La vida es camino

Creo que una buena imagen para comprender la vida es la del camino. Sí, la vida es un camino. Y vivir se trata de aprender a andar ese camino único y original que es la vida de cada uno.
Y si la vida es un camino -un camino lleno de paradojas- nuestra tarea de vida es simplemente aprender a caminar, aprender a vivir. Y como todo aprender, el vivir es también un proceso de vida.
Se trata entonces de aprender a caminar, aprender a dar nuestros propios pasos, a veces pequeños, otras veces más grandes. Se trata de aprender a caminar con otros, a veces aprender a esperarlos en el camino y otras veces dejarnos ayudar en el camino. Se trata de volver a levantarnos una y otra vez cuando nos caemos. Se trata de descubrir que este camino es una peregrinación con Jesucristo hacia el hogar, hacia el Padre.
Y la buena noticia es que si podemos aprender a caminar, entonces también podemos aprender a vivir, podemos aprender a amar... Podemos aprender a caminar con otros...
De eso se trata este espacio, de las paradojas del camino de la vida, del anhelo de aprender a caminar, aprender a vivir, aprender a amar. Caminemos juntos!

lunes, 20 de octubre de 2014

18 de octubre: un acontecimiento de fe

18 de octubre: un acontecimiento de fe

Queridos hermanos y hermanas,

Querida Familia del Santuario Joven:

“¡Alégrate!, el Señor está contigo” (cf. Lc 1,28), el saludo del Ángel Gabriel a la Virgen María resuena también hoy en nuestros oídos, en nuestras almas y en nuestros corazones.

Sí, a través de la presencia de María en el Santuario también nosotros experimentamos que el Señor está con nosotros, y la presencia del Señor en nuestras vidas es ya alegría, pues “alegría y gracia van juntas”.[1]

Sí, alegría y gracias van juntas, es lo que experimentamos en este día de celebración, en este día de renovación.

¿Qué celebramos el 18 de octubre de 2014?

            Y para profundizar esta alegría por la gracia recibida, vale la pena que volvamos a tomar conciencia de qué celebramos este 18 de octubre de 2014.

           
          Celebramos un acontecimiento histórico, un acontecimiento de fe ocurrido en una pequeña capillita en el valle de Schoenstatt a orillas del Rin. Como dice nuestro propio Padre Fundador: “¡Cuántas veces en la historia del mundo ha sido lo pequeño e insignificante el origen de lo grande, de lo más grande!”.[2] Y lo corrobora el texto evangélico que hemos escuchado: “el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret” (Lc 1, 26).

            Sí, celebramos un acontecimiento de fe ocurrido hace 100 años en Schoenstatt y que hunde sus raíces en el acontecimiento de fe ocurrido en Nazaret hace más de 2000 años. Se trata de una nueva iniciativa divina, se trata de Dios que quiere entrar una vez más en la historia de la humanidad, se trata de la fe de José Kentenich y de los primeros congregantes, que como María dijeron que sí, primero en la intimidad de sus propios corazones y luego a lo largo de toda su vida. Es la Alianza de Amor: iniciativa divina y confiada respuesta humana.

            Pero el 18 de octubre no es sólo un acontecimiento histórico, sino un acontecimiento de fe actual. Por eso estamos aquí. Cada uno de nosotros, a su manera y en su historia personal, ha experimentado el acontecimiento del 18 de octubre y ha respondido con su sí. Cada uno de nosotros ha creído en el amor y la misericordia de María en su vida y ha sellado –para siempre- una Alianza de Amor con Ella. Se ha entregado totalmente, y Ella, lo ha recibido totalmente. Es la Alianza de Amor: alegría de pertenecerle a Ella y de que Ella nos pertenezca.

Un acontecimiento de fe

            Entonces, ¿en qué consiste este acontecimiento de fe que celebramos y queremos renovar? El evangelio de la Anunciación (Lc 1,26-38) puede ayudarnos a meditar en torno a este acontecimiento de fe.

