La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

domingo, 17 de agosto de 2014

El camino de la mujer cananea

El camino de la mujer cananea: el camino de la pequeñez

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de hoy (Mt 15,21-28)[1] nos presenta el encuentro entre Jesús y una mujer cananea. Una mujer que no pertenece al pueblo de Israel, una mujer que no participa del culto y de las tradiciones religiosas de Israel. Y sin embargo, una mujer que busca a Jesús, que busca al Señor.

Más que un encuentro, el evangelio nos relata el camino que la mujer cananera tuvo que hacer para encontrarse con Jesús y recibir de Él la gracia que tanto anhelaba y necesitaba. Observemos el camino que hizo esta mujer.

Tres actitudes de la mujer cananea

Lo primero que debería llamar nuestra atención es el hecho de que la mujer cananea grita su necesidad, grita buscando a Jesús: “Entonces una mujer cananea (…) comenzó a gritar: « ¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio.» (Mt 15,22). Sí, esta mujer no  sólo pide, sino que grita, clama pidiendo auxilio, misericordia. No tiene vergüenza de reconocer su necesidad, no la esconde. Grita tanto que otros la escuchan, grita tanto que los discípulos se incomodan (cf. Mt 15,23b).

Es un grito que nace del alma, de la impotencia de uno mismo y de la confianza en Jesús. Como dice el salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.” (Salmo 129,1-2).[2] Sí, se trata de gritar en presencia del Señor, de clamar al Señor desde lo hondo de nuestra existencia, desde lo hondo de nuestros pecados y heridas.


Y aún, cuando el Señor “no le respondió nada” (Mt 15,23a), la mujer cananea no se  cansa de hacer oír su súplica y “fue a postrarse ante él y le dijo: « ¡Señor, socórreme!».” (Mt 15,25).

Del grito, la mujer pasa a la postración. Postrarse en tierra es signo de reverencia, de humildad y de respeto, y también de penitencia.[3] Con su cuerpo expresa su pequeñez, su desvalimiento, su confiarse totalmente a Jesús. Aquello que ella ha expresado ya con sus labios, lo expresa ahora con su cuerpo.

Finalmente, la mujer cananea se humilla, humilla su corazón ante el Señor Jesús. Ante la dura respuesta de Jesús: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”, ella responde: “¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” (Mt 15, 26-27).

Ella reconoce que no pertenece al pueblo de Israel, a los “hijos” a los que se refiere Jesús. En ese sentido, se reconoce sin mérito alguno y así apela a la misericordia de Dios. Es como si le dijera: “Señor, no tengo nada que ofrecerte, sólo mi necesidad y desvalimiento, sólo mi pequeñez”. Y ante esta pequeñez, Jesús se conmueve y reconoce en la pequeñez de la mujer su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).

El camino de la pequeñez

La mujer cananea ha hecho un camino para encontrase con Jesús. Podríamos decir que es el camino de la pequeñez, de la humildad ante Jesús.

Un camino que también nosotros podemos hacer en nuestra oración y en nuestra vida. Este camino de humildad pareciera tener, a lo menos, tres pasos, que son tres actos y actitudes: el grito, la postración y la humillación.

Y estos tres actos y actitudes pueden indicarnos a nosotros tres grados de nuestra oración de pequeñez ante el Señor Jesús: labios, cuerpo y corazón.

Sí, nuestra oración de pequeñez puede iniciarse ante Jesús como un grito con nuestros labios: “¡Señor ten piedad de mí!”. Y junto con este grito del alma, se trata cultivar una actitud ante Jesús, la de la súplica humilde, sincera e insistente.

Si con nuestros labios invocamos la ayuda de Jesús, entonces con humildad podemos postrarnos ante Él y así renunciar a nuestra auto-suficiencia. En la oración personal podemos postrarnos ante Jesús, y expresar con nuestro cuerpo que renunciamos a nuestra pretensión de auto-suficiencia. Postrarnos ante Él en la oración –y en la vida- es reconocer que Él es Señor, que Él es el que puede sanarnos, liberarnos y guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cf. Lc 1,79).

