La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

martes, 17 de junio de 2014

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Santísima Trinidad

Contemplar, vivir y celebrar el misterio trinitario

Luego del Tiempo Pascual la liturgia nos invita a contemplar, vivir y celebrar el misterio de la Santísima Trinidad. Misterio central de nuestra fe cristiana pues se trata de la “imagen cristiana de Dios y también [de] la consiguiente imagen cristiana del hombre y de su camino”.[1]

Contemplar el misterio trinitario

La imagen cristiana de Dios se nos revela en el Evangelio de Jesús. Si recorremos las páginas del Evangelio, si escuchamos las palabras de Jesús y observamos su vida, reconoceremos admirados el anuncio de la paternidad de Dios. Reconoceremos la novedad de un Dios que es Padre bueno y misericordioso (cf. Lc 15,11-32) y que nos conoce y ama personalmente (cf. Mt 6, 25-34).

Es el mismo Jesús quien nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre nuestro en la oración (Mt 6,9-13) y quien en el momento más difícil de su vida, cuando se enfrenta a la cruz, no duda en dirigirse a Dios con la familiaridad de un hijo, de un niño, llamándolo Abbá, Padre (cf. Mc 14,36). Sí, Jesús es el Hijo que siempre está en el Padre (cf. Jn 14,11).



Finalmente es Jesús el que manifiesta la presencia del Espíritu Santo en el mundo, el que lo dona a sus discípulos: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 22b-23a); “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

           Así, la fe cristiana se nos muestra como fe trinitaria, pues el encuentro con Jesucristo nos transforma en hijos amados del Padre y nos llena de la presencia interior del Espíritu Santo. Comprendemos entonces que la Santísima Trinidad no es una singular idea humana que trata de explicar la realidad de Dios, sino que su revelación es un don para que nuestra vida sea más humana, más plena. Pero sobre todo al contemplar el misterio trinitario caemos en la cuenta de que su riqueza para nosotros no radica en comprenderlo sino en vivirlo.

Vivir el misterio trinitario

            Nos preguntamos entonces: ¿cómo hacer para vivir el misterio trinitario, el misterio divino? Y la respuesta es paradojal. Para vivir en plenitud el misterio divino, debemos vivir en plenitud el misterio humano.

            Se trata de vivir a fondo nuestra condición humana, lo genuinamente humano. Y al contemplar nuestra condición humana reconocemos en ella una necesidad y una capacidad: la necesidad de ser amados y la capacidad de amar.

Si somos sinceros y nos animamos a escuchar en nuestro interior reconoceremos que “todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica”[2]; todos anhelamos amar y ser amados. Se hace patente entonces que el amor es el instinto fundamental de nuestra alma. El amor es nuestra vocación más genuina.

Y si el amor es nuestra vocación más genuina, entonces las relaciones humanas sanas son la expresión más acabada de esa vocación. En las relaciones humanas, en los vínculos personales, se realizan nuestros anhelos más profundos y a través de esa humanidad en relación aprendemos a experimentar y comprender el misterio de la Santísima Trinidad, pues, la experiencia humana de amor es “expresión, camino y protección” de la experiencia de Dios, del Dios Trinitario[3].

Celebrar el misterio trinitario

            Entonces vivir el amor humano es vivir el misterio trinitario. Y vivir el misterio trinitario en nuestra vida cotidiana nos lleva a celebrarlo. Ya por el Bautismo y por la vida cristiana -misión, amor fraterno y celebración litúrgica- nos adentramos en el misterio trinitario: somos hijos en el Hijo; hijos del Padre por el don del Espíritu Santo que nos abre a los demás.

            Por eso todo el que cree en el Hijo único de Dios tiene Vida eterna (cf. Jn 3,16), porque este creer significa entrar en una relación filial con Dios y fraternal con los demás. Por eso el creer que nos lleva a entrar en este vínculo de amor nos salva. ¡Cada vez que entramos en relación con los demás somos salvados! Y cada vez que nos aislamos de los demás nos condenamos nosotros mismos a la soledad, el egoísmo y la tristeza (cf. Jn 3,18), pues, “la vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos».”[4]

            Y si vivimos en el amor, la vida tiene sentido y se transforma en alegría y celebración que nos lleva a decir con los labios y el corazón:

            “El universo entero
            con gozo glorifique al Padre,
            le tribute honra y alabanza
            por Cristo con María
            en el Espíritu Santo,
            ahora y por los siglos de los siglos. Amén.”[5]