            Así como el texto inicia diciendo: “El Ángel Gabriel fue enviado por Dios” (cf. Lc 1,26), de la misma manera nuestro Padre Fundador vivió el 18 de octubre de 1914 como una irrupción de lo divino en su vida, como una iniciativa de Dios. De distintas maneras en su vida, él fue percibiendo la Divina Providencia que lo guiaba a sellar una Alianza de Amor con María, que lo invitaba a dar un salto de fe en medio de las circunstancia de la Primera Guerra Mundial.

            Así como María y el ángel entran en diálogo: “¿Cómo puede ser esto?” (cf. Lc 1,34), José Kentenich se pregunta: “¿Acaso no sería posible que la Capillita de nuestra Congregación al mismo tiempo llegue a ser nuestro Tabor, donde se manifieste la gloria de María?”.[3] Se trata de nuestra pequeñez que se entrega confiada en las manos de Dios y así se convierte en filialidad y por ello en Alianza.

            Finalmente el sí de María, el “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) abre la historia a la encarnación del Verbo de Dios y en esa fecundidad nos trae al Salvador del mundo, a Jesús, el Cristo. Así también el sí de José Kentenich y de los primeros ha hecho posible la fecundidad de la Alianza de Amor que hoy cumple 100 años de vida.

            Iniciativa divina –misericordia-, entrega confiada –filialidad- y fecundidad es el acontecimiento de fe que llamamos Alianza de Amor y que hoy celebramos.

¿Qué celebra cada uno de nosotros en este día?

            Así, cada uno de nosotros hoy debe volver a recordar, a pasar por el corazón, aquel día, aquel momento, aquella hora de gracia en la cual Dios irrumpió de forma misericordiosa en su vida. Aquel día en que de forma original nos dijo: “¡Alégrate! Yo estoy contigo”. Y volver a responderle: “sí, yo creo que Tú estás conmigo, hágase en mí según tu palabra”; para que Él vuelva a hacer fecunda nuestra pequeñez entregada en sus manos.

            Al renovar hoy nuestra Alianza de Amor volvemos a entregarnos totalmente a María, volvemos a entregarle nuestra pequeñez, para que en Alianza con Ella seamos fecundos para su Obra de Schoenstatt.

            Quisiera terminar esta meditación haciendo nuestras las palabras de nuestro Padre Fundador:

            “Tres veces Admirable,
            benigna y poderosa,
            espiritualmente me postro ante tu imagen
            en unión con todos los consagrados a ti,
            que están dispuestos
            a morir por tu Reino.

            Queremos reflejarnos en tu imagen
            y volver a sellar nuestra Alianza de Amor.
            A nosotros, tus instrumentos,
            en todo aseméjanos a ti
            y en todas partes por nosotros
            construye tu Reino de Schoenstatt.”[4] Amén.

            Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria.

P. Oscar Iván Saldivar F.  



[1] J. RATZINGER/BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús (Buenos Aires, Planeta 2012), 35.
[2] J. KENTENICH, «Acta de Fundación» en Documentos de Schoenstatt (Córdoba, Patris 2007), 30.
[3] J. KENTENICH, «Acta de Fundación» en Documentos…, 29.
[4] J. KENTENICH, Hacia el Padre 179-180.

martes, 23 de septiembre de 2014

La gratitud filial

LA GRATITUD FILIAL

Queridos hermanos y hermanas,
querida Familia:

El Evangelio que hemos escuchado hoy[1] (Mt 19,30 - 20,16) nos invita reflexionar sobre nuestra actitud ante la vida y nuestra vivencia de la fe. Una vez más, Jesús utiliza una parábola para explicarnos la dinámica del Reino de los Cielos.

El texto evangélico que hemos escuchado llama nuestra atención sobre tres puntos: 1. La actitud del dueño de la viña –Jesús-: “Quiero dar a este que llegó último lo mismo que a ti. (…) ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. 2. La actitud de los primeros trabajadores que protestan, que reclaman. 3. Y la situación de los últimos trabajadores que han sido convocados a la viña.