Así, el postrarnos  puede ayudarnos a interiorizar nuestra conciencia de dependencia de Jesús y hacer que nuestro corazón se haga humilde, pequeño. Es el corazón el que debemos humillar ante Jesús, es el corazón el que debemos empequeñecer para dárselo a Jesús. Un corazón pequeño conoce y reconoce sus pecados y fragilidades, y por ello se confía totalmente a Jesús. Un corazón humilde es un corazón que confía.

Y cuando hacemos este camino de pequeñez, entonces nos encontramos con Jesús, entonces Él nos muestra que porque tenemos un corazón humilde, pequeño, nuestro corazón puede crecer, puede llegar a ser grande por la fe, por la confianza en Él.

Cuando aceptamos nuestra pequeñez –nuestra total dependencia de Jesús- entonces Él nos muestra nuestra verdadera grandeza, la grandeza de nuestra fe, de nuestra confianza en Él: “¡Qué grande es tu fe! ¡Qué grande es tu confianza!”. Y cuando renunciamos a la grandeza de nuestra autosuficiencia, y aceptamos vivir de la grandeza de la fe, entonces iniciamos nuestro camino de sanación, nuestro camino de liberación, nuestro camino de plenitud, y así experimentamos que el Señor hace brillar su rostro sobre nosotros (cf. Salmo 66,2) y sacia los anhelos más profundos de nuestro corazón.

Amén.    



[1] Domingo 17 de agosto de 2014, DOMINGO 20° DURANTE EL AÑO, CICLO A.
[2] Tomado de la Salmodia de Completas del día miércoles, LITURGIA DE LAS HORAS. En la Biblia de Jerusalén la numeración de este salmo es 130 (129).
[3] Cf. JOSÉ ALDAZÁBAL, Gestos y Símbolos (Buenos Aires, Agape Libros 2007), 238.

viernes, 15 de agosto de 2014

La Asunción de María: destino de la Iglesia

La Asunción de María: destino de la Iglesia

“Madre, así como pasaste con el Señor por la vida,
con Él viviste,
amaste y sufriste,
ahora, una vez terminado el curso de la existencia,
te asume Él con cuerpo y alma al cielo.
            De corazón participo,
            Madre, en tu dicha y la suya,
            e imploro un destino semejante para el mundo.” (Hacia el Padre, 354).

Cada 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo. Les propongo que meditemos en este misterio de la vida de María que nos concierne a cada uno de nosotros y a toda la Iglesia.

Pasaste con el Señor por la vida

El P. José Kentenich inicia la meditación de este misterio mariano diciéndole a la Mater: “Madre, así como pasaste con el Señor por la vida…”. Esta declaración no se trata de un pensamiento piadoso o cariñoso, se trata más bien de una constatación de la misión de María al lado de Jesús.


Si recorremos las páginas del Evangelio veremos cómo María ha estado íntimamente unida a Jesús a lo largo de su vida, desde la misma concepción virginal y nacimiento de Jesús (cf. Lc 1,35. 2,6-7), pasando por sus primeros signos (cf. Jn 2,1-11) hasta la cruz (cf. Jn 19,25-27) y el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés (cf. Hch 1,14). Verdaderamente María “ha pasado con el Señor por la vida”. Ella ha caminado por la vida con Jesús y sus discípulos.

Este constante caminar de María al lado de Jesús nos descubre que Ella es la Colaboradora y Compañera de Jesucristo en toda su obra de Redención.

Te asume Él con cuerpo y alma al cielo

            Y porque Ella ha estado unida a Jesús durante su vida “una vez terminado el curso de la existencia” el Señor la asume “con cuerpo y alma al cielo”. Si tomamos conciencia de que la fe de la Iglesia siempre contempla a María en “estrechísima unión con su divino Hijo y participando siempre de su suerte”[1], comprenderemos que la Asunción es consecuencia de la fidelidad de Dios a las personas en su plan de salvación. Aquella que fue llamada a participar de la vida terrena de Jesús, es también llamada a participar de su vida gloriosa en el cielo.