[1]BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus Caritas est sobre el amor cristiano, 1.
[2][2] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Caritas in veritate sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, 1.
[3] KENTENICH J., El Secreto de la vitalidad de Schoenstatt. Segunda parte. Espiritualidad de Alianza (Nueva Patris, Santiago, Chile, 22011), 134-135.
[4] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 27.
[5] KENTENICH J., Hacia el Padre, 185. 

jueves, 5 de junio de 2014

Ascensión del Señor - Permanente e íntima cercanía de Jesús

Ascensión del Señor

Permanente e íntima cercanía de Jesús


Queridos hermanos y hermanas:

Finalizando el tiempo pascual la Iglesia nos invita a contemplar la “ascensión” del Señor, del Resucitado, al Cielo.

¿Qué significa la Ascensión del Señor? ¿Qué celebramos?

Domingo a domingo rezamos en el Credo: “Creo en Jesucristo… …que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.” Y hoy en esta Eucaristía celebramos esta “ascensión”, este “subir a los cielos” de Jesús Resucitado. Pero, ¿comprendemos lo que celebramos? ¿Dejamos que nuestro corazón sea tocado por este misterio de la vida de Jesús?

Queridos amigos, como dice Pablo en la Carta a los Efesios, se trata de valorar la esperanza a la que hemos sido llamados (cf. Ef 1,18).

Y para valorar esta esperanza –esto que esperamos- vale la pena que nos preguntemos: ¿a dónde asciende Jesús Resucitado? Alguno podrá decirme: “la respuesta es obvia: ¡al cielo!”… ¿Realmente es obvia la respuesta? ¿Qué decimos cuando decimos Cielo? ¿Se trata de un lugar alejado en lo más alto del espacio celeste? ¿Se trata de un “lugar”, de un “espacio”? ¿Qué quiere expresar nuestra Fe cuando dice: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios?

Queridos amigos, el Cielo no se trata de un lugar –un espacio más dentro de nuestro mundo humano- sino de la plena comunión con Dios, con el Padre. El Resucitado, aquél que pasó su vida haciendo el bien a los demás y se entregó por cada uno de nosotros, entra en la plena comunión con el Padre. Ya lo había anunciado en el Evangelio según san Juan: “Yo voy al Padre” (Jn 14,12), es más “Yo estoy en el Padre” (Jn 14,11). 

¿Qué significa la Ascensión del Señor para nosotros?

Precisamente, porque Jesús está en el Padre, Él puede estar cercano a cada uno de nosotros, en todo tiempo y lugar. Al entrar en la comunión plena con Dios participa de su omnipresencia.

Así, la Ascensión del Señor significa para nosotros no la lejanía de Jesús, sino su permanente e íntima cercanía.[1] Por eso Él nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El P. José Kentenich ha expresado esta íntima cercanía de Jesús a nosotros en la Eucaristía dirigiéndole una hermosa oración en la comunión: “Estás enteramente con tu ser en el santuario de mi corazón, así como reinas en el cielo y habitas glorioso junto al Padre” (Hacia el Padre 143).

La Ascensión nos señala también la meta de nuestro peregrinar: el Cielo, el corazón de Dios Padre. Todos estamos llamados a llegar allí donde Jesús ha llegado.[2] Así, nuestra vida no es un errar vagabundo, sino un peregrinar hacia el Padre, hacia su corazón, donde todo lo nuestro, todo lo humano, tiene un lugar.

Sí, hoy nos alegramos y le damos gracias a Dios, porque en la Ascensión de su Hijo nuestra humanidad es elevada junto a Él.[3] Y eso nos señala que todas las dimensiones de nuestra vida –personal, familiar, laboral y comunitaria- y todas las dimensiones de nuestra personalidad –intelecto, voluntad, sentimientos, afectos, cuerpo y sexualidad- tienen un lugar junto a Dios. Sí, Jesús Resucitado lleva consigo nuestra humanidad a la plena comunión con Dios, con el Padre. Nada hay de nuestra humanidad que no podamos compartir con Dios nuestro Padre.

Queridos amigos, el Cielo es el corazón del Padre, el hogar definitivo. Jesús habita ya allí y por eso puede habitar en nuestros corazones. Y su constante cercanía anima nuestro peregrinar hacia el Padre.