Adentrarnos en la parábola

Toda parábola tiene como intención no sólo darnos información, sino entregarnos una enseñanza de vida. Y para darnos esa enseñanza de vida nos invita a involucrarnos en el relato,  adentrarnos en la historia narrada e incluso identificarnos con alguno de los personajes, con sus sentimientos y experiencias.

Así las cosas, está claro quién es el dueño de la viña, del campo: Jesús, que no se cansa de salir a nuestro encuentro para convocarnos a vivir y trabajar con él. A nosotros entonces nos quedan dos personajes con los cuales podríamos identificarnos: los trabajadores de la primera hora o los de la última hora.

Dos actitudes ante la vida

Pienso que estos dos grupos de trabajadores pueden representar dos actitudes ante la vida. ¿A qué me refiero?

Cuando los trabajadores de la primera hora recibieron su pago, probablemente pensaron: “¡qué injusto!”; y de hecho se lo reclamaron al dueño (cf. Mt 20, 10-12). A pesar de que habían quedado de acuerdo en un denario al día, al compararse con los otros esperaron recibir algo más.

En cambio los trabajadores de la última hora habrán pensado: “¡qué generoso!”; pues ya con sorpresa aceptaron el trabajo casi al final del día. Probablemente la gratitud llena de asombro haya sido el sentimiento dominante en su interior.

¿Y cuál es nuestro sentimiento vital? ¿Nuestra actitud ante la vida? ¿Vivimos reclamando constantemente aquello que pensamos que se nos debe o nos abrimos al don de la vida con gratitud? ¿Reclamo o gratitud?

Muchas veces sucede que con sinceridad nos esforzamos por vivir nuestros compromisos y nuestra vida; ya sea en la familia, el matrimonio, la comunidad o el trabajo y la vida espiritual. Ponemos de nuestra parte –trabajamos desde la primera hora-, pero al final del día terminamos no sólo cansados, sino también algo frustrados porque no todas las cosas salieron como esperábamos o porque no obtuvimos el reconocimiento que esperábamos obtener… Y entonces allí empezamos a reclamar, a demandar. Y el constante reclamo, el constante ver lo que no salió bien, nos quita la alegría y la frescura de la vida.

Si constantemente nos estamos fijando en el detalle que no salió bien o reclamando que no se nos agradeció lo suficiente por nuestro esfuerzo, nos estaremos perdiendo de disfrutar y vivir cada experiencia de vida. Y con ello nos estaremos haciendo ciegos a la presencia del Reino de los Cielos en medio nuestro.

Una actitud de vida evangélica

El Evangelio –no sólo este texto sino todo el Evangelio de Jesús- nos invita a otra actitud ante la vida: la del asombro y la gratitud. Asombrarnos ante cada experiencia de vida y ante cada persona. Asombrarme de la vida que he recibido, de las personas que están a mi lado, de cada experiencia que voy viviendo… Y no tomar todo esto como algo obvio o evidente, sino agradecer y disfrutar. ¡Vivir!

Aprender a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida también con sus imperfecciones. Aprender a aceptar y disfrutar nuestra propia imperfecta vida. Y agradecer por ella en lugar de reclamar y exigir.

Por eso el Salmo de hoy nos invita a hacer nuestras sus palabras: “Día tras día te bendeciré, y alabaré tu nombre sin cesar” (Salmo 144, 2-3). Día tras día te bendeciré… ¿Cuántas veces al día bendigo a Dios, agradezco a Dios? ¿Cuántas veces al día reconozco positivamente a la persona que está a mi lado, o sólo le reclamo y exijo?