            Y esta participación en la vida gloriosa de Jesús se realiza “en cuerpo y alma”; es decir, la totalidad de la persona humana de María participa de la vida plena del Resucitado.

            Cuando hablamos de la asunción en cuerpo y alma de María al cielo no debemos imaginar una nueva localización del cuerpo de María. Por el contrario, debemos pensar en un cambio de estado del cuerpo de María. Se trata del paso de la condición terrena a la condición gloriosa de la totalidad de su persona, que se encuentra unida al cuerpo espiritual y glorioso de su Hijo.

Un destino semejante para el mundo

            Pero este misterio salvífico está lejos de ser un “privilegio mariano” aislado. Se trata más bien de una realización de la Historia de Salvación. Historia que siempre involucra a toda la Iglesia y a toda la humanidad. Historia que es obra de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Historia en la cual Dios se anticipa al hombre, lo fundamenta, posibilita su respuesta libre y lo lleva a su plenitud.

            Por ello, la Asunción de María señala el destino de toda la Iglesia y de toda la humanidad redimida. Así como María fue asumida en cuerpo y alma al Cielo, también nosotros seremos asumidos en la totalidad de nuestra persona y de nuestra vida a la presencia plena y definitiva del Resucitado. Pero para llegar a este destino, debemos, como María, peregrinar por la vida con Cristo Jesús y con sus discípulos. Si con Él vivimos, amamos y sufrimos, entonces participaremos también plenamente de su vida nueva.

            Por ello ya desde ahora con esperanza podemos decir: “De corazón participo, Madre, en tu dicha y la suya, e imploro un destino semejante para el mundo.” Amén.



[1] PAPA PIO XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Jesús vio, se compadeció y sanó

Jesús vio, se compadeció y sanó

Queridos hermanos y hermanas:

¡Qué gran consuelo recibimos al escuchar las palabras del Evangelio de hoy! (Mt 14,13-21).[1] “Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos” (Mt 14,14).

Una mirada compasiva

Siempre me consuela el escuchar que Jesús “ve”… En más de una ocasión escuchamos en el Evangelio que Jesús “ve”, que Jesús “mira” a las personas con amor (cf. Jn 9,9: “vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento”; Mt 9,9: “al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo”; Mc 10,21: “Jesús, fijando en él su mirada, le amó”).

Jesús no es una persona que va por la vida sin interesarse por los demás… Él mira los rostros de aquellos con quienes se encuentra. Incluso mira con detenimiento y amor a aquellos que no puede verlo. ¡Y ese es nuestro gran consuelo!

Aunque nosotros no lo veamos a Jesús –e incluso a veces nos sintamos alejados de Él-; Él nos mira. Él nos mira con amor y ve nuestra vida, nuestras necesidades, nuestras fragilidades y carencias.


 “Jesús vio… se compadeció y sanó”. La mirada de Jesús no es una mirada ávida y curiosa, tampoco es una mirada inquisidora. Su mirada es una mirada compasiva. “Compadecer” viene de “padecer con”. Jesús padece, sufre nuestros sufrimientos, vive nuestras carencias, y su presencia en esas circunstancias es ya consuelo. Muchas veces el sufrimiento físico o moral puede ser un “lugar” para experimentar la compasión y el consuelo de Cristo Jesús, un lugar para experimentar su compañía.

Aceptar, entregar y dejarnos aceptar

Pero para ello debemos aprender a entregar nuestro sufrimiento, nuestra carencia, nuestra fragilidad. Entregársela a Jesús en la oración, en el diálogo sincero y personal. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo poner en manos de Jesús el sufrimiento, la carencia y la fragilidad?
No es imposible, pero requiere valentía…

La valentía de aceptar nuestra realidad. Aceptar nuestros sufrimientos, carencias y fragilidades. Aceptarlas y no huir de ellas, esconderlas, negarlas. Aceptar nuestra pequeñez.

Cuando negamos nuestra pequeñez experimentamos lo que el profeta Isaías nos reprocha: “¿Por qué gastan en algo que no alimenta?” (Is 55,2). Sí, la negación de nuestra realidad desgasta nuestras fuerzas y no nos alimenta.

Entregarle a Jesús nuestra pequeñez… Se trata de acudir a Él con confianza, sin temor para compartir con Él nuestra pequeñez… Ya sea en la oración personal, en el sacramento de la Reconciliación u ofreciendo nuestros límites y sufrimientos junto al pan y el vino en la Eucaristía, Jesús recibe nuestra pequeñez, Él nos acoge, Él nos acompaña y compadece con nosotros.

En esta entrega descansamos y aprendemos que “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.”[2]

Y cuando nos entregamos Jesús recibimos su amor, su compañía, su misericordia. Y sobre todo la certeza de que en sus manos todo tiene sentido, también nuestros límites, nuestras fragilidades. Cuando nos dejamos aceptar por Jesús en nuestras fragilidades entonces vivimos, entonces somos sanados. No porque nuestros límites hayan desaparecido sino porque los vivimos con Cristo Jesús. “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?” (Rm 8,35).

Amados para amar

Somos amados para amar, aceptados para aceptar; y por eso Jesús nos pide: “denles de comer ustedes mismos” (Mt 14,16).

Sí, con Jesús nuestras carencias se vuelven abundancia para compartir, consuelo para consolar, sabiduría para aconsejar, ternura para acompañar y alegría para vivir. Que así sea. Amén.






[1] Domingo 3 de agosto de 2014, DOMINGO 18° DURANTE EL AÑO, CICLO A.
[2] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 37.

sábado, 5 de julio de 2014

Alegría y vida nueva con Jesús

MISA JUVENIL – PASTORAL DE JUVENTUD PIRIBEBUY
Am 9, 11-15; Sal 84, 9.11-14; Mt 9, 14-17

Queridos amigos y amigas:

¡Qué alegría verlos aquí en el Santuario de Ñandejara Guasu! ¡Qué alegría reunirnos como Pastoral Juvenil, como jóvenes amigos de Cristo! Juntos, hoy celebramos esta misa juvenil, la primera que nos animamos a realizar aquí en Piribebuy. Ojalá sea un espacio que cada uno pueda sentir como propio, un espacio de encuentro juvenil, un espacio de encuentro con Jesús.

Sí, es el mismo Jesús el que a cada uno de nosotros nos llama constantemente y nos invita a vivir en amistad con Él, a descubrirlo a Él presente y actuante en nuestras vidas. A descubrir su estilo de vida, a descubrir que viviendo con Él y como Él podemos llegar a ser plenos y felices.

Alegría con Jesús

Y en el Evangelio de hoy (Mt 9, 14-17) Jesús nos llama justamente a la alegría y a la novedad de vida. Meditemos juntos este texto.

“¿Por qué tus discípulos no ayunan?... Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” Mt 9, 14-15.

¿Por qué los discípulos de Jesús no ayunan? El ayuno, tan característico de nuestra Cuaresma, ya en tiempos de Jesús era una señal de penitencia, pero de una penitencia en preparación para algo que ha de venir. El ayuno, el privarse de alimentos, debía ayudar a preparar el cuerpo y el corazón –la totalidad de la persona humana- para el encuentro con Dios. Y este ayunar, este privarse voluntariamente de algo, tenía sin duda una dimensión de esfuerzo, de sacrificio.

Entonces, ¿por qué no ayunan los discípulos de Jesús? Porque aquello que esperaban, para lo cual se preparaban, ha llegado ya, ha acontecido ya. Jesús está en medio de ellos, no hay ya razón para ayunar sino para alegrarse. Así lo expresa el mismo Jesús: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9,15a). Cuando Jesús está con nosotros no hay motivos para la tristeza, para el dolor. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[1]

Cada uno de nosotros está llamado a ser ese amigo o amiga del “Esposo”, de Jesús.[2] Cada uno de nosotros está llamado a compartir toda su vida con Él. Compartir alegrías, proyectos, dudas, esperanzas, tristezas. Todo, todo tiene cabida en la amistad con Jesús y nada de lo nuestro puede quedar fuera de su corazón.

Y el saber, y experimentar, que hay Alguien que me cobija en su corazón me da una profunda paz y alegría… Nada hay de lo nuestro, de lo humano, que no tenga lugar en el corazón de Jesús.

Vida nueva con Jesús

Y cuando Jesús nos llama a vivir con Él, lo hace también para que aprendamos a vivir cómo Él. La amistad con Jesús nos regala una profunda alegría que nadie podrá quitarnos, pero también, la amistad con Jesús nos propone una vida nueva que no podemos vivirla a medias.

“Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.” Mt 9, 16.

Sí, la alegría de la amistad con Jesús va ganando de a poco las distintas dimensiones de nuestra vida. Esa vida que ponemos en el corazón de Jesús, Él la quiere ir transformando de a poco en vida nueva, en vida plena.

Y esa vida nueva con Jesús es como una tela nueva, como un vestido nuevo, como una remera nueva que se nos regala… Como el mismo Jesús dice en el Evangelio, a ninguno de nosotros se nos ocurriría recortar un pedazo de una remera nueva para parchar o remendar una remera vieja. ¿Alguno lo haría?

Sí, Jesús nos propone revestirnos con una vida nueva, con su vida, por eso nos ofrece su vida en cada misa, en cada sacramento que celebramos con fe. Y esa vida nueva cada uno de nosotros la ha recibido ya en el Bautismo y la ha fortalecido en la Confirmación. Sin embargo, siempre corremos el riesgo de querer abandonar esa vida nueva, esa remera nueva, y volver a nuestra vida vieja, a nuestras remeras arrugadas y desgastadas, y a veces queremos parchar nuestra vida vieja con algo de la nueva.

Queridos amigos, vivir con Jesús y como Jesús es exigente pero hermoso. Todos sentimos en el corazón el anhelo de felicidad y plenitud. Todos queremos hacer algo hermoso y que valga la pena con nuestras vidas. ¡Ninguno de nosotros quiere una vida parchada o remendada! ¡No nos conformemos con la mediocridad!

Si estamos tentados a vivir sólo a medias, pidámosle a Jesús que Él nos ayude a descubrirlo, que Él nos ayude a experimentar la profunda alegría de su amistad, para que con Él descubramos el camino hacia una vida nueva, una vida que no se vive a medias, sino con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. La mediocridad nos entristece y nos gasta, la generosidad nos alegra y renueva. ¡Revistámonos con la generosidad de Cristo! Y así experimentaremos que Él está con nosotros en el camino de la vida. Que así sea. Amén.  




[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, 1.
[2] El novio o esposo es Jesús; sus compañeros, o «pajes de honor», no pueden ayunar porque los tiempos mesiánicos (simbolizados en el banquete de bodas) han comenzado. Cf. BIBLIA DE JERUSALÉN nota al versículo Mt 9, 15.

martes, 17 de junio de 2014

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Santísima Trinidad

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Luego del Tiempo Pascual la liturgia nos invita a contemplar, vivir y celebrar el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio central de nuestra fe cristiana pues se trata de la “imagen cristiana de Dios y también [de] la consiguiente imagen cristiana del hombre y de su camino”.[1]

Contemplar el misterio trinitario

La imagen cristiana de Dios se nos revela en el Evangelio de Jesús. Si recorremos las páginas del Evangelio, si escuchamos las palabras de Jesús y observamos su vida, reconoceremos admirados el anuncio de la paternidad de Dios. Reconoceremos la novedad de un Dios que es Padre bueno y misericordioso (cf. Lc 15,11-32) y que nos conoce y ama personalmente (cf. Mt 6, 25-34).

Es el mismo Jesús quien nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre nuestro en la oración (Mt 6,9-13) y quien en el momento más difícil de su vida, cuando se enfrenta a la cruz, no duda en dirigirse a Dios con la familiaridad de un hijo, de un niño, llamándolo Abbá, Padre (cf. Mc 14,36). Sí, Jesús es el Hijo que siempre está en el Padre (cf. Jn 14,11).



Finalmente es Jesús el que manifiesta la presencia del Espíritu Santo en el mundo, el que lo dona a sus discípulos: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22b-23a); “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

           Así, la fe cristiana se nos muestra como fe trinitaria, pues el encuentro con Jesucristo nos transforma en hijos amados del Padre y nos llena de la presencia interior del Espíritu Santo. Comprendemos entonces que la Santísima Trinidad no es una singular idea humana que trata de explicar la realidad de Dios, sino que su revelación es un don para que nuestra vida sea más humana, más plena. Pero sobre todo al contemplar el misterio trinitario caemos en la cuenta de que su riqueza para nosotros no radica en comprenderlo sino en vivirlo.

Vivir el misterio trinitario

            Nos preguntamos entonces: ¿cómo hacer para vivir el misterio trinitario, el misterio divino? Y la respuesta es paradojal. Para vivir en plenitud el misterio divino, debemos vivir en plenitud el misterio humano.

            Se trata de vivir a fondo nuestra condición humana, lo genuinamente humano. Y al contemplar nuestra condición humana reconocemos en ella una necesidad y una capacidad: la necesidad de ser amados y la capacidad de amar.

Si somos sinceros y nos animamos a escuchar en nuestro interior reconoceremos que “todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica”[2]; todos anhelamos amar y ser amados. Se hace patente entonces que el amor es el instinto fundamental de nuestra alma. El amor es nuestra vocación más genuina.

Y si el amor es nuestra vocación más genuina, entonces las relaciones humanas sanas son la expresión más acabada de esa vocación. En las relaciones humanas, en los vínculos personales, se realizan nuestros anhelos más profundos y a través de esa humanidad en relación aprendemos a experimentar y comprender el misterio de la Santísima Trinidad, pues, la experiencia humana de amor es “expresión, camino y protección” de la experiencia de Dios, del Dios Trinitario[3].

Celebrar el misterio trinitario

            Entonces vivir el amor humano es vivir el misterio trinitario. Y vivir el misterio trinitario en nuestra vida cotidiana nos lleva a celebrarlo. Ya por el Bautismo y por la vida cristiana -misión, amor fraterno y celebración litúrgica- nos adentramos en el misterio trinitario: somos hijos en el Hijo; hijos del Padre por el don del Espíritu Santo que nos abre a los demás.

            Por eso todo el que cree en el Hijo único de Dios tiene Vida eterna (cf. Jn 3,16), porque este creer significa entrar en una relación filial con Dios y fraternal con los demás. Por eso el creer que nos lleva a entrar en este vínculo de amor nos salva. ¡Cada vez que entramos en relación con los demás somos salvados! Y cada vez que nos aislamos de los demás nos condenamos nosotros mismos a la soledad, el egoísmo y la tristeza (cf. Jn 3,18), pues, “la vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos».”[4]

            Y si vivimos en el amor, la vida tiene sentido y se transforma en alegría y celebración que nos lleva a decir con los labios y el corazón:

            “El universo entero
            con gozo glorifique al Padre,
            le tribute honra y alabanza
            por Cristo con María
            en el Espíritu Santo,
            ahora y por los siglos de los siglos. Amén.”[5]



[1]BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus Caritas est sobre el amor cristiano, 1.
[2][2] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Caritas in veritate sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, 1.
[3] KENTENICH J., El Secreto de la vitalidad de Schoenstatt. Segunda parte. Espiritualidad de Alianza (Nueva Patris, Santiago, Chile, 22011), 134-135.
[4] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 27.
[5] KENTENICH J., Hacia el Padre, 185. 

jueves, 5 de junio de 2014

Ascensión del Señor - Permanente e íntima cercanía de Jesús

Ascensión del Señor

Permanente e íntima cercanía de Jesús


Queridos hermanos y hermanas:

Finalizando el tiempo pascual la Iglesia nos invita a contemplar la “ascensión” del Señor, del Resucitado, al Cielo.

¿Qué significa la Ascensión del Señor? ¿Qué celebramos?

Domingo a domingo rezamos en el Credo: “Creo en Jesucristo… …que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.” Y hoy en esta Eucaristía celebramos esta “ascensión”, este “subir a los cielos” de Jesús Resucitado. Pero, ¿comprendemos lo que celebramos? ¿Dejamos que nuestro corazón sea tocado por este misterio de la vida de Jesús?

Queridos amigos, como dice Pablo en la Carta a los Efesios, se trata de valorar la esperanza a la que hemos sido llamados (cf. Ef 1,18).

Y para valorar esta esperanza –esto que esperamos- vale la pena que nos preguntemos: ¿a dónde asciende Jesús Resucitado? Alguno podrá decirme: “la respuesta es obvia: ¡al cielo!”… ¿Realmente es obvia la respuesta? ¿Qué decimos cuando decimos Cielo? ¿Se trata de un lugar alejado en lo más alto del espacio celeste? ¿Se trata de un “lugar”, de un “espacio”? ¿Qué quiere expresar nuestra Fe cuando dice: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios?

Queridos amigos, el Cielo no se trata de un lugar –un espacio más dentro de nuestro mundo humano- sino de la plena comunión con Dios, con el Padre. El Resucitado, aquél que pasó su vida haciendo el bien a los demás y se entregó por cada uno de nosotros, entra en la plena comunión con el Padre. Ya lo había anunciado en el Evangelio según san Juan: “Yo voy al Padre” (Jn 14,12), es más “Yo estoy en el Padre” (Jn 14,11). 

¿Qué significa la Ascensión del Señor para nosotros?

Precisamente, porque Jesús está en el Padre, Él puede estar cercano a cada uno de nosotros, en todo tiempo y lugar. Al entrar en la comunión plena con Dios participa de su omnipresencia.

Así, la Ascensión del Señor significa para nosotros no la lejanía de Jesús, sino su permanente e íntima cercanía.[1] Por eso Él nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El P. José Kentenich ha expresado esta íntima cercanía de Jesús a nosotros en la Eucaristía dirigiéndole una hermosa oración en la comunión: “Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre” (Hacia el Padre 143).

La Ascensión nos señala también la meta de nuestro peregrinar: el Cielo, el corazón de Dios Padre. Todos estamos llamados a llegar allí donde Jesús ha llegado.[2] Así, nuestra vida no es un errar vagabundo, sino un peregrinar hacia el Padre, hacia su corazón, donde todo lo nuestro, todo lo humano, tiene un lugar.

Sí, hoy nos alegramos y le damos gracias a Dios, porque en la Ascensión de su Hijo nuestra humanidad es elevada junto a Él.[3] Y eso nos señala que todas las dimensiones de nuestra vida –personal, familiar, laboral y comunitaria- y todas las dimensiones de nuestra personalidad –intelecto, voluntad, sentimientos, afectos, cuerpo y sexualidad- tienen un lugar junto a Dios. Sí, Jesús Resucitado lleva consigo nuestra humanidad a la plena comunión con Dios, con el Padre. Nada hay de nuestra humanidad que no podamos compartir con Dios nuestro Padre.

Queridos amigos, el Cielo es el corazón del Padre, el hogar definitivo. Jesús habita ya allí y por eso puede habitar en nuestros corazones. Y su constante cercanía anima nuestro peregrinar hacia el Padre.

Peregrinemos hoy, peregrinemos en la oración cada día al corazón del Padre y pongamos toda nuestra vida humana en su corazón. Que así sea. Amén.  


[1] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jesrusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 326s.
[2] “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones… …Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2.3).
[3] Cf. Oración colecta de la Solemnidad de la Ascensión de Señor.