Peregrinemos hoy, peregrinemos en la oración cada día al corazón del Padre y pongamos toda nuestra vida humana en su corazón. Que así sea. Amén.  


[1] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jesrusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 326s.
[2] “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones… …Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2.3).
[3] Cf. Oración colecta de la Solemnidad de la Ascensión de Señor.

domingo, 20 de abril de 2014

La Alegría de la Resurrección - Meditación Pascual 2014

Vigilia Pascual 2014

La Alegría de la Resurrección

“Alégrese en el cielo el coro de los ángeles… Alégrese la tierra inundada de tanta luz… Alégrese la Iglesia…”.[1] Es la invitación llena de gozo con la cual hemos iniciado esta Vigilia Pascual, y es el saludo con el cual el Resucitado sale al encuentro de las mujeres que fueron a buscarlo al sepulcro: “Alégrense” (Mt 28,9).


Triduo Pascual: acción de Cristo y de su Iglesia

            En este Sagrado Triduo Pascual que hemos celebrado y vivido con intensidad de corazón, hemos comprendido de qué se trata el Misterio Pascual: lo que Jesús hizo y sigue haciendo por cada uno  de nosotros, amarnos hasta el fin (cf. Jn 13,1). Y en estos días santos nos hemos implicado en el actuar de Jesús: con Él nos arrodillamos para lavar con humildad y cuidado los pies de nuestros hermanos; con Él compartimos su Cuerpo y su Sangre; con Él nos postramos en tierra acompañándolo en su muerte, en su entrega de amor. ¡Cuánto nos dolió verlo crucificado! ¡Cuánto nos duele la cruz de nuestro pecado! ¡Cuán frágil lo vimos en el descendimiento de la cruz!

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro (Mt 28,1)

            Y como las mujeres del evangelio, “pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana” hemos venido a visitar el sepulcro (cf. Mt 28,1). Sí, luego de la cruz del pecado y de la oscuridad del aislamiento y la soledad que es la muerte buscamos a Jesús… En estos días creo que muchos pudimos experimentar cuán pesada y dolorosa es la cruz del pecado; cuán pesada y dolorosa es la cruz de la “tristeza individualista”[2]; y así, pudimos tomar conciencia de la soledad y la oscuridad de la muerte a la que nos conduce el pecado.

            Sí, buscamos a Jesús, ¡pero Él no está en el sepulcro! ¡Él no está en la oscuridad de la muerte y en el temor! Él, que ha “resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano”[3], como el Cirio Pascual que hemos consagrado hoy.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9)

            Queridos hermanos, hemos iniciado esta Vigilia Pascual en medio de la oscuridad de la muerte, pero Jesús Resucitado sale a nuestro encuentro como Luz que disipa las tinieblas del pecado y del dolor. Su presencia ilumina nuestra vida y nos trae así la alegría de su resurrección. A cada uno y a todos, en esta noche santa Él nos dice: “¡Alégrense!”.

           
     Sí, su presencia trae una alegría luminosa y serena a nuestra vida. Se trata de la Alegría del Evangelio que “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”, porque “quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”[4]

            ¡Alégrense! Ésa es la luz que recibimos en esta noche santa. La resurrección de Jesús es ya el inicio, la primicia, de nuestra propia resurrección. El poder de amor y alegría que es su resurrección significa que la oscuridad del pecado y el dolor no tienen la última palabra. Su resurrección “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar” siempre de nuevo.[5] No importa lo oscuro de nuestro pecado y nuestra tristeza, Jesús ha resucitado y nos regala su luz y su alegría. “No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase.”[6]

            Queridos hermanos, la luz de la alegría que recibimos hoy debemos compartirla sin  temor para que así se acreciente en nuestros corazones. Cuanto más compartimos la alegría de la resurrección, más luminoso se vuelve nuestro corazón, más luminoso se vuelve nuestro rostro y más luminosa se vuelve nuestra vida toda.

            A María, nuestra Madre, que recibió “el alegre consuelo de la resurrección”, le pedimos que la alegría de la resurrección ilumine todas las dimensiones de nuestra vida y llegue allí donde más necesitamos de misericordia. Unidos a toda la Iglesia le decimos:

            “Madre del Evangelio viviente,
            manantial de alegría para los pequeños,
            ruega por nosotros. Amén. Aleluya.”[7]

¡Alégrense! ¡Feliz Pascua de Resurrección!
P. Oscar Iván Saldivar F., I.Sch.