La gratitud a la que nos invita Jesús es la gratitud de los hijos de Dios. Aquel que es hijo amado tiene su gran alegría –y recompensa- en esa relación viva con Dios. Por eso los trabajos y sacrificios cotidianos no son ya obligación que requieren una recompensa, sino respuesta de amor a Aquel que nos amó primero.[2] Que María nos eduque e implore para nosotros esta nueva actitud de vida, esta actitud de gratitud filial. Que así sea. Amén.




[1] 21 de septiembre de 2014, DOMINGO 25° DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO, CICLO A.
[2] Cf. BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus caritas est sobre el amor cristiano, 1: “Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro. 

domingo, 17 de agosto de 2014

El camino de la mujer cananea

El camino de la mujer cananea: el camino de la pequeñez

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de hoy (Mt 15,21-28)[1] nos presenta el encuentro entre Jesús y una mujer cananea. Una mujer que no pertenece al pueblo de Israel, una mujer que no participa del culto y de las tradiciones religiosas de Israel. Y sin embargo, una mujer que busca a Jesús, que busca al Señor.

Más que un encuentro, el evangelio nos relata el camino que la mujer cananera tuvo que hacer para encontrarse con Jesús y recibir de Él la gracia que tanto anhelaba y necesitaba. Observemos el camino que hizo esta mujer.

Tres actitudes de la mujer cananea

Lo primero que debería llamar nuestra atención es el hecho de que la mujer cananea grita su necesidad, grita buscando a Jesús: “Entonces una mujer cananea (…) comenzó a gritar: « ¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio.» (Mt 15,22). Sí, esta mujer no  sólo pide, sino que grita, clama pidiendo auxilio, misericordia. No tiene vergüenza de reconocer su necesidad, no la esconde. Grita tanto que otros la escuchan, grita tanto que los discípulos se incomodan (cf. Mt 15,23b).

Es un grito que nace del alma, de la impotencia de uno mismo y de la confianza en Jesús. Como dice el salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.” (Salmo 129,1-2).[2] Sí, se trata de gritar en presencia del Señor, de clamar al Señor desde lo hondo de nuestra existencia, desde lo hondo de nuestros pecados y heridas.


Y aún, cuando el Señor “no le respondió nada” (Mt 15,23a), la mujer cananea no se  cansa de hacer oír su súplica y “fue a postrarse ante él y le dijo: « ¡Señor, socórreme!».” (Mt 15,25).

Del grito, la mujer pasa a la postración. Postrarse en tierra es signo de reverencia, de humildad y de respeto, y también de penitencia.[3] Con su cuerpo expresa su pequeñez, su desvalimiento, su confiarse totalmente a Jesús. Aquello que ella ha expresado ya con sus labios, lo expresa ahora con su cuerpo.

Finalmente, la mujer cananea se humilla, humilla su corazón ante el Señor Jesús. Ante la dura respuesta de Jesús: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”, ella responde: “¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” (Mt 15, 26-27).

Ella reconoce que no pertenece al pueblo de Israel, a los “hijos” a los que se refiere Jesús. En ese sentido, se reconoce sin mérito alguno y así apela a la misericordia de Dios. Es como si le dijera: “Señor, no tengo nada que ofrecerte, sólo mi necesidad y desvalimiento, sólo mi pequeñez”. Y ante esta pequeñez, Jesús se conmueve y reconoce en la pequeñez de la mujer su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).

El camino de la pequeñez

La mujer cananea ha hecho un camino para encontrase con Jesús. Podríamos decir que es el camino de la pequeñez, de la humildad ante Jesús.

Un camino que también nosotros podemos hacer en nuestra oración y en nuestra vida. Este camino de humildad pareciera tener, a lo menos, tres pasos, que son tres actos y actitudes: el grito, la postración y la humillación.

Y estos tres actos y actitudes pueden indicarnos a nosotros tres grados de nuestra oración de pequeñez ante el Señor Jesús: labios, cuerpo y corazón.

Sí, nuestra oración de pequeñez puede iniciarse ante Jesús como un grito con nuestros labios: “¡Señor ten piedad de mí!”. Y junto con este grito del alma, se trata cultivar una actitud ante Jesús, la de la súplica humilde, sincera e insistente.

Si con nuestros labios invocamos la ayuda de Jesús, entonces con humildad podemos postrarnos ante Él y así renunciar a nuestra auto-suficiencia. En la oración personal podemos postrarnos ante Jesús, y expresar con nuestro cuerpo que renunciamos a nuestra pretensión de auto-suficiencia. Postrarnos ante Él en la oración –y en la vida- es reconocer que Él es Señor, que Él es el que puede sanarnos, liberarnos y guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cf. Lc 1,79).

Así, el postrarnos  puede ayudarnos a interiorizar nuestra conciencia de dependencia de Jesús y hacer que nuestro corazón se haga humilde, pequeño. Es el corazón el que debemos humillar ante Jesús, es el corazón el que debemos empequeñecer para dárselo a Jesús. Un corazón pequeño conoce y reconoce sus pecados y fragilidades, y por ello se confía totalmente a Jesús. Un corazón humilde es un corazón que confía.

Y cuando hacemos este camino de pequeñez, entonces nos encontramos con Jesús, entonces Él nos muestra que porque tenemos un corazón humilde, pequeño, nuestro corazón puede crecer, puede llegar a ser grande por la fe, por la confianza en Él.

Cuando aceptamos nuestra pequeñez –nuestra total dependencia de Jesús- entonces Él nos muestra nuestra verdadera grandeza, la grandeza de nuestra fe, de nuestra confianza en Él: “¡Qué grande es tu fe! ¡Qué grande es tu confianza!”. Y cuando renunciamos a la grandeza de nuestra autosuficiencia, y aceptamos vivir de la grandeza de la fe, entonces iniciamos nuestro camino de sanación, nuestro camino de liberación, nuestro camino de plenitud, y así experimentamos que el Señor hace brillar su rostro sobre nosotros (cf. Salmo 66,2) y sacia los anhelos más profundos de nuestro corazón.

Amén.    



[1] Domingo 17 de agosto de 2014, DOMINGO 20° DURANTE EL AÑO, CICLO A.
[2] Tomado de la Salmodia de Completas del día miércoles, LITURGIA DE LAS HORAS. En la Biblia de Jerusalén la numeración de este salmo es 130 (129).
[3] Cf. JOSÉ ALDAZÁBAL, Gestos y Símbolos (Buenos Aires, Agape Libros 2007), 238.

viernes, 15 de agosto de 2014

La Asunción de María: destino de la Iglesia

La Asunción de María: destino de la Iglesia

“Madre, así como pasaste con el Señor por la vida,
con Él viviste,
amaste y sufriste,
ahora, una vez terminado el curso de la existencia,
te asume Él con cuerpo y alma al cielo.
            De corazón participo,
            Madre, en tu dicha y la suya,
            e imploro un destino semejante para el mundo.” (Hacia el Padre, 354).

Cada 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo. Les propongo que meditemos en este misterio de la vida de María que nos concierne a cada uno de nosotros y a toda la Iglesia.

Pasaste con el Señor por la vida

El P. José Kentenich inicia la meditación de este misterio mariano diciéndole a la Mater: “Madre, así como pasaste con el Señor por la vida…”. Esta declaración no se trata de un pensamiento piadoso o cariñoso, se trata más bien de una constatación de la misión de María al lado de Jesús.


Si recorremos las páginas del Evangelio veremos cómo María ha estado íntimamente unida a Jesús a lo largo de su vida, desde la misma concepción virginal y nacimiento de Jesús (cf. Lc 1,35. 2,6-7), pasando por sus primeros signos (cf. Jn 2,1-11) hasta la cruz (cf. Jn 19,25-27) y el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés (cf. Hch 1,14). Verdaderamente María “ha pasado con el Señor por la vida”. Ella ha caminado por la vida con Jesús y sus discípulos.

