3] Pregón Pascual
[4] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1.
[5] Ídem, 3.
[6] Ibídem
[7] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 288.

sábado, 19 de abril de 2014

Jesús me amó y se entregó por mí - Viernes Santo 2014

Viernes Santo 2014

Jesús me amó y se entregó por mí

Queridos hermanos y hermanas:

            El haber escuchado el relato de la Pasión (Jn 18,1-19,42) en un ambiente de oración y recogimiento nos permite contemplar con profundidad los acontecimientos dramáticos que Jesús ha vivido.

         Ayer (Jueves Santo) lo contemplamos lavando los pies a sus discípulos y lo escuchamos diciendo: “esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”; “esta es mi sangre que se derrama por ustedes”. Y hoy vemos cómo estas palabras de Jesús se hacen realidad.

        Tal vez porque es mi primer Triduo Pascual como sacerdote, ayer quedé profundamente impactado al realizar por primera vez el gesto del Lavatorio de los pies. Tomé conciencia de que la Semana Santa no se trata tanto de lo que nosotros hacemos, sino de lo que Jesús hizo y hace por nosotros.

            Lo que Jesús hizo y hace por nosotros… Y sin embargo cada uno de nosotros está implicado en esta acción de Jesús, en lo que Él hace por nosotros.

La cruz es nuestro pecado

            Y en particular estamos implicados en la cruz de Cristo Jesús… La cruz de Cristo no es un mero dato de la historia de las religiones o un simple recuerdo consignado en los evangelios. Se trata más bien de algo que nos concierne a todos y por ello tiene una profunda actualidad para nosotros. Su cruz es nuestra cruz, su crucifixión es nuestra crucifixión.

           
      En la cruz contemplamos con toda claridad la realidad del pecado y el dolor que causa. ¡Cuántas veces quisiéramos evadir la responsabilidad por nuestro propio dolor y el de los demás! ¡Cuántas veces minimizamos nuestros pecados diciendo que son simples errores o justificándonos en que “todo el mundo lo hace”! Sin embargo la cruz de Jesús nos muestra la seriedad del pecado y el sufrimiento que causa.

            ¡Cuánto nos duele nuestro egoísmo! ¡Cuánto nos duele nuestra indiferencia! ¡Cuánto nos duele aislarnos de los demás y encerrarnos en nosotros mismos! Y el pecado nos duele porque en el fondo sabemos –y sentimos en nuestro interior- que podríamos haber actuado de forma distinta, que podríamos haber obrado el bien, que podríamos haber perdonado, que podríamos haber dado una nueva oportunidad a esa persona que lo pidió.

La cruz de Jesús es la cruz de nuestro pecado donde lo crucificamos a Él, a nuestros hermanos y a nosotros mismos.

La cruz es el amor de Jesús

            Pero en la cruz se dan cita, de forma dramática, nuestro pecado y la misericordia de Dios Padre…  En su cruz, Jesús ha asumido nuestra cruz y ha transformado desde dentro un instrumento de dolor en un signo de amor.

            Sí, Jesús ha asumido la cruz de nuestro pecado y la ha transformado en signo de su amor. Él ha entregado su vida por cada uno de nosotros y por todos aquellos que participan de la vida humana, y, por eso, la cruz se ha transformado para los cristianos en signo de ese amor hasta el fin (cf. Jn 13,1) con el cual Jesús nos amó y nos ama.

            La cruz tiene una profunda actualidad para nosotros porque ella es signo del gran amor de Jesús por nosotros, porque ella nos recuerda lo que Jesús ha hecho y sigue haciendo por nosotros: amarnos hasta el final.


            Queridos hermanos y hermanas, en esta celebración en la cual estamos viviendo el misterio pascual de Cristo, pidámosle a Él la gracia de estar muy cerca suyo en estos días santos para tomar conciencia de lo que Él hace por nosotros y así poder decir con labios y corazón: “esta vida (…), la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20). Que así sea. 

jueves, 17 de abril de 2014

Memorial del amor - Jueves Santo 2014

Jueves Santo 2014

Memorial del amor

Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor iniciamos el Sagrado Triduo Pascual, “en él se actualiza la pasión, muerte y resurrección del Señor”[1]. Así, esta celebración es como la puerta de entrada a estos días santos en los cuales queremos estar más cerca de Jesús para contemplar su vida, para vivir y sentir con Él los acontecimientos dramáticos que nos narran los evangelios y para dejarnos tocar y sanar por su gran amor.  

Jesús, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin (cf. Jn 13,1).

            La misa que celebramos hoy, podríamos decir que está marcada por el evangelio de Juan que narra el lavado de los pies (Jn 13, 1-15) y por el gesto mismo del Lavatorio de los pies que realizaremos luego de la homilía.