[1] Pregón Pascual
[2] PAPA FRANSICO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2.
[3] Pregón Pascual
[4] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1.
[5] Ídem, 3.
[6] Ibídem
[7] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 288.

sábado, 19 de abril de 2014

Jesús me amó y se entregó por mí - Viernes Santo 2014

Viernes Santo 2014

Jesús me amó y se entregó por mí

Queridos hermanos y hermanas:

            El haber escuchado el relato de la Pasión (Jn 18,1-19,42) en un ambiente de oración y recogimiento nos permite contemplar con profundidad los acontecimientos dramáticos que Jesús ha vivido.

         Ayer (Jueves Santo) lo contemplamos lavando los pies a sus discípulos y lo escuchamos diciendo: “esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”; “esta es mi sangre que se derrama por ustedes”. Y hoy vemos cómo estas palabras de Jesús se hacen realidad.

        Tal vez porque es mi primer Triduo Pascual como sacerdote, ayer quedé profundamente impactado al realizar por primera vez el gesto del Lavatorio de los pies. Tomé conciencia de que la Semana Santa no se trata tanto de lo que nosotros hacemos, sino de lo que Jesús hizo y hace por nosotros.

            Lo que Jesús hizo y hace por nosotros… Y sin embargo cada uno de nosotros está implicado en esta acción de Jesús, en lo que Él hace por nosotros.

La cruz es nuestro pecado

            Y en particular estamos implicados en la cruz de Cristo Jesús… La cruz de Cristo no es un mero dato de la historia de las religiones o un simple recuerdo consignado en los evangelios. Se trata más bien de algo que nos concierne a todos y por ello tiene una profunda actualidad para nosotros. Su cruz es nuestra cruz, su crucifixión es nuestra crucifixión.

           
      En la cruz contemplamos con toda claridad la realidad del pecado y el dolor que causa. ¡Cuántas veces quisiéramos evadir la responsabilidad por nuestro propio dolor y el de los demás! ¡Cuántas veces minimizamos nuestros pecados diciendo que son simples errores o justificándonos en que “todo el mundo lo hace”! Sin embargo la cruz de Jesús nos muestra la seriedad del pecado y el sufrimiento que causa.

            ¡Cuánto nos duele nuestro egoísmo! ¡Cuánto nos duele nuestra indiferencia! ¡Cuánto nos duele aislarnos de los demás y encerrarnos en nosotros mismos! Y el pecado nos duele porque en el fondo sabemos –y sentimos en nuestro interior- que podríamos haber actuado de forma distinta, que podríamos haber obrado el bien, que podríamos haber perdonado, que podríamos haber dado una nueva oportunidad a esa persona que lo pidió.

La cruz de Jesús es la cruz de nuestro pecado donde lo crucificamos a Él, a nuestros hermanos y a nosotros mismos.

La cruz es el amor de Jesús

            Pero en la cruz se dan cita, de forma dramática, nuestro pecado y la misericordia de Dios Padre…  En su cruz, Jesús ha asumido nuestra cruz y ha transformado desde dentro un instrumento de dolor en un signo de amor.

            Sí, Jesús ha asumido la cruz de nuestro pecado y la ha transformado en signo de su amor. Él ha entregado su vida por cada uno de nosotros y por todos aquellos que participan de la vida humana, y, por eso, la cruz se ha transformado para los cristianos en signo de ese amor hasta el fin (cf. Jn 13,1) con el cual Jesús nos amó y nos ama.

            La cruz tiene una profunda actualidad para nosotros porque ella es signo del gran amor de Jesús por nosotros, porque ella nos recuerda lo que Jesús ha hecho y sigue haciendo por nosotros: amarnos hasta el final.


            Queridos hermanos y hermanas, en esta celebración en la cual estamos viviendo el misterio pascual de Cristo, pidámosle a Él la gracia de estar muy cerca suyo en estos días santos para tomar conciencia de lo que Él hace por nosotros y así poder decir con labios y corazón: “esta vida (…), la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20). Que así sea. 

jueves, 17 de abril de 2014

Memorial del amor - Jueves Santo 2014

Jueves Santo 2014

Memorial del amor

Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor iniciamos el Sagrado Triduo Pascual, “en él se actualiza la pasión, muerte y resurrección del Señor”[1]. Así, esta celebración es como la puerta de entrada a estos días santos en los cuales queremos estar más cerca de Jesús para contemplar su vida, para vivir y sentir con Él los acontecimientos dramáticos que nos narran los evangelios y para dejarnos tocar y sanar por su gran amor.  

Jesús, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin (cf. Jn 13,1).

            La misa que celebramos hoy, podríamos decir que está marcada por el evangelio de Juan que narra el lavado de los pies (Jn 13, 1-15) y por el gesto mismo del Lavatorio de los pies que realizaremos luego de la homilía.

            ¿Por qué año tras año volvemos a escuchar una y otra vez este evangelio? ¿Por qué año tras año volvemos a realizar el gesto del Lavatorio de los pies? ¿Se trata acaso de una simple costumbre o de un rito que se debe cumplir? ¿O hay algo más profundo en esta celebración, algo que quiere hablarnos al corazón?

            La perícopa evangélica que hemos escuchado inicia diciendo que Jesús “que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). Se trata del amor de Jesús; del amor de Jesús por sus discípulos; del amor de Jesús por todos y cada uno de nosotros. Ese amor que se expresa en el gesto humilde y delicado del lavado de los pies.

            Pero este gesto humilde y delicado es como un sacramento –como un símbolo- de “todo el misterio de Cristo en su conjunto –de su vida y de su muerte-, en el que Él se acerca a nosotros los hombres”[2]. Sí, toda la vida de Jesús ha sido un acercarse a la humanidad. Sí, Jesús siempre de nuevo se acerca a nosotros para lavar nuestros pies, para refrescar esos pies secos y cansados por el caminar cotidiano; para limpiar el polvo que va ensuciando y cansando nuestro caminar: el polvo del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento.[3]

            ¡Qué bien nos hace recordar una y otra vez que Jesús nos amó hasta el fin! ¡Hasta el extremo! Él no se cansa de amar, Él no se cansa de amarnos. Por eso, año tras año escuchamos este evangelio, por eso, año tras año celebramos esta misa; porque el amor de Jesús nos hace bien, nos sana, y ese amor no sólo limpia nuestros pies sino sobre todo nuestro corazón.

            Queridos amigos, esta celebración que estamos viviendo no se trata sólo de una costumbre piadosa o de un rito que hay que cumplir, se trata de recordar el gran amor que Jesús nos tiene, ¡se trata de un memorial del amor!

            A cada uno de nosotros –en algún momento de nuestra vida-, Jesús se acercó y ante nuestra mirada atónita e incrédula se arrodilló y empezó a lavar nuestros pies, tal vez como Pedro estuvimos tentados de decir: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” (Jn 13, 6). Pero el amor de Jesús fue más fuerte que nuestra resistencia y desconfianza, y, al lavar nuestros pies, al lavar nuestro corazón, nos unió a su vida para siempre.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a recordar en esta celebración, los momentos en que han experimentado que Jesús salió a su encuentro y les lavó los pies. Tal vez haya sido a través de una persona cercana, un familiar, un amigo que se hizo presente en un momento de necesidad, o tal vez Jesús quiso acercarse a alguno a través de una palabra de su Evangelio o a través del sacramento de la Reconciliación. El amor de Jesús siempre nos toca, y al tocarnos, lava nuestros pies y refresca nuestro corazón. ¿En qué situación Jesús me amó hasta el fin?            

Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes (Jn 13, 15).

            Queridos amigos, “ser cristiano es ante todo un don, pero que luego se desarrolla en la dinámica del vivir y poner en práctica este don.”[4] Por eso, el gran don del amor de Jesús que hemos recibido al transformarnos interiormente –al lavar y refrescar nuestro corazón-, transforma también nuestra vida, nuestro actuar. Aquel amor en el cual hemos creído y nos ha abierto un nuevo horizonte[5] nos permite a su vez donarnos a los demás. ¡Porque somos amados podemos también amar! A eso se refiere el Señor cuando nos dice: “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 15).

            El memorial del amor que celebramos hoy –y que celebramos en cada Eucaristía- se transforma en tarea de amor que debemos realizar los unos con los otros para mantener vivo este amor de Jesús en nosotros. Sólo el amor que obra permanece vivo y actual.

            Queridos hermanos y hermanas, si queremos experimentar una y otra vez que Jesús nos amó hasta el fin, animémonos también nosotros a amar hasta el fin. ¡No nos cansemos de amar! ¡Que los esposos no se cansen de amar! ¡Que los papás y mamás no se cansen de amar! ¡Que los hijos no se cansen de amar! ¡Que los hermanos no se cansen de amar! ¡Que los sacerdotes y consagrados no se cansen de amar!

            Que el amor hasta el fin de Jesús nos vuelva a tocar en estos días santos y que así, cada vez que celebremos Eucaristía y cada vez que amemos hasta el fin, lo hagamos en memoria de Jesús (cf. 1 Co 11, 24-25), en memoria de su amor. Que así sea.  
  




[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Misal Romano Cotidiano, página 470.
[2] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), página 80.
[3] Cf. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 1: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre naca y renace la alegría.”
[4] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret…, página 83.
[5] Cf. BENEDICTO XVI, Deus Caritas est 1.

lunes, 14 de abril de 2014

¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (cf. Mt 21,9)

Domingo de Ramos 2014

¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (cf. Mt 21,9)

Toda la Cuaresma nos hemos preparado para esto: vivir la Semana Santa, vivir el misterio central de nuestra fe, la Pascua de Jesús, el Cristo. Domingo a domingo hemos caminado detrás de Jesús y ahora queremos acompañarlo en su entrada a Jerusalén, queremos vivir con Él la meta de su peregrinar: su entrega por amor. Nosotros queremos unirnos a su caminar, unirnos a su entrega… Éste es el sentido de la bendición y procesión de ramos.

Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió (Mt 21,10) 

Volvamos nuestra mirada al texto que hemos escuchado (Mt 21,1-11)[1]. A lo largo del evangelio, Jesús ha caminado, ha subido en peregrinación desde Galilea hasta Jerusalén.[2] Jesús sube a Jerusalén (cf. Lc 19,28), sube con sus discípulos y con hombres y mujeres que van uniéndose a Él en el camino… ¡Cuántos se han unido a Jesús y los suyos en el camino! ¡Cuántos se han puesto en camino con Él! Y ¡cuántos decidieron quedarse, dejar de caminar!

Además de los que caminan con el Señor, están también aquellos que se han enterado de su peregrinación y arribo recién en Jerusalén; como dice el texto: “Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es éste?»” (Mt 21,10). Son los que se sorprendieron, y tal vez incluso se asustaron ante esta entrada mesiánica de Jesús, pues no lo esperaban.[3]

¿Y nosotros? ¿Somos de los que venimos caminando con Jesús o de los que nos toma por sorpresa –desprevenidos- esta entrada del Señor, esta Semana Santa? ¿Cómo nos ha encontrado este Domingo de Ramos? ¿En camino, preparados; o, desprevenidos, indiferentes?

En camino. Si somos de los que están “en camino” con Jesús, en estos días santos debemos seguir dando pasos día a día detrás del Señor… Que cada paso que demos en estos días nos acerquen más a la entrega de Jesús… Con Él debemos aprender a entregar nuestras cruces, nuestros sufrimientos y dolores, para que unidos a su entrega se transformen en bendición, en resurrección… Pero también, con Jesús, debemos aprender a entregar a nuestros hermanos -a los que nos rodean- alegría, presencia, cercanía y ayuda. Que nuestra entrega se una a su entrega, nuestro amor a su amor, para poder resucitar con Él y renovar así nuestra vida.

Desprevenidos. Por el contrario, si este Domingo de Ramos nos toma por sorpresa, “desprevenidos”, más bien distraídos o atareados en tantas ocupaciones, ¡ánimo! Todavía podemos ponernos en camino detrás de Jesús. Él mismo nos dice: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). Se trata de tomar nuestra cruz cada día: nuestro cansancio, nuestras preocupaciones, incluso aquello que parece distraernos de esta Semana Santa… Tomar eso y seguir a Jesús… No esperemos la situación perfecta para ponernos en camino detrás de Jesús… Hagámoslo ahora, como estamos y como podamos.

Los cristianos somos caminantes, peregrinos… Estemos en la situación que estemos. Lo importante es caminar, si caemos, volvamos a ponernos en pie y caminemos… Siempre de nuevo podemos volver a empezar, siempre de nuevo podemos aprender a caminar. ¡No nos dejemos ganar por el desánimo que paraliza!

Queridos amigos, esta Semana Santa pongámonos en camino detrás de Jesús. ¡No estamos solos! La Iglesia entera se pone en camino y María –Madre de Jesús y Madre nuestra- está con nosotros, y muchos hermanos y hermanas nos esperan para poder cantar con nosotros: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”; ¡Benditos los que caminan con el Señor!


[1] Evangelio que se proclama en la “Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén”, luego de la bendición de los ramos. Durante la misa se proclama el texto de la Pasión del Señor.
[2] Cf. J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Ediciones Encuentro, Madrid 2011), 11.
[3] Cf. Ídem, 18.

sábado, 5 de abril de 2014

Yo soy la Resurrección y la Vida… ¿Crees esto? Entonces quita la piedra

Yo soy la Resurrección y la Vida…

¿Crees esto? Entonces quita la piedra

Queridos hermanos y hermanas:

            En este Domingo V de Cuaresma, la Liturgia de la Palabra pone ante nuestros ojos la fe en la resurrección y nos recuerda que “la comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en Él”[1]. Tomamos conciencia así del sentido de nuestra existencia: Dios nos ha creado para la resurrección, para la vida, para la comunión con Él.[2]

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas

            Sí, Dios –Padre Bueno y Misericordioso- nos ha creado para la comunión con Él, para la vida con Él. Por eso toda nuestra vida, todas nuestras alegrías y tristezas adquieren sentido en la medida en que las vivimos con Él.

            Esta comunión, esta unión de amor con Él que alcanza su plenitud en la resurrección y en la vida eterna, se inicia ya aquí y ahora, en esta vida, en nuestra vida cotidiana. Así, todas nuestras experiencias, y especialmente aquellas que dejan una fuerte impresión en nuestra alma, deberían ser caminos que nos lleven a unirnos más a Él, el Dios bueno y tierno, el Dios que a cada uno nos conoce y ama personalmente.

            También el dolor, la cruz y el sufrimiento debemos vivirlos como caminos que nos conducen a Dios. Es el sentido que quisiera dar a las palabras que escuchamos en la primera lectura (Eze 37,12-14): “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas”.

            Dios nos promete que Él mismo nos sacará de nuestras tumbas, de nuestros sepulcros, de nuestros encierros. Y quisiera que pensemos en las tumbas en que frecuentemente nos encerramos nosotros mismos: el aislarnos de los demás, la desconfianza en los otros, el rencor que impide el perdón, la indiferencia, el egoísmo y el pecado… Piedras pesadas que cierran nuestros corazones a Cristo y los demás. Sepulcros en los que yacemos como muertos en vida.

            “No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros –a menudo joven- tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! (…) En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente.”[3]

            ¿Cuáles son esas piedras pesadas que cierran mi corazón y ahogan mi vida? ¿Cuáles son los sepulcros que Jesús tiene que abrir para hacernos salir de ellos?

            En la oración constante y confiada pidámosle a Jesús que Él nos saque de nuestras tumbas, de nuestros encierros y hagamos nuestras las palabras del Salmo de hoy: “Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria” (Sal 129, 1-2).

Yo soy la Resurrección y la Vida… ¿Crees esto? Entonces quita la piedra

            Jesús escuchará nuestro clamor, Él escuchará nuestra oración y nos responderá: “Yo soy la Resurrección y la Vida”… Frente a todo aquello que en vida nos hace morir y nos quita alegría y esperanza, Jesús se presenta con su rostro sereno y lleno de amor y nos dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11,25-26).

            Si nuestra respuesta es: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo” (Jn 11,27); entonces, confiando en que Jesús puede sacarnos de nuestros sepulcros –ya ahora y en el día final- debemos quitar esas piedras que cierran nuestros corazones (cf. Jn 11,39); quitar la desconfianza, el rencor, la indiferencia y la pesada piedra del pecado.

            A nuestra fe en Jesús debemos unir un gesto sencillo pero profundo: mover las piedras que cierran nuestros corazones para que Jesús nos regale la vida nueva, la vida del Hijo Resucitado.

            Cada pequeña o gran piedra que quitamos, cada pequeña o gran resurrección que Jesús nos concede en esta vida, nos preparan para la gran Resurrección al final del tiempo donde nos presentaremos ante Dios como “santos entre los santos del cielo, con María, la Virgen Madre de Dios, con los apóstoles y con todos los santos, y con nuestros hermanos difuntos.”[4] Que así sea. 




[1] BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011. Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado (cf. Col 2,12).
[2] Cf. Ídem
[3] PAPA FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma 2014. Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8,9).
[4] MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística de la Reconciliación I.