Este constante caminar de María al lado de Jesús nos descubre que Ella es la Colaboradora y Compañera de Jesucristo en toda su obra de Redención.

Te asume Él con cuerpo y alma al cielo

            Y porque Ella ha estado unida a Jesús durante su vida “una vez terminado el curso de la existencia” el Señor la asume “con cuerpo y alma al cielo”. Si tomamos conciencia de que la fe de la Iglesia siempre contempla a María en “estrechísima unión con su divino Hijo y participando siempre de su suerte”[1], comprenderemos que la Asunción es consecuencia de la fidelidad de Dios a las personas en su plan de salvación. Aquella que fue llamada a participar de la vida terrena de Jesús, es también llamada a participar de su vida gloriosa en el cielo.

            Y esta participación en la vida gloriosa de Jesús se realiza “en cuerpo y alma”; es decir, la totalidad de la persona humana de María participa de la vida plena del Resucitado.

            Cuando hablamos de la asunción en cuerpo y alma de María al cielo no debemos imaginar una nueva localización del cuerpo de María. Por el contrario, debemos pensar en un cambio de estado del cuerpo de María. Se trata del paso de la condición terrena a la condición gloriosa de la totalidad de su persona, que se encuentra unida al cuerpo espiritual y glorioso de su Hijo.

Un destino semejante para el mundo

            Pero este misterio salvífico está lejos de ser un “privilegio mariano” aislado. Se trata más bien de una realización de la Historia de Salvación. Historia que siempre involucra a toda la Iglesia y a toda la humanidad. Historia que es obra de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Historia en la cual Dios se anticipa al hombre, lo fundamenta, posibilita su respuesta libre y lo lleva a su plenitud.

            Por ello, la Asunción de María señala el destino de toda la Iglesia y de toda la humanidad redimida. Así como María fue asumida en cuerpo y alma al Cielo, también nosotros seremos asumidos en la totalidad de nuestra persona y de nuestra vida a la presencia plena y definitiva del Resucitado. Pero para llegar a este destino, debemos, como María, peregrinar por la vida con Cristo Jesús y con sus discípulos. Si con Él vivimos, amamos y sufrimos, entonces participaremos también plenamente de su vida nueva.

            Por ello ya desde ahora con esperanza podemos decir: “De corazón participo, Madre, en tu dicha y la suya, e imploro un destino semejante para el mundo.” Amén.



[1] PAPA PIO XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Jesús vio, se compadeció y sanó

Jesús vio, se compadeció y sanó

Queridos hermanos y hermanas:

¡Qué gran consuelo recibimos al escuchar las palabras del Evangelio de hoy! (Mt 14,13-21).[1] “Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos” (Mt 14,14).

Una mirada compasiva

Siempre me consuela el escuchar que Jesús “ve”… En más de una ocasión escuchamos en el Evangelio que Jesús “ve”, que Jesús “mira” a las personas con amor (cf. Jn 9,9: “vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento”; Mt 9,9: “al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo”; Mc 10,21: “Jesús, fijando en él su mirada, le amó”).

Jesús no es una persona que va por la vida sin interesarse por los demás… Él mira los rostros de aquellos con quienes se encuentra. Incluso mira con detenimiento y amor a aquellos que no puede verlo. ¡Y ese es nuestro gran consuelo!

Aunque nosotros no lo veamos a Jesús –e incluso a veces nos sintamos alejados de Él-; Él nos mira. Él nos mira con amor y ve nuestra vida, nuestras necesidades, nuestras fragilidades y carencias.


 “Jesús vio… se compadeció y sanó”. La mirada de Jesús no es una mirada ávida y curiosa, tampoco es una mirada inquisidora. Su mirada es una mirada compasiva. “Compadecer” viene de “padecer con”. Jesús padece, sufre nuestros sufrimientos, vive nuestras carencias, y su presencia en esas circunstancias es ya consuelo. Muchas veces el sufrimiento físico o moral puede ser un “lugar” para experimentar la compasión y el consuelo de Cristo Jesús, un lugar para experimentar su compañía.

Aceptar, entregar y dejarnos aceptar

Pero para ello debemos aprender a entregar nuestro sufrimiento, nuestra carencia, nuestra fragilidad. Entregársela a Jesús en la oración, en el diálogo sincero y personal. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo poner en manos de Jesús el sufrimiento, la carencia y la fragilidad?
No es imposible, pero requiere valentía…

La valentía de aceptar nuestra realidad. Aceptar nuestros sufrimientos, carencias y fragilidades. Aceptarlas y no huir de ellas, esconderlas, negarlas. Aceptar nuestra pequeñez.

Cuando negamos nuestra pequeñez experimentamos lo que el profeta Isaías nos reprocha: “¿Por qué gastan en algo que no alimenta?” (Is 55,2). Sí, la negación de nuestra realidad desgasta nuestras fuerzas y no nos alimenta.

Entregarle a Jesús nuestra pequeñez… Se trata de acudir a Él con confianza, sin temor para compartir con Él nuestra pequeñez… Ya sea en la oración personal, en el sacramento de la Reconciliación u ofreciendo nuestros límites y sufrimientos junto al pan y el vino en la Eucaristía, Jesús recibe nuestra pequeñez, Él nos acoge, Él nos acompaña y compadece con nosotros.

En esta entrega descansamos y aprendemos que “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.”[2]

Y cuando nos entregamos Jesús recibimos su amor, su compañía, su misericordia. Y sobre todo la certeza de que en sus manos todo tiene sentido, también nuestros límites, nuestras fragilidades. Cuando nos dejamos aceptar por Jesús en nuestras fragilidades entonces vivimos, entonces somos sanados. No porque nuestros límites hayan desaparecido sino porque los vivimos con Cristo Jesús. “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?” (Rm 8,35).

Amados para amar

Somos amados para amar, aceptados para aceptar; y por eso Jesús nos pide: “denles de comer ustedes mismos” (Mt 14,16).

Sí, con Jesús nuestras carencias se vuelven abundancia para compartir, consuelo para consolar, sabiduría para aconsejar, ternura para acompañar y alegría para vivir. Que así sea. Amén.






[1] Domingo 3 de agosto de 2014, DOMINGO 18° DURANTE EL AÑO, CICLO A.
[2] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Spe Salvi sobre la esperanza cristiana, 37.

sábado, 5 de julio de 2014

Alegría y vida nueva con Jesús

MISA JUVENIL – PASTORAL DE JUVENTUD PIRIBEBUY
Am 9, 11-15; Sal 84, 9.11-14; Mt 9, 14-17

Queridos amigos y amigas:

¡Qué alegría verlos aquí en el Santuario de Ñandejara Guasu! ¡Qué alegría reunirnos como Pastoral Juvenil, como jóvenes amigos de Cristo! Juntos, hoy celebramos esta misa juvenil, la primera que nos animamos a realizar aquí en Piribebuy. Ojalá sea un espacio que cada uno pueda sentir como propio, un espacio de encuentro juvenil, un espacio de encuentro con Jesús.

Sí, es el mismo Jesús el que a cada uno de nosotros nos llama constantemente y nos invita a vivir en amistad con Él, a descubrirlo a Él presente y actuante en nuestras vidas. A descubrir su estilo de vida, a descubrir que viviendo con Él y como Él podemos llegar a ser plenos y felices.

Alegría con Jesús

Y en el Evangelio de hoy (Mt 9, 14-17) Jesús nos llama justamente a la alegría y a la novedad de vida. Meditemos juntos este texto.

“¿Por qué tus discípulos no ayunan?... Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” Mt 9, 14-15.

¿Por qué los discípulos de Jesús no ayunan? El ayuno, tan característico de nuestra Cuaresma, ya en tiempos de Jesús era una señal de penitencia, pero de una penitencia en preparación para algo que ha de venir. El ayuno, el privarse de alimentos, debía ayudar a preparar el cuerpo y el corazón –la totalidad de la persona humana- para el encuentro con Dios. Y este ayunar, este privarse voluntariamente de algo, tenía sin duda una dimensión de esfuerzo, de sacrificio.

Entonces, ¿por qué no ayunan los discípulos de Jesús? Porque aquello que esperaban, para lo cual se preparaban, ha llegado ya, ha acontecido ya. Jesús está en medio de ellos, no hay ya razón para ayunar sino para alegrarse. Así lo expresa el mismo Jesús: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9,15a). Cuando Jesús está con nosotros no hay motivos para la tristeza, para el dolor. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.”[1]

Cada uno de nosotros está llamado a ser ese amigo o amiga del “Esposo”, de Jesús.[2] Cada uno de nosotros está llamado a compartir toda su vida con Él. Compartir alegrías, proyectos, dudas, esperanzas, tristezas. Todo, todo tiene cabida en la amistad con Jesús y nada de lo nuestro puede quedar fuera de su corazón.

Y el saber, y experimentar, que hay Alguien que me cobija en su corazón me da una profunda paz y alegría… Nada hay de lo nuestro, de lo humano, que no tenga lugar en el corazón de Jesús.

Vida nueva con Jesús

Y cuando Jesús nos llama a vivir con Él, lo hace también para que aprendamos a vivir cómo Él. La amistad con Jesús nos regala una profunda alegría que nadie podrá quitarnos, pero también, la amistad con Jesús nos propone una vida nueva que no podemos vivirla a medias.

“Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.” Mt 9, 16.

Sí, la alegría de la amistad con Jesús va ganando de a poco las distintas dimensiones de nuestra vida. Esa vida que ponemos en el corazón de Jesús, Él la quiere ir transformando de a poco en vida nueva, en vida plena.

Y esa vida nueva con Jesús es como una tela nueva, como un vestido nuevo, como una remera nueva que se nos regala… Como el mismo Jesús dice en el Evangelio, a ninguno de nosotros se nos ocurriría recortar un pedazo de una remera nueva para parchar o remendar una remera vieja. ¿Alguno lo haría?

Sí, Jesús nos propone revestirnos con una vida nueva, con su vida, por eso nos ofrece su vida en cada misa, en cada sacramento que celebramos con fe. Y esa vida nueva cada uno de nosotros la ha recibido ya en el Bautismo y la ha fortalecido en la Confirmación. Sin embargo, siempre corremos el riesgo de querer abandonar esa vida nueva, esa remera nueva, y volver a nuestra vida vieja, a nuestras remeras arrugadas y desgastadas, y a veces queremos parchar nuestra vida vieja con algo de la nueva.

Queridos amigos, vivir con Jesús y como Jesús es exigente pero hermoso. Todos sentimos en el corazón el anhelo de felicidad y plenitud. Todos queremos hacer algo hermoso y que valga la pena con nuestras vidas. ¡Ninguno de nosotros quiere una vida parchada o remendada! ¡No nos conformemos con la mediocridad!

Si estamos tentados a vivir sólo a medias, pidámosle a Jesús que Él nos ayude a descubrirlo, que Él nos ayude a experimentar la profunda alegría de su amistad, para que con Él descubramos el camino hacia una vida nueva, una vida que no se vive a medias, sino con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. La mediocridad nos entristece y nos gasta, la generosidad nos alegra y renueva. ¡Revistámonos con la generosidad de Cristo! Y así experimentaremos que Él está con nosotros en el camino de la vida. Que así sea. Amén.  




[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, 1.
[2] El novio o esposo es Jesús; sus compañeros, o «pajes de honor», no pueden ayunar porque los tiempos mesiánicos (simbolizados en el banquete de bodas) han comenzado. Cf. BIBLIA DE JERUSALÉN nota al versículo Mt 9, 15.