            ¿Por qué año tras año volvemos a escuchar una y otra vez este evangelio? ¿Por qué año tras año volvemos a realizar el gesto del Lavatorio de los pies? ¿Se trata acaso de una simple costumbre o de un rito que se debe cumplir? ¿O hay algo más profundo en esta celebración, algo que quiere hablarnos al corazón?

            La perícopa evangélica que hemos escuchado inicia diciendo que Jesús “que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). Se trata del amor de Jesús; del amor de Jesús por sus discípulos; del amor de Jesús por todos y cada uno de nosotros. Ese amor que se expresa en el gesto humilde y delicado del lavado de los pies.

            Pero este gesto humilde y delicado es como un sacramento –como un símbolo- de “todo el misterio de Cristo en su conjunto –de su vida y de su muerte-, en el que Él se acerca a nosotros los hombres”[2]. Sí, toda la vida de Jesús ha sido un acercarse a la humanidad. Sí, Jesús siempre de nuevo se acerca a nosotros para lavar nuestros pies, para refrescar esos pies secos y cansados por el caminar cotidiano; para limpiar el polvo que va ensuciando y cansando nuestro caminar: el polvo del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.[3]

            ¡Qué bien nos hace recordar una y otra vez que Jesús nos amó hasta el fin! ¡Hasta el extremo! Él no se cansa de amar, Él no se cansa de amarnos. Por eso, año tras año escuchamos este evangelio, por eso, año tras año celebramos esta misa; porque el amor de Jesús nos hace bien, nos sana, y ese amor no sólo limpia nuestros pies sino sobre todo nuestro corazón.

            Queridos amigos, esta celebración que estamos viviendo no se trata sólo de una costumbre piadosa o de un rito que hay que cumplir, se trata de recordar el gran amor que Jesús nos tiene, ¡se trata de un memorial del amor!

            A cada uno de nosotros –en algún momento de nuestra vida-, Jesús se acercó y ante nuestra mirada atónita e incrédula se arrodilló y empezó a lavar nuestros pies, tal vez como Pedro estuvimos tentados de decir: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” (Jn 13, 6). Pero el amor de Jesús fue más fuerte que nuestra resistencia y desconfianza, y, al lavar nuestros pies, al lavar nuestro corazón, nos unió a su vida para siempre.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a recordar en esta celebración, los momentos en que han experimentado que Jesús salió a su encuentro y les lavó los pies. Tal vez haya sido a través de una persona cercana, un familiar, un amigo que se hizo presente en un momento de necesidad, o tal vez Jesús quiso acercarse a alguno a través de una palabra de su Evangelio o a través del sacramento de la Reconciliación. El amor de Jesús siempre nos toca, y al tocarnos, lava nuestros pies y refresca nuestro corazón. ¿En qué situación Jesús me amó hasta el fin?            

Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes (Jn 13, 15).

            Queridos amigos, “ser cristiano es ante todo un don, pero que luego se desarrolla en la dinámica del vivir y poner en práctica este don.”[4] Por eso, el gran don del amor de Jesús que hemos recibido al transformarnos interiormente –al lavar y refrescar nuestro corazón-, transforma también nuestra vida, nuestro actuar. Aquel amor en el cual hemos creído y nos ha abierto un nuevo horizonte[5] nos permite a su vez donarnos a los demás. ¡Porque somos amados podemos también amar! A eso se refiere el Señor cuando nos dice: “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 15).

            El memorial del amor que celebramos hoy –y que celebramos en cada Eucaristía- se transforma en tarea de amor que debemos realizar los unos con los otros para mantener vivo este amor de Jesús en nosotros. Sólo el amor que obra permanece vivo y actual.

            Queridos hermanos y hermanas, si queremos experimentar una y otra vez que Jesús nos amó hasta el fin, animémonos también nosotros a amar hasta el fin. ¡No nos cansemos de amar! ¡Que los esposos no se cansen de amar! ¡Que los papás y mamás no se cansen de amar! ¡Que los hijos no se cansen de amar! ¡Que los hermanos no se cansen de amar! ¡Que los sacerdotes y consagrados no se cansen de amar!

            Que el amor hasta el fin de Jesús nos vuelva a tocar en estos días santos y que así, cada vez que celebremos Eucaristía y cada vez que amemos hasta el fin, lo hagamos en memoria de Jesús (cf. 1 Co 11, 24-25), en memoria de su amor. Que así sea.  
  




[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Misal Romano Cotidiano, página 470.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), página 80.
[3] Cf. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre naca y renace la alegría.”
[4] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, página 83.
[5] Cf. BENEDICTO XVI, Deus Caritas est